domingo, 1 de enero de 2012

Otros diez años atrás


Es probable que ella hablara mientras yo me miraba en el espejo del techo. Hablaba mucho y su voz se iba metiendo entre las canciones de Aspen que poníamos siempre, ni bien entrábamos a la habitación, entusiasmados con los botones que estaban en el respaldo de la cama. Era verano y supongo que el aire acondicionado estaba encendido, y que por eso estábamos tapados con las sábanas, en medio de la bruma de las luces rojas. Ella con la cabeza apoyada sobre mi hombro. Yo, quieto, mirándome a los ojos.
En esa época todavía vivía con mi familia, así que teníamos que ir a un telo. Dos horas para jugar a que tenía mi casa y que en esa casa mandaba yo; y donde se podía probar qué onda con estar lejos de mi familia, en una cama, al lado de una persona que no me había visto crecer.
Supongo que en algún momento nos aburrimos y prendimos el televisor.
No sé cómo llegamos a Crónica, pero es posible que yo buscara los Simpson, que en el zapping hasta Fox haya pasado por los canales porno y que me quedara en Crónica porque estaba casi al final de la grilla y nos llamó la atención que había un tipo agonizando en las escalinatas del congreso.
Cuando entramos ya sabíamos de los saqueos, de la policía que había salido a reprimir, del invento del cacerolazo. De todos modos ella debe haber sonreído cuando se puso el corpiño, y seguro miró la bombacha por un lado y por el otro para saber si la tenía que dar vuelta o si estaba bien así, y se habrá puesto la bombacha mientras yo la miraba y en el televisor el tipo se caía dos escalones más abajo, con los brazos abiertos, con la cara llena de sangre.
No me acuerdo si pagábamos la habitación antes de entrar o cuando salíamos. Sí que ella se quedaba siempre un poco más atrás, y que yo me había acostumbrado, pero me ponía nervioso cuando el tipo me daba el vuelto y los dos caramelos de menta.


Salimos casi a las doce de la noche. En la calle Moreno había tachos de basura, gomas quemadas, gente en las esquinas. No festejaban, pero tampoco estaban protestando. Era como si salieran después de un huracán. Todos menos una señora que golpeaba un tupper con una cuchara de madera.
Supongo que la llevé a la casa y volví a la mía. Me acuerdo que mi mamá me abrió la puerta: "No sabés lo que te perdiste. La gente venía bajando”.
No sé por qué suponía que me había perdido la marcha (porque yo la imaginé siempre como una marcha, como miles de personas en silencio, caminando contra un haz de luz, y no como lo que en verdad fue: gente que iba a la plaza en racimos; gente que jamás podía conjugar el verbo “marchar”). En  esa época había celulares, pero no existían los mensajes de texto. Salvo que fueras periodista, político, militante de Quebracho o una persona más despierta a la que era yo en ese momento, nadie te llamaba para avisarte que te estabas perdiendo la protesta social más importante en la historia argentina contemporánea.  Por otro lado, no todos sabíamos que íbamos a pasar a la historia. Que eso iba a convertirnos en testigos de la historia.
Yo no lo sabía, pero de todos modos miré las imágenes que seguían dando vueltas en los canales de noticias hasta las cuatro de la mañana. 
Al otro día fui a trabajar. Jugaba San Lorenzo y yo iba a ir con mis jefes. La hija de Rimondino venía con nosotros. Me acuerdo que entró y el padre le dijo que el partido se había suspendido. Estábamos a punto de ganar la copa Mercosur, el primer título internacional de San Lorenzo. Pensamos que éramos el equipo con peor suerte de la historia, y que era como si Noemí Alan se hubiera sacado la tanguita justo el día que tenés que ir a recibir el premio Nobel.
Eran casi las seis de la tarde y sólo quedaban mis jefes y yo, en la editorial, con las computadoras apagadas. Escuchamos que el partido no se jugaba. Un minuto después llegó Laurita. Ya existía Internet, pero algunos todavía ponían la radio. Rimondino, por ejemplo; y si no lo hacía no importa, porque en esa época Rimondino tenía pinta de tipo que escucha la radio. ¿Habrá dicho “se pudrió todo”? ¿Carlos habrá hecho un chiste?


