domingo, 15 de abril de 2012

Diario de viaje/ La Paz

Lágrimas de dolor y en el medio del bar donde caímos a medianoche, recién llegados de Buenos Aires, la gente baila dando pasitos para un lado y para el otro. Hemos fallado los dos, tú y yo, mi cholita, y pedimos la tercera cerveza, algo nos arrastra a la pista, bailamos la morenada aunque es la primera vez en la vida que escuchamos hablar de ese ritmo, y nos sentimos orgullosos porque no parecemos esos yanquis rubios con cara de pelotudos que, por más que lo intenten, no encuentran modo de encajar. Voy a la barra para pedir la cuarta y última Huari fría. Hay un paceño tomando un chupito de vaya uno a saber qué cosa. Le pregunto y me ofrece de probar. Tiene gusto a vodka. "Es vodka -dice- Y también te convido marihuana si quieres". No acepto el convite, pero le agradezco de todos modos y vuelvo a meterme en el baile. Todos los ritmos me resultan familiares, como si los hubiera tenido adentro de la sangre desde siempre. Ellos -los mestizos, una colla en vestido dorado, los jugadores de un equipo de futsal que festejan el campeonato- hacen una ronda y nos piden que bailemos en el centro. El viaje acaba de empezar. Si hubiera terminado en ese mismo instante en que sonó el último acorde de las lágrimas de dolor, habría sido un viaje perfecto.
A la mañana aparece el sorojchi. Si el día anterior apenas me había mareado y por un momento me parecía estar flotando en medio de una nebulosa de colores y olor a cúrcuma, la mezcla de cerveza con el mal de altura me dio un amanecer con la cabeza como en una prensa. Un ibupirac, un mate de coca y otro ibupirac, después de una siesta de una hora, no resolvieron el problema. Por suerte encontramos las Sorojchi pills que lo curan todo en poco más de diez minutos. No es sólo la química: en la calle donde está el hotel se instalaron las cholas con su mercado de frutas, verduras y condimentos. Una alfombra de hojas, gajos, cebollas, maíz, papas de colores. En el medio, como si emergiera entre los colores, una chola arrepollada, las manos cruzadas sobre la falda, el sombrero alto. ¿qué le vendo, amigo?, y después otra y más allá, multiplicadas en monumentos de chola, arrugas y yuca, las trenzas de pelo negro, ¿qué le vendo, amigo? y el viaje que no terminó la noche anterior, por suerte, porque con las cholas daban ganas de seguir bailando.
La plaza San Francisco, la iglesia y -¿puede ser cierto?- una fiesta de chicos vestidos con trajes típicos. Y música. Otra vez escuchamos la moreneada. También unas cuecas y unas marchas militares. Hay diablitos, cholitas, niños llama, las trompetas, la gente cantando. Desfilan por una avenida, llegan hasta una feria donde una banda con guitarra, trompeta, bajo, batería y coros hacen bailar a treinta viejitos. Bailan el abuelo paceño 2011 y la abuela con la misma distinción; una chola vieja, de piernas hinchadas, otra que tiene los dientes de oro; bailan tres señoras de setenta y pico, y se hacen burlas, y una arrastra a otra abuela que no quiere dejar la silla donde, con otros cincuenta abuelos, aplaude y canta lágrimas de dolor, mi cholita, en qué hemos fallado, fuimos tú y yo.
Y nosotros, una vez más, sentimos que todo nos pertenece.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Muy lindo!!!Muy sentido!!!
Mara Patagónica