jueves, 26 de abril de 2012

Diario de viaje/ ¿Aguascalientes? (Día 12)

Aguascalientes no existe. Es decir, no con ese nombre. Excepto en las referencias de algun amigo, en una pregunta que me hacen en el tren o en algún que otro comentario, nadie dice que este pueblo se llama así. Hasta la sede de la municipalidad dice que el pueblo se llama Machu Picchu. Qué sé yo cuál es la verdad.


Es claro que este lugar está dividido en dos: de un lado del río (un río copioso, con rápidos salidos de un dibujito animado), parece un pedazo de ciudad de la costa atlántica argentina. Lo único que cambia es que es todo en subida, pero a los costados hay un restaurante al lado del otro y todos ofrecen lo mismo: menú por 15 soles (menos de 30 pesos) que incluye entrada, sopa, plato principal (mucha trucha y lomo saltado, algunos con alpaca a la parrilla) y refresco. Como en toda ciudad costera, están los voceadores que ofrecen descuento, plato extra, postre, 2 x 1 en pisco sour y otras ofertas que, una vez que uno entra, quedan en el olvido. En ese lado del pueblo hay muchísimos turistas, pero también algunos peruanitos que juegan al fútbol en la calle empinada, y que corren atrás de un par de yanquis que se suman al picado.

Del otro lado del río (un río copioso, que de noche hace barullo al lado de la ventana del hotel, y que me hace pensar que puede ser cierto ese viejo anhelo de pescar desde una casa, mirando televisión mientras la trucha pica), una calle más oscura, un par de comedores, una cancha de fútbol y un puesto donde venden anticuchos a dos soles con cincuenta. Juro que no es una postura, pero no entiendo por qué la mayoría de los turistas prefieren encerrarse a hablar en inglés en uno de los restaurantes más caretas del pueblo. Nosotros pasamos por una panadería con nombre francés, hablamos de la nouvelle vague con su dueño, y después nos sentamos al lado de la cancha y compramos anticuchos de pollo y de carne, y no vemos a ningún yanqui durante diez o quince minutos. Antes, sí, tomamos los pisco sour y nos burlamos de los turistas que se compran toda la ropa y todos los adornos, y también de los que viajan como si fueran exploradores y, esta zona, un área inhóspita, jamás vista y donde todavía existen las ciudades de oro. Todos nos parecen unos imbéciles. Yo, personalmente, temo que los chicos de Machu Pichu a los que les devuelvo una pelota que se va larga y contra la vereda del bar, piensen de mí lo mismo que pienso de esos turistas: que no pertenezco a este lugar, que no soy de acá, aunque me sienta tan parte de ellos.

Postdata: Hace rato que esto dejó de ser un diario.

Postdata 2: Ayer tiré mi celular por el inodoro. Mañana subimos a conocer lo que todos vinieron a conocer. El tiempo empieza a acelerarse y lo hace con estas pequeñas -y ridículas- acciones.

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