Quiero creer que esa noche también salí con mi novia, y que estuvimos dando vueltas por la ciudad. De la Rúa ya se había ido en helicóptero, pero en algunos lugares todavía seguían con las cacerolas; en otros había gomas quemadas y tenías que pasar rápido porque se había –o habían- cortado la luz. No sé si fuimos al cine o a comer. O si esa noche tocábamos con la banda, y entonces fuimos a un bar que quedaba cerca de mi casa y donde nos enteramos, unos días antes, que la gente protestaba porque habían nombrado a Carlos Grosso como ministro de Rodríguez Saa.
¿Qué decir de Rodríguez Saa? Lo único que sabíamos era que lo habían encontrado en un telo con un consolador en el culo. De repente era nuestro presidente, escribía “petrolio” en la televisión y cuando hablaba se le formaba una baba espesa en la comisura de los labios. En un par de días supimos que Rodríguez Saa era la versión de prueba de Néstor, pero entonces no éramos capaces de saber quién era Néstor. Rodríguez Saa dijo que no pagaba la deuda externa, recibió a las Madres de Plaza de Mayo y era campechano y entrador. Después de años de sentirme progre, yo me descubrí simpatizando con la posibilidad real de que el país se fuera a la mierda. No me acuerdo qué opinaba mi novia de todo eso.
Los días siguientes escuchabas cacerolazos todo el tiempo, la gente se reunían en las esquinas y a la noche doblabas en una calle y te encontrabas con fuego, tipos con capuchas y olor a goma quemada. Un día mi hermana dejó un mensaje en el contestador. Llamaba desde el negocio, a las cinco de la tarde: “Hola –decía agitada-, tengo que cerrar ya mismo –silencio, llanto-. Dicen que están viniendo de la villa para saquear el barrio”.  Y colgó. Todos los días escuchábamos esas historias. La mayoría de las veces no pasaba nada.


Por esa época aparecieron las primeras asambleas. La gente se reunía en las esquinas o en las plazas, en casi todos los barrios, a la siete de la tarde o un poco después, y se decían “vecino” aunque cada tanto a alguno se le escapaba un “compañero” y los demás lo miraban mal. Todo eso lo supe porque me lo contaba Carlos, que venía del peronismo setentista y se enganchó con la movida;  o por mi profesor trotskista de piano; o lo veía desde el auto cuando iba a buscar a mi novia.
No recuerdo el orden de los sucesos, pero por esos días el techo de la verosimilitud se corrió varios centímetros: los cinco presidentes, el chino que lloraba mientras saqueaban su supermercado, los ahorristas rompiendo las puertas de los bancos. Nos enteramos de un tipo que mató a tres pibes que se cagaban de risa mientras miraban, en el televisor de una estación de servicio, cómo la gente molía a palos a un policía.  En algún momento experimenté algo parecido a la felicidad. Descubrí la euforia de saber que vivíamos en perpetuo estado de revolución, en una ciudad donde los bancos estuvieran blindados y donde “los políticos” (todos menos Zamora, que en algún momento encarnó esa opción de izquierda apta para clase media que luego fueron Binner o Pino Solanas) tenían que correr para que no los alcanzara la furia de los vecinos.


