domingo, 13 de julio de 2014

Llegamos a la final

No sé ustedes, pero yo estoy hecho. Lo digo ahora, antes del partido. No me importa si somos campeones o si salimos segundos. Nadie esperaba tanto, o sí, pero lo esperamos siempre y nunca se da. Esta vez se dio. Ya está. Ya gritamos, nos abrazamos y lloramos; ya estuvimos de acuerdo en un montón de cosas; ya dejamos de practicar el deporte nacional de discutir sobre estupideces. Nos dimos cuenta de que podemos pasarla mucho mejor si tiramos todos para el mismo lado. No fue casualidad que lo hiciéramos juntos. Tenemos una sociedad más igualitaria. Supimos construirla y en este Mundial empezó a dar muestras de que está funcionando: por primera vez, millones de mujeres se dedicaron a la tarea de reducir a un hombre a ese lugar de objeto sexual al que ellas, ustedes, fueron siempre reducidas. Lo de Lavezzi no fue un chiste más, ni siquiera una moda pasajera: fue la muestra de que vivimos en una sociedad un poquito más justa, un pueblo en el cual las mujeres ejercen saludable e impunemente su derecho a cosificar el cuerpo masculino. Es un tema complejo, pero a mí, a simple vista, me parece un gran acto de justicia. Fue espontáneo y fue real. No lo empezaron los medios; nadie se la vio venir. Sucedió. En algún sentido tiene el mismo valor histórico que aquel cacerolazo de diciembre de 2001. Y por si fuera poco: ¿no fue hermoso mirar los partidos con tu mamá, tu abuela, tu hermana, tu novia, tu mujer, tus hijas y tus amigos gays, y también las travestis y tus compañeros de trabajo, incluso el que no te bancás, y hasta el chino del supermercado? ¿No fue increíble sentirnos tod@s tan parecidos? Hubo otro indicio de que somos una mejor sociedad: también fue el Mundial en donde más se habló de Patria Grande. Se la puso en discusión, es verdad, pero cada aliento de los brasileros a un rival nuestro nos hizo preguntarnos qué significa ser latinoamericano. Y si nos duele tanto que los brasileros se vistan con la camiseta de Alemania será porque en verdad nos importa, como también nos importó Costa Rica, Colombia y la injusticia con Uruguay. Además nos preguntamos qué es la patria, nuestra patria, cuando supimos que Máxima hinchaba por Holanda, y nos lamentamos por el Papa, que tiene que hacerse el neutral. Pero no fue lo único que nos llevamos de este Mundial. También aprendimos que con humildad se llega más lejos que asegurando que vas a ganar el hexacampeonato; que podemos cantar decime qué se siente en mil versiones y en cualquier rincón de este u otro país porque es una que sabemos todos; que es posible que pensemos distinto pero sentimos igual cuando vimos que chiquito Romero paraba esos penales, igual cuando Messi la abrió para Di María, igual cuando el Pipita le pegó de una y la pelota entró contra el palo derecho; entendimos que podemos sentir lo mismo así seamos gorilas o kirchneristas, chetos o villeros, gallinas o bosteros, o cuervos, o quemeros, o de Racing, Independiente o del Nacional; aprendimos que no existen los mesías, que las victorias se construyen en equipo, que para ganar hay que defender y atacar y tener un poco de suerte pero, por sobre todas las cosas, hay que pensar una idea, una estrategia y agregarle unos huevos enormes y además romperse el culo trabajando. Y aprendimos que podemos reírnos, podemos ser sarcásticos, ingeniosos, agudos, pero también tragarnos los mocos cuando escuchamos el mismo gol gritado por las ventanas y los balcones de una ciudad. Y entendimos que es una cagada que la gente se muera, pero que nosotros seguimos vivos, acá estamos, listos para pasarles la posta a los que vengan atrás. En este Mundial, veinticuatro años después de esa última vez que parecía para siempre, por fin volvimos a vivir la increíble sensación de tirar todos para el mismo lado. Como en el 86 y como en el 90. Por eso, pase lo que pase, ya ganamos. Ojalá nos quede algo de todo esto para el futuro. Ojalá el fútbol sirva para más, que no nos olvidemos dentro de una semana, que no volvamos a subirnos a esa ola de mierda hecha de odio, negocios sucios y resentimiento. Pueden decirme ingenuo, sensiblero y cursi. Pueden decirme que parece la arenga de una propaganda de Quilmes, una canción de Lennon, las palabras de un escritor que pertenece a cierta clase media en boga. Pueden tirarme con Marx. Yo mismo lo haría si pensar tanto y todo el tiempo tuviera, en realidad, algún sentido; pero cuando te emborrachaste o te moriste o acabaste la suficiente cantidad de veces entendés que nada tiene demasiado sentido si no sirve para sentirte mejor persona. Por eso ojalá que hoy, cuando el partido termine y sin que importe el resultado, salgamos todos a la calle a festejar; y que el grito sea sagrado, y que sean eternos los laureles que supimos conseguir.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Ojalá un punto y aparte. Me sangran los ojitos.

Y, al margen de eso, pienso que qué pena que lo que una a un país sea esto. Y no tantas otras cosas por lo que los argentinos deberían ser una piña. Nos está llegando la mierda al cuello y hemos llenado los bulevares y el obelisco solo por una final de fútbol. Y qué pasa con la cultura, qué pasa con las injusticias. Esas las comentamos desde el sofá.
Entiendo el trasfondo de este texto enorme y sin puntos pero, pese a todo, yo digo: no necesitábamos esto, borregos.
Podíamos haber salido con la novia, la mujer, la hija, la abuela, la suegra por tantas cosas... y solo lo hicimos por el mundial. Pues muy bien, barra libre de fernet.