sábado, 21 de abril de 2012

Diario de viaje/ Isla del Sol (día 5)

Resulta que hay una isla donde, según la leyenda, se originó la cultura inca. Queda a una hora y media de Copacabana, en una lancha llena de jóvenes con cara de pelotudos (ese tipo tan poco querible de turista que abarca a los backpackers rubios quemadísimos por el sol). Ignoro si mi cara se merecía formar parte del club. Quiero creer que no, puesto que todos gangoseaban su inglés y nosotros, hablando bajito, tratábamos de no dormirnos una vez que pasó la novedad de navegar el lago Titicaca y todo se hizo un mismo, enorme, color azul.
La isla del sol se divide en dos partes: la sur, donde nos dijeron que estaban los mejores hoteles, los mejores restaurantes y -después lo sabríamos- los turistas italianos; y la parte norte, una zona mucho más agreste, con playa y hospedajes regenteados por familias aymaras. Tuvimos la suerte de encontrarnos con José, un treinteañero aymara que llevó a un par de yanquis de la mano hasta su casa. Lo seguimos sin saberlo y nos metimos en su alojamiento. Como mucho en esta parte del mundo, todavía estaba en construcción, tenía ladrillos a la vista y nuestros vecinos eran un burro y dos cerditos que, salvo una escapada a la playa, se mantuvieron dos días atados en el mismo palo.
José nos explicó que hacía un año habían abierto el alojamiento, que su padre (que en ese momento nos preparaba la habitación) no hablaba español, que tenía un hijo pero no se había casado, aunque ya había pedido la mano a su ¿padre de la novia? ¿nuero? ¿el padre de la chica?
-Suegro -le dijimos y José repitió la palabra dos veces más.
-También tengo que aprender inglés -dijo.
Un minuto más tarde se vio ante la dificultosa tarea de pedirles el pago adelantado a los dos yanquis. Le enseñé a decir "Payment, please". Algo es algo.
A la tarde tomamos el camino hacia las ruinas. Yo no sabía qué ruinas, ni qué camino, ni estaba demasiado a gusto en una isla donde la playa terminaba en el primer escalón de nuestro alojamiento, había un par de hippies acampando en la arena y no había farmacia, ni kiosco, ni nada excepto cholas, burros, cerdos, vacas, todo paseando por las mismas calles de tierra, bajo un sol que resultaba insoportable. Pero entonces empezó el paisaje, esa mezcla de naturaleza con presencia humana tan típica de la zona, ahora en su punto caramelo. Ahí estaban, subidos a las montañas, las familias de collas desenterrando alguna de las más de trescientas variedades de papas. En el camino, a casi cuatro mil metros de altura, siempre con el lago azul a un costado y rodeado de una vegetación achaparrada, que no terminaba de ser desierto ni tampoco monte, nos cruzamos con cholas que llevaban a pastorear a sus ovejas, y desde arriba vimos a José sentado en un peñón que salía del agua.
-Después voy yo para las ruinas -nos gritó y debe haber sido la primera vez, en tanto viaje, que escuchamos a un aymara hablar tan fuerte.
No sé qué eran las ruinas, pero se podía entrar, pasar por abajo de unas glorietas de piedra, meterse en unos cuartos donde hace no sé cuántos miles de años vivía gente, dormía gente, la gente cultivaba las terrazas que ellos mismos construyeron poniendo piedras, una capa permeable, otra de tierra fértil, familias de collas que existieron antes que los incas tuvieran que negociar para someterlos, viviendo en esas ruinas que ahora yo, agachándome para pasar, tocaba y cerraba los ojos, de fondo el azul del lago.

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