jueves, 24 de febrero de 2011

Diario de viaje/ Corrientes - Día 7

El último día de una gira que nada tuvo de mágica ni de misteriosa (aunque tampoco estuvo vacía de cierto peligro, de dudas, de algunos hallazgos que moverán cosas que estaban latentes) empezó en una habitación de hotel de Resistencia, con un llamado de la conserjería para avisar que eran las nueve, señor, muy buenos días.
Me quedaba un rato antes del horario de salida del micro a Corrientes, así que di un par de vueltas por los lugares que me habían gustado: la plaza 25 de Mayo, la avenida Sarmiento, el edificio donde se hacía la Feria del libro. Al mediodía tomé el taxi hasta la Terminal. Una hora después estaba en Corrientes.
Pensaba encontrarme con la mejor de las cuatro ciudades. Le tenía tanta fe que estuve a punto de no incluirla en un tour cuya premisa era que cada destino debía ser una suerte de paraje anti-turístico, un lugar al cual a nadie que no tuviera una buena razón se le ocurriría ir de vacaciones. Como si mi inconsciente me hubiera protegido de llevarme una sorpresa desagradable, llegué un día antes del corso. Sin excusa turística y con las características que voy a describir, para mi sorpresa la ciudad encajó a la perfección en el itinerario.
Corrientes parece detenida en el tiempo, pero en uno demasiado cercano para volverla pintoresca o retro. Los edificios están despintados, las calles están rotas, las plazas están descuidadas. En la calle peatonal (que abarca unas seis cuadras y donde, una vez más, se repitió el vacío del mediodía y el brote repentino de peatones a partir de las seis de la tarde), hay negocios que parecen sacados de alguna fecha incierta entre finales de los ochenta y mediados de la década del ´90. Hay un Todo por $2; una galería que vende discos, pulseras y ropa de señora; locutorios de Telecom; y hasta una casa de comida rápida que –aunque no se llama Pumper Nic- parece sacada del siglo pasado. El hotel donde me alojo podría pertenecer a la parte más vieja del Miami menemista (jubilados jugando a las cartas, cuadros con atardeceres, alfombras gastadas, muchas flores, mucho pasillo con el empapelado caído) o salir de la Mar del Plata que vio morir a Olmedo.
La plaza principal, los carteles, los monumentos, los edificios públicos, los bancos y casi todo lo que existe en Corrientes, parecen haber pasado por alto una década.
Una rápida mirada me sirve como primera explicación: no hay un solo cartel de Kirchner, de Evita o de Perón. Acá gobierna el radicalismo y eso significa, supongo, que la provincia recibe menos plata de la administración nacional. Es una hipótesis. La otra es que el gobierno provincial no cree en la inversión pública, la construcción y el desarrollo urbano.
Aun a pesar del abandono, la ciudad tiene sus lugares: por ejemplo, una larguísima costanera, con vereda arbolada y varios pescadores de caña en serio. Nada de carbono y mariconadas por el estilo; acá usan palo, hilo atado en la punta y lombriz. No es una forma de pescar; parece ser la única posible. Acá la pobreza está mucho más a la vista que en Formosa o Resistencia. Hay gente pidiendo, gente durmiendo en la calle y gente pescando en el río. Pero en el río no hay peces. Un hombre que se acerca a charlar conmigo mientras miro el agua a plena luz de las tres de la tarde –los ojos achinados, las manos en los bolsillos- me dice que los peces se fueron por culpa de los trasmallos que barren con todo.
-Por arriba, las redes; por abajo, los peces más grandes -dice.
-No pueden vivir tranquilos -opino.
-Ése es el tema.
En un extremo de la costanera hay una playa. Unas boyas marcan el límite donde se puede nadar. Hay algunos chicos, un par de familias y una radio local que repite el hit de mi verano: el “Loca” de Shakira que tiene la particularidad de provocarme, al mismo tiempo, ira y deseos irrefrenables de cantar la canción.
La de hoy era una tarde calurosa y habían anunciado lluvia. Cada tanto miraba el cielo: la ciudad estaba rodeada por nubes negras y espesas, pero el cielo se mantenía azul exactamente sobre nosotros. Por las dudas, empecé a caminar un poco más rápido y hacia la zona del hotel. Nunca llovió, pero de todos modos me encerré en mi habitación.
Era mi séptimo día y la costumbre de la siesta por fin me había prendido.
Desperté a las cinco y media, listo para ver otra Corrientes. Con gente, la cosa no me pareció tan fea. Los vendedores de chipa, las señoras que ofrecían hierbas curativas y las mesas con porrones de cerveza en la peatonal tapaban un poco la escenografía. Seguía cansado de la caminata anterior, así que me senté a tomar un chopp y vi pasar a media ciudad por delante de mis ojos.
Un rato más tarde, ya con fuerza pero algo mareado, retomé el camino de la costanera en la dirección contraria. Encontré un parque, más gente pescando, el Club Regatas y una zona con monoblocks, dos parrillas y una heladería. Excepto el chocolate suizo (chocolate, dulce de leche y mini-galletitas bañadas en chocolate), todo lo demás era viejo, gastado y descuidado.
Ya había oscurecido cuando volví a la Peatonal. La gente no se había movido y alrededor de cada luz encendida daban vuelta millones de insectos. Mientras caminaba pisaba unos cascarudos de caparazón negra y lustrosa, de vez en cuando tenía que sacarme algún bicho de la cara y vi cómo un nene cazaba un grillo en el aire y lo tiraba contra el suelo para hacerlo reventar. Por supuesto, también hubo mosquitos.
Cerca del río encontré una parte con casas coloniales. Con cierto aire a San Telmo, fue lo más rescatable de una ciudad que no me gustó nada, donde comí un bife de chorizo duro al mediodía, una hamburguesa minúscula (en la casa símil Pumper Nic) a la noche y le regalé diez pesos a un señor que dormía en la calle, porque quería terminar el viaje sintiéndome inútil una vez más.
Esto se va terminando y sólo queda las pruebas de fuego: el avión, las picaduras que llevo encima y el bombazo de la humedad de Buenos Aires cuando la vuelva a pisar.