A mí la crisis no me pegó. Tenía que cobrar una plata y, cuando llegó el momento, en lugar de dólares tenía pesos. Y alguna vez me pagaron en patacones. Eso fue todo. Yo estaba de novio, trabajaba free lance para un par de editoriales y tenía 24 años. No eran pocos, pero hace un tiempo leí que la adolescencia termina oficialmente un año después.
Ahora que miro el calendario de 2001, me doy cuenta que desde que empezó todo hasta que asumió Duhalde pasaron poco más de veinte días. Por mucho tiempo pensé que habían pasado dos o tres meses. Pero fueron veinte los días que tardé en reaccionar. Ese día, ni bien Duhalde terminó la jura y prometió que cada cual recibiría su dólar o su peso, de acuerdo a lo que había depositado, apagué el televisor.
En la esquina, pisando la calle, se había juntado un grupo de vecinos. Eran menos que las veces anteriores y desde abajo te sentías más vulnerable, pero me animé y me metí con ellos. Los autos nos pasaban por el costado. No nos daban mucha bola.
Había bajado sin cacerola, así que aplaudí. Uno gritó que fuéramos a Plaza de Mayo. En ningún momento se me ocurrió que podía ser peligroso. Empezaron a caminar y yo los seguí. Y canté todo lo que venía escuchando esos días, y cuando llegamos al "Que se vayan todos" fue como cantar con Quilapayún, con Víctor Jara y con Carlos Puebla, todos juntos saliendo de un mural de Diego Rivera.
Me acuerdo que en el camino encontré unas botellas vacías de coca cola que usé para hacer ruido. Y que cuando llegábamos a la zona del Congreso, un pibe de la calle se me acercó y me pidió las botellas. Podría decir que lo viví como un gesto de hermandad entre la clase media y los más pobres. Podría relatar esta historia y concluir que éramos una escena de un programa de Maestro y Vainmann que podría llamarse “Piquete y Cacerola”. Pero no. En ese momento pensé –o sentí- que el pibe me robaba mis botellas. Seguí camino aplaudiendo, y cuando llegamos a la Plaza de Mayo alguien gritó “Yo no lo voté” y todos cantamos eso.  En ese momento entendí por qué, después de dos semanas sentado en el living de mi casa, había decidido mezclarme con la gente.
Parecíamos menos que otras veces, pero nos teníamos fe. Yo sentía cosquillas en la nuca; el corazón se me salía del pecho. Creo que en algún momento cantamos el himno. Al otro día, cuando prendí el televisor y no vi nada sobre nuestra marcha, pensé que alguien había decidido que ya era suficiente. La crisis del 2001 había terminado. Aunque las asambleas siguieron y los bancos estuvieron tapados con chapas todo el año, esa ciudad convulsionada donde soñaba vivir un estado de combate crónico (ese lugar donde esperaba, alguna vez, despertarme bañado en coraje y con una barba a lo Che Guevara), ya no era parte de mi vida.


La crisis causó dos nuevas muertes y el gobierno de Duhalde se diluyó junto con las protestas. En poco tiempo, la clase media se volvió a acomodar y se cansó de los cortes de calle. Para las señoras que antes caceroleaban, los piqueteros volvieron a ser unos negros de mierda, el esposo borracho de sus mucamas  o unos chicos que poco tiempo después serían conocidos como "pibes chorros".
Yo seguí de novio hasta 2005. Nos recuerdo otras veces, al final del turno, esperando catástrofes en la televisión. La sensación de que en cualquier momento podía pasar algo nos duró un buen tiempo. Pero no hubo nada. Sólo que me fui a vivir solo y una noche ella llegó de sorpresa a mi casa y me encontró con otra. Habían pasado cuatro años desde 2001, pero para mí las cosas recién empezaban a cambiar.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Por casualidad lei tu blog , soy un salvadoreno que estoy de vacaciones en El Salvador pero vivo en Buenos Aires, me gusto la exactitud con que describiste a mi pais . Saludos!

Enzo Maqueira dijo...

Gracias! Abrazo grande.

Florencia dijo...

Por qué necesitamos caer tan profundo para darnos cuenta... tanto en lo político como en lo personal, el final es fuertísimo..

POROSHNYJ dijo...

Escribes de la puta madre. Me tomé la libertad de recomendarle tu blog a cuanto hueón conociera (Disculpa, soy chileno). Estaré atento a próximas publicaciones. Notable.

Enzo Maqueira dijo...

Gracias, che. No actualizo seguido, porque estoy con una novela, pero pasate que de vez en cuando subo algo. Abrazo.