miércoles, 25 de abril de 2012

Diario de viaje/ Cusco (días 9, 10 y 11)

Cusco es una belleza. Nada que envidiarle a los pueblos europeos entre las montañas, con calles de piedra, casas de piedra e iglesias gigantes con olor a viejo. Todo es en recovecos, en rocas, en el cielo con las nubes bajas y la presencia constante de la cultura inca, mezclada con los nuevos enemigos de este humilde turista: los colonos españoles.


Por donde uno mire, hay una referencia a los dos universos: nombres de calles indescifrables acompañan otros espantosos, como "Ruinas", "Siete ángeles" y -lo juro- "Ataúd". Encima de los restos de un antiguo templo al sol, a la luna y a otras deidades incas, los españoles hicieron su monumental iglesia de la congregación de los dominicos, los mismos que, vaya casualidad, aparecen en los cuadros de vírgenes, jesuses y demás figuras neo-renacentistas que se venden en un negocio tras otro, en una calle que es toda de arte sacro, lleno de cuadros con imitaciones de oro.

Pero la bronca con los españoles sigue. Sobre todo, cuando visitamos más ruinas incas, en la cima de una montaña, y el guía (porque tomamos un tour, como todo el mundo, porque Cusco tiene tanto que uno siente que, si no se lo explican, está usando los pasos en vano) nos explica sus creencias, tan absolutamente lógicas y tan pegadas a la naturaleza. Los tipos veneraban al sol, a la luna, a la lluvia, a la temporada de cosecha, al agua... Cada fenómeno, cada momento del año que indicaba el tiempo de cosechar o sembrar, era marcado por un dios. Después vinieron los españoles, tiraron a la mierda la relación entre la naturaleza y la espiritualidad y reemplazaron todo por un dios lejano, que no tiene ningún vínculo con el trabajo. Puro capitalismo.

No sé cuántas ruinas visitamos en una excursión que duró desde la mañana y hasta que oscureció, a las cinco y media de la tarde. Todas tenían algo distinto, todas tenían un paisaje descomunal de fondo y en todas tenía la sensación de que por ahí mismo habían caminado los mismos tipos que hasta hace un par de días me resultaban tan antipáticos, sólo porque habían querido someter a mis amigos los aymaras. Pero uno siempre tiende a ponerse del lado del más débil; excepto, claro, cuando te ofrecen cuis al horno o bife de alpaca.

La comida, en Perú, te vuelve a poner en tu lugar.

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