Diario de viaje/ Resistencia - Día 6

Hoy leí un cartel que decía que los síntomas del Dengue pueden aparecer hasta dos semanas después de la picadura del mosquito. En dos días se cumplen siete desde que llegué a Asunción y tengo unas quince picaduras que coseché en Paraguay y en Formosa. El riesgo no desaparece hasta que el viaje termine. Y durante 15 días más tengo que esperar cualquier cosa. ¿Cuántas probabilidades existen de que hubiera algún aedes aegypti entre los responsables de esas picaduras? ¿Cuántas de que ese mosquito portara la enfermedad? En estos momentos y por dos semanas estoy en manos del azar. Por mi padre –que de vez en cuando se juega un numerito- sé que el azar puede ser muy hijo de puta.
Pero volvamos a la crónica, que es una forma de narración mucho más organizada que los pensamientos paranoicos. Anoche, la única que pasé en la hasta ayer desconocida Formosa, comí el segundo surubí del viaje. El primero había sido en Asunción, en un restaurante de esos con barra circular y señoras gordas que atienden. Biedermann me contó que en otras épocas El Bolsi era “el” restaurante de Asunción. Hoy se mantenía como un clásico con buen surubí y mejor torta de chocolate.
Pero el surubí de Formosa es otra historia. El plato que probé lleva crema, aceitunas procesadas, vino blanco y cebolla. El resultado fue el mejor pescado que comí en mi vida. Una vez más: inténtenlo en sus casas.
De noche, Formosa parece tan pueblo como en la hora de la siesta. Si además es noche de tormenta, con rayos, truenos y corte de luz, es un pueblo donde un porteño se siente indefenso y a merced de la peor de las catástrofes: aparecer en TN en un video filmado por un vecino con su celular. Es una linda sensación si uno la ve desde lejos.
Esta mañana, todavía con lluvia, tomé mi ya clásico micro de la empresa El Pulqui para viajar hasta Resistencia, provincia del Chaco. De este lugar apenas tenía dos datos: el escritor Mempo Giardinelli y la señora Elisa Carrió. De Mempo había leído Final de novela en Patagonia y lo había escuchado alguna vez en 6,7,8. Mi vínculo con Lilita es el orgullo: me jacto de pocas cosas en mi vida, excepto de haber ganado un Prode interno en el último Mundial de fútbol, de ser habitué de la comida peruana desde mucho antes que fuera una moda y de nunca haberme dejado engatusar por la prédica centro-izquierdista moral de Carrió, como sí les pasó a tantos progres.
Así que el Chaco era otra incógnita a despejar.
Llegué con lluvia y todo me pareció mucho más feo que Formosa: el taxi, el chofer, las calles, la gente, los negocios y la plaza principal. El hotel quedaba a la vuelta de una peatonal vacía y por donde caminara me caían gotazas de lluvia en la cara, o metía le pie en una baldosa floja, o lo hundía directamente en un charco de agua marrón. Así que la primera hora la pasé encerrado en la habitación, secando las zapatillas con el aire acondicionado.
Hasta que salió el sol y la ciudad cambió por completo.
Todos los negocios anunciaban su horario: de 8 a 13 y de 18 a 21. Como si fueran dirigidos por un cronómetro, los chaqueños aparecieron a las 18 en punto y llenaron la peatonal. Andaban en grupos de adolescentes, en familia, en pareja. Tomaban helado, compraban chipá, caminaban con el mate. Resistencia está una provincia más lejos de Paraguay y las costumbres guaraníes empiezan a desdibujarse. Quedan los chipa (pronunciados sin el acento en la “a”), los copetines y el mate, pero el receptáculo (por no decir “porongo”) es el más familiar para nosotros y no ese vaso alargado que usan en Asunción y en Formosa. El contenido tampoco es el mismo: acá la mayoría toma mate, aunque todavía se ven algunos con tereré.
