viernes, 20 de abril de 2012

Diario de viaje/ Copacabana (día 4)

Copacabana está llena de argentinos. No son turistas: son jóvenes de clase media que, vaya uno a saber por qué, consideran que es mejor hacerse el hippie repartiendo volantes de un restaurante boliviano que planificando la revolución o, por lo menos, vendiendo pan relleno en plaza Italia. Gracias a estos chicos, Copacabana tiene una onda entre Villa Gesell y Tilcara. A saber: se escucha Manu Chao y de fondo hay cerros, proliferan los sweaters con motivos altiplano y hay gritos. Los bolivianos son de hablar pausado y bajo; los argentinos ofrecen a los gritos el menú de sopa de quinoa, trucha entera y ensalada de frutas a 15 bolivianos. O quizás no sean gritos, pero sin dudas el modo de hablar de los argentinos no combina con lo demás. La otra mitad de los habitantes de Copacabana son hombres, mujeres y nenes aymará (se ven pocos adolescentes), que atienden las casas de cambio-despensa-agencias de turismo, todo en uno, y algún que otro restaurante.
En la parte de arriba del pueblo, la iglesia donde está el santuario de la Virgen de Copacabana. Hay que entrar por una puerta lateral que lleva a un pasillo largo, negro y lleno de velas. Hay que pisar la cera de las velas, escuchar las llamas que chispean, tocar las paredes sucias. Al fondo está la virgen, con su niño Jesús en la mano. Siguiendo hacia arriba, un cerro que subimos con la dificultad de cualquier esfuerzo físico en un lugar que está a casi 4 mil metros de altura. Después del sendero, de pagarle un permiso de ingreso de diez bolivianos a una nena y de un balcón de rocas desde donde se ve el pueblo, las cholas arreando ovejas, dos burros, algún cerdo, está la horca del inca. Son tres piedras dispuestas de modo tal que los colonos españoles creyeran que se usaba para sacrificios humanos; en realidad, era un sistema para conocer el momento en que se producían los equinoccios. Eso lo escuchamos de boca de un guía boliviano que acompañaba a un grupo de turistas franceses. Estaban los cinco en la misma roca, sacando las mismas fotos. De fondo, ese lago Titicaca tan azul como lo habíamos visto en los manuales de geografía. Los franceses y nosotros, arriba de una montaña, viendo una parte del mundo que no terminamos de creer. Quizás por eso, a la noche, cuando vamos a comer frente al lago en unos puestos donde ofrecen Salchipapa, Pique macho, Chicharrón de cerdo y Trucha, no nos molesta que un santafesino se nos plante en la mesa de al lado, guitarra en mano, y desafine un par de canciones de Manu Chao.

No hay comentarios: