viernes, 19 de septiembre de 2014

Gonzalo Unamuno en la presentación de ELECTRÓNICA:

"Cuando abriste el archivo de word esa mañana sentiste las mariposas en la panza; eran las palabras que iban a acompañar para siempre esa boca jugosa, esa lengua sosteniendo una pastilla a punto de disolverse y decían, como en un pase de postas, que eras el que más destacaba de la nueva camada de escritores argentinos, que habías escrito la gran novela de la clase media semi culta y sí, era un acierto, (lo sabemos ahora) porque nadie entreveró con tanta agudeza esa colección de tópicos de los eternos aspirantes a, desde que Puig lo hiciera; la edad vivida como un trauma inexorable, el escapismo sensorial de las drogas sintéticas, el yoga como resguardocool de los que bailan por un sueño, las invocaciones a Godard, a Chabrol entre tucas e imanes de Delivery de los fundamentalistas del control remoto;  Tiesto, Cattáneo, los parlantes latiendo a mil en el ocaso menemista, los dealers como los arquitectos de una realidad paralela al corralito.

Abrió el libro una tarde; se trataba de una historia alucinada, un flashback permanente con una atmósfera agobiante. Una convivencia imposible, un alumno perseguido por una treintañera a quien, como dijo Convertini, todo lo nuevo la deprime: pedir más horas en la universidad, acaso un hijo, su padre muriéndose, dejar atrás definitivamente los túneles de luz que la acercaban a Dios. Su desolación es terrible y a la vez chiquita, cabe en un mensajito que nadie responde, en una charla sin sentido con su amigo fumón".

Cuando te llamó te dijo sin dudarlo que entraste por la última hendija posible a cerrar una época, que quién podía imaginarse que la sombra del gran fantasma que fueron los 90 merecían una páginas más, y definitivas.  
Sabías que el riesgo era latente porque que el tiempo termina todas las películas de la misma forma. Te dijo; era el libro que tenías que escribir.

Una noche habían hablado largas horas en la terraza; los jugadores del equipo del “interior” nos tenían sacando del medio a cada rato, se habían adueñado de la pelota; nos decían que la literatura transcurría por los rieles brillantes del otro lado de la General Paz mientras que los de este lado sólo generábamos repeticiones estériles que se agotaban en el merodeo de su propia corpulencia.
Hasta que dijiste: somos un mismo equipo, y los pases empezaron a llegar, y Electrónica se festejó como un gol de todos.

Otra noche se te frunció el culo cuando escuchaste que tu profesora es la Emma Bovary de nuestro tiempo, que ella también vive cercada por las angustias delromanticismo tardío propio de los desclasados para quienes el amor, la búsqueda del amor, no es sólo un pasatiempo burgués, sino un ejercicio monótono de esa clase oprimida que, como dijo Casas, por tener asegurada casa, ropa, discos y entradas al cine, vive hostigada por la sensación de que hay una fiesta que siempre está sucediendo en otro lado, cuando lo cierto es que la fiesta no existe.

Te acordabas cuando otro dijo que esta era la novela del principio del fin del machismo, porque la cosificación de la mujer a estas alturas era un ridículo, y que hacía falta en la literatura contemporánea la obra que se atreviese a jugarse el pleno; tal vez por eso te hiciste cargo torciendo la muñeca, saliendo de la segunda persona, entrando con la tercera, y viceversa, como sólo se puede hacer cuando lo que se narra hace de la sinceridad una virtud efectiva, y escribiste una novela que entiende como pocas que en nuestros días la genitalidad ya no define el sexo.

Al poco tiempo de haberla leído, tu amigo te dijo que este iba a ser tu año. Lo miraste con desconfianza, pero le guiñaste un ojo.
Le habías dicho que ver a tu viejo emocionado por la primera copa Libertadores, bien podía pagarte el año. Horas más tarde hiciste pública la sentencia que Bioy te trazó sobre un libro en el 87 donde te deseaba que fueras escritor, algo en lo que sin duda te convertiste hace mucho, aunque la histeria del azar no te había concedido un lugar cómodo entre la camada de los de tu generación; boyabas como un armador siempre convocante, instando a la juntada, a la reflexión que proponen los militantes que reclaman su lugar, pero faltaba el cimbronazo que, a fuerza del trabajo y de la constancia que te definen, está generando el mejor de tus libros.

Porque nadie sospechaba que tu profesora, ahora la nuestra, vendría darnos una clase magistral sobre un tiempo que, equivocados, creímos agotado y vos, Maqueira, un libro infaltable para cualquier biblioteca, un hit que nuestro tiempo va a convertir en clásico."

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