lunes, 23 de abril de 2012

Diario de viaje/ Puno (días 7 y 8)

La noche extra en Copacabana sirvió para comer un plato de spaghettis con salsa de tomate. Es increíble, pero la costumbre termina por sacarle la gracia a todo, incluso a una trucha a la plancha con arroz, tomate, zanahoria, chauchas y papas fritas por veinte bolivanos, algo así como 14 pesos.


Dejamos Copacabana temprano, en un micro que en menos de veinte minutos nos dejó del otro lado de la frontera. Para llegar a Puno tardamos tres horas más. Nos habían dicho que la ciudad era fea, pero fea y todo nos resultó amistosa. En primer lugar, porque por fin veíamos gente corriendo, gente apurada, gente que llenaba los pasillos del Plaza Vea. También estaban las cholas del mercado, la trucha barata y muchísimo de la cultura y la forma de vida que habíamos visto en Bolivia. Pero esto era Perú y ya se empezaba a notar. Lo más lindo era el caos. Ejemplo: el hotel quedaba en una zona céntrica, llena de negocios, puestos de venta y gente apurada; por la misma avenida donde quedaba el hotel había una vía; sobre la vía había gente vendiendo; por esa misma vía, en algún momento de la mañana y de la noche, pasaba un tren.

Puno no era más que el punto de partida para visitar dos lugares demasiado turísticos, pero igualmente atractivos. Ni con todas las artesanías berretas del mundo, ni con el pago de un paseo en canoa, ni con un grupo de cholitas cantando "Vamos a la playa" por un par de soles es posible, jamás, arruinar lo espectacular de las islas flotantes de los uros. Se supone que, cientos de años atrás, algún aymará se cansó del dominio inca y decidió mudarse al medio del Titicaca (el guía nos enseñó que la pronunciación correcta es "Titikjakja"). Primero se construyó un casa en una canoa; después se le sumaron otros, hasta que eran tantos que se les ocurrió construir islas artificiales usando bloques de tierra que flotan cuando el lago sube, en tiempo de precipitaciones. Hoy, los descendientes de aquella comunidad (el guía no nos enseñó por qué se llaman "uros"), viven en islas de barro y totora, duermen adentro de chozas hechas con la misma planta y su economía de subsistencia que antes giraba en torno a la pesca, hoy se convirtió en una próspera empresa de turismo.

La excursión siguió en Taquile, una isla natural que se caracteriza por tener "los mejores tejedores del mundo". Lo que hay en Taquile es un paisaje que ya habíamos visto (el mismo lago, siempre deslumbrante, pero el mismo lago), una linda plaza, callecitas y una comunidad quechua donde los hombres llevan sombreros que varían según si son solteros o casados, y las mujeres se visten con polleras de colores y se cubren la cabeza con una manta negra. Quizás porque veníamos de ver tantos aymaras, los quechuas (es decir, los incas), nos resultaron antipáticos. Comimos la trucha que nos ofrecieron con cierto resquemor, como si no fuera el mismo pescado.

Un salto temporal: el primer día, ni bien pisamos Puno, preguntamos dónde comer el mejor ceviche de la ciudad. Elegí uno de mariscos que no sólo era el mejor de Puno, sino también el mejor que había probado en mi vida. A la tarde visitamos Silustani, un antiguo cementerio inca donde todavía hay urnas gigantes de roca. El paisaje, otra vez, está hecho del color azul del agua y de las montañas, las llamas, los burros y los cerdos. En el camino atravesamos Atuncolla, una comunidad de casas de barro y otra vez lo mismo, pero con un matiz distinto, lo suficientemente atractivo para querer volver. El problema fue que, por segunda vez en mi vida, tuve alergia a los mariscos. Pasé por Silustani y por Atuncolla con la boca hinchada, estornudando, caminando atrás de un guía con la seguridad de que en cualquier momento me desplomaba y terminaba ahí, en esa tierra tan rara, muerto como esas ruinas que se repiten en cada uno de los caminos.

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