domingo, 22 de abril de 2012

Diario de viaje/ Isla del Sol (día 6)

El plan era atravesar la isla a pie, de norte a sur. No era tan alocado: en la isla del sol no hay autos, ni motos, ni tampoco se ven bicicletas. Los burros que andan dando vueltas por ahí no se usan como transporte. Así que le preguntamos a José cuál era el camino para llegar al sur y tomar la lancha a Copacabana. Nos dijo que había dos: uno, construido en la cima de las montañas antes de los incas, a casi cuatro mil metros de altura; el otro, cruzando un bosque y después bordeando la isla, siempre con el mar a nuestra izquierda. Para el primero había que llegar hasta las ruinas y retroceder, después caminar tres horas; para el otro, apenas había que salir del pueblo a la madrugada, con los cerdos recién despiertos, ni rastros de José y un sol que asomaba sobre el final del lago. Nos dijeron que llegábamos al norte en dos horas y media, caminando tranquilos. El primer tramo, entre los árboles y sacando fotos, cada vez más maravillados frente al paisaje y siguiendo sin problemas el camino hecho menos de piedras que de tierra pisada.


A la hora y media habíamos visto tanto lago azul y tantas plantaciones de papa y quinoa, tantos burros y llamas, cerdos, perros que nos siguieron y alguna chola que cosechaba en las terrazas, que pensamos que ya era hora de llegar. Casi al mismo tiempo, el camino empezaba a desaparecer. Me sentí orgulloso de mis dotes de rastreador. Me acordé de un libro de cuando era chico: creo que se llamaba "Acechando y rastreando". No sé si enseñaba a seguir bosta de ovejas y pisadas de suela de goma de chola, pero es lo que hice. Cada vez que el camino empezaba a ponerse confuso, buscaba la bosta o las pisadas. Así llegamos hasta una montaña desde donde vimos casas, una playa, el sol que ya empezaba a picarnos.

Habían pasado dos horas y el camino estaba perdido, así que fuimos bajando entre los arbustos (me acuerdo de unas plantas con flores azules que, si las tocabas, parecían de terciopelo). La montaña empezaba a romperse; aparecieron rocas, grietas y -¡gracias a la Pachamama!- un aymara con sus dos hijos. Le preguntamos cómo bajábamos al pueblo. Nos señaló un camino que sólo él veía. Mientras caminábamos barranca abajo, vimos una chola que subía. Fuimos atrás de sus huellas.

Llegamos a la playa agotados, pero contentos de que por fin habíamos llegado. Ahora teníamos que encontrar el puerto. Le preguntamos a un ¿yanqui? ¿italiano? ¿francés? que se lavaba la cara en el patio de un alojamiento.

-Esto es centro de la isla -dijo-. Para el sur tienen seguir aquel camino. Una hora y media.

Miramos al lugar donde señalaba. Esta vez sí vimos el camino: un camino empedrado largo que se metía y subía entre las casas de adobe, de terrazas, más cerdos y burros, algunos aymaras, el sol que estaba cada vez más fuerte y lo sentíamos como un martillo en la cabeza. De fondo, al costado, del otro lado de la montaña, siempre el lago Titicaca.

¿Qué fue lo que vimos en esa hora y media de camino que no estaba destinado a ningún turista? Lo primero fue nuestro cansancio, las subidas que cada vez eran peores y nunca terminaban; después el camino empedrado por donde bajó un toro a la carrera, y atrás un aymara que trataba de sostenerlo con una cuerda. Vimos un perro que nos encontró perdidos y nos acompañó vaya uno a saber cuánto tiempo, porque al final tuvimos que echarlo para que no fuera él el que se perdiera. Y una terraza de cultivo donde de pronto el camino terminó, y tuvimos que saltar las piedras del muro y un arroyo (había una chola que le pegaba a los cerdos, que no nos vio saltar las piedras de su muro, que les pegaba en aymara y los cerdos corrían), hasta que el camino volvió del otro lado y una hora más tarde nos encontramos a una pareja de yanquis que también se habían perdido y nos preguntaron cuánto falta para llegar al norte, y a nosotros se nos fue el cansancio cuando les respondimos que muchísimo, y en cambio a nosotros nos faltaba nada más que half an hour.

De repente aparecimos en un lugar altísimo, en medio de la nada, el mundo dividido en azul y montaña. De repente, en el camino, había un puesto donde una chola vendía bananas, manzanas, agua, chocolates y galletitas. De repente comer una fruta nos dio la fuerza para el último tramo. Habían pasado cuatro horas y media y de repente estábamos a la entrada de la zona sur, que empezaba a cuatro mil metros de altura y se bajaba por una misma larguísima calle empedrada que terminó en el puerto donde los dos yanquis con cara de pelotudos que se habían hospedado en el mismo lugar que nosotros, llegaban en lancha y cagándose de risa.

1 comentario:

Anónimo dijo...

¡Cuánto esfuerzo!Felicitaciones por caminar tanto!