domingo, 29 de abril de 2012

Diario de viaje/ Cusco (día 14)

El último día en Cusco es también el último día en Perú. Esta parte del país es bastante diferente a Lima. Acá el ceviche apenas se ve; la comida típica de la zona está muy emparentada con la misma que conocimos en Copacabana. La trucha frita es el plato infaltable en cualquier restaurante, picantería o "snack". También hay mucho cerdo frito, carne de res y lomo de alpaca. Pero todo el asombro se lo lleva el cuy, que esta vez no me animo a comer. En Lima lo había probado escondido abajo de una salsa, cortado en presas; acá lo sirven entero, con las patitas colgando y los dientes para afuera. Lo hacen al horno o frito ("chactado"). Será para la próxima.
Lo mejor que tiene Cusco es su arquitectura y la presencia tan absolutamente tangible del imperio inca. Lo peor que tiene son los turistas y los caza turistas que te paran a cada rato en la calle para venderte artesanías, excursiones, anteojos de sol, una foto con la llamita, 2 x 1 en birra y "amigo, ¿quieres un masaje?" La parte céntrica de la ciudad está consagrada al turismo y eso le quita algo de autenticidad, además de que molesta. Ni hablar del comportamiento de yanquis, israelíes, argentinos y otras nacionalidades poco propensas a pasar desapercibidas.
Otro problema es que te cobran todo y de ese todo, mucho es carísimo. Ir al baño, un sol; veinte minutos en micro para llegar al Machu Picchu, 17 dólares. No se puede entrar en ninguna iglesia sin pagar entrada, no importa qué tan católico seas.
Lo de la Iglesia plantea una cuestión tan asquerosa que, como todo lo incomprensible, a nadie parece preocuparle. Muchas iglesias están construidas sobre edificaciones incas que la misma Iglesia se encargó de destruir y saquear. Frente a la Catedral hay una cruz de roca que recuerda el descuartizamiento de Tupac Amaru. En ese mismo sitio el líder inca que quiso expulsar a los españoles de Cusco fue atado de pies y manos a cuatro caballos, para que después su cabeza, los brazos, las piernas quedaran expuestas a modo de advertencia en distintos puntos de la región. Todo eso pasó frente a la mirada de los sacerdotes, en nombre de Dios y frente a un crucifijo que todavía se guarda en el museo regional, antigua casa de Garcilaso de la Vega. Y aunque la gente de Cusco que camina por la ciudad tiene sangre inca y conserva el orgullo, los rasgos, la cultura y hasta la retórica anti-colonialista, todos entran a las iglesias vestidos de traje y corbata, y se persignan frente al Cristo Redentor que los abraza desde una montaña. La ciudad está hecha con los restos de unos y la soberbia de otros. Los nombres de las calles son españoles y quechuas, y junto a la cruz andina escalonada se ven las pinturas renacentistas donde en la última cena se sirve el famoso cuy. En esa mezcla no hay lugar para explicaciones, ni para la justicia histórica. Hay que cerrar los ojos y no pensar, porque el tiempo es un autor muy hijo de puta.

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