sábado, 28 de abril de 2012

Diario de viaje/ Machu Picchu (día 13)

Resulta que el pueblo se llama Aguascalientes, pero en todos lados dice Machu Picchu (incluso en el cartel de la municipalidad) porque es una manera de pegarse a la fama de la ciudadale. Más o menos eso es lo que nos explicó Rubén, el guía que conocimos cuando bajábamos del Huaynapichu.
Iba vestido con un sombrero, chaleco y paraguas cerrado. Lo seguía una peruana de cuarenta años, radicada en Estados Unidos desde los nueve, que bajaba con bastón y mirando bien dónde pisaba. Ella no se había animado a subir hasta la cima de la montaña de tierra y roca que sale en todas las fotos del Machu Picchu. Nosotros, sí. Nos animamos, pero yo con tanto miedo como sólo se puede sentir después de los treinta, y casi gateando en las mismas rocas donde los yanquis saltaban, se sacaban fotos y gritaban sus boludeces. Casi en cuatro patas logré alcanzar una de las rocas de la punta. Desde ahí vi las otras montañas, las nubes que estaban abajo nuestro, la construcción inca más grande como una ciudad de rastris. Todo el tiempo tuve miedo de caerme desde los más de dos mil metros de altura, o de tirarme por una traición idiota de mi inconsciente. Por eso me apuré en bajar y a mitad de camino todo se puso blanco porque estábamos entre las nubes, y ahí conocimos a Rubén, el chamancito, que iba mostrándole las plantas mágicas a la peruana cheta y desde el Huaynapichu lo contratamos para que nos guiara en la ciudadela.
Llegamos justo cuando empezaba a llover. Arrastro una campera impermeable desde que salí de Ezeiza, pero ese día no la había llevado. Por suerte, Rubén tenía su paraguas. Se puso su impermeable y me prestó el paraguas. También nos dijo que en un rato las nubes subían y el sol volvía a salir. Así fue.
Nos contó poca historia, pero nos habló de la energía, de los astros, de los espíritus que todavía viven en ese lugar y de lo importante que era que tocáramos una roca para cargarnos de energía. También me dijo la receta justa para tomar el té de floripondio, y nos pidió que miráramos alrededor y viéramos dónde estábamos: rodeados de montañas, en el punto más alto de la ciudad sagrada de los incas, de cara a la salida del dios Sol, al lado de una roca donde se marca exactamente el comienzo de los solsticios. Cuando se fue, nos dio un abrazo, le devolví el paraguas y desapareció caminando rápido, metido entre los bloques de roca que algún antecesor suyo, quinientos años atrás, pulió para nosotros.

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