Resistencia es una ciudad mucho más grande que Formosa, sin su calma ni su limpieza. Es una ciudad viva donde abundan los autos y los negocios. En el centro, sin embargo, se repite la plaza enorme que en este caso se llama 25 de mayo. Llena de palmeras y con la estatua de San Martín espada en mano, con la luz del atardecer es un bellísimo cuadro de folleto turístico. Está coronada por otras cuatro plazas, cada una a cuatro cuadras de distancia y en cada uno de sus vértices. Excepto por un par de iglesias más o menos atractivas, no hay edificios históricos que llamen la atención. Pero hay una avenida, Sarmiento, que al atardecer es una cosa rojiza que no se puede dejar de caminar. Es un boulevard doble mano donde aparecen casas pintorescas, una mansión escondida atrás de un patio hecho jungla, la sede de la Sociedad Rural y algunos bares con onda. Es la parte más linda de la ciudad y se afea a medida que busco el río –o un curso de agua que aparece en el plano que me dieron en el hotel- y todo se vuelve tan desordenado y húmedo como me había parecido ni bien llegué. Al final, nunca llego al agua y doblo mucho antes, atraído por las luces de una escuela salesiana.
Según un cartel, Resistencia es la Capital de las Esculturas. Las hay por todos lados, no importa dónde uno mire: bustos de Sarmiento, de Perón y de Evita; próceres a caballo; hipopótamos; formas rarísimas con títulos como "El manto", "Observación" o "Desmembramiento yoico". Como no entiendo nada de escultura, apenas me detuve a mirar. Sólo observé que acá algunos las usan para sostenerse mientras se atan los cordones de las zapatillas, o para apoyarse en algo mientras esperan a cruzar.
Pero el hallazgo de mis horas en Resistencia es la Feria del Libro. Justo caigo en medio de tamaño acontecimiento y no dudo en entrar. Después de dar un par de vueltas y reconocer a algunos viejos conocidos en una muestra de fotos de escritores (Andahazi en un taxi, Fabián Casas en su cama, Cucurto en primerísimo primer plano), pregunto por los organizadores y aprovecho que tengo encima algunos libros míos y de la editorial que llevamos adelante con Valeria Iglesias. En medio de las presentaciones de rigor, me nombran a un poeta de Buenos Aires que va a presentar su libro en la Feria. No soy demasiado amigo de la poesía, así que por compromiso prometo que vuelvo a la noche para la presentación.
Lo que escuché más tarde, lo que conocí y lo que leí, lo dejo para un futuro próximo post, cuando termine el viaje y pueda procesar lo que, aunque visto con retroactividad, me parece la mejor razón para haber emprendido este viaje.
Por cierto: después de la presentación de ese libro (y de charlar corto pero entusiasmado con su autor), comí una pizza con cerveza en una mesa en plena peatonal.
Estaba lleno de mosquitos. Ahora las picaduras son 22.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Diario de viaje/ Formosa - Día 5

Desde un principio, el viaje a Paraguay tenía su lado B y era conocer dos provincias de las que se sabe poco en Buenos Aires: Formosa y Chaco. Eso de “conocer” está limitado por el poco tiempo que pienso quedarme en cada lugar. Es apenas un esbozo, pero es más completo que los informes de Telenoche. En la base de la idea de venir a estas provincias está aquel salvoconducto con que algunas personas suelen terminar las discusiones políticas. “Andá al norte –dicen-. Y vas a ver cómo la gente se muere de hambre”. Por una vez en la vida, les hice caso.
Por 70.000 guaraníes compré un pasaje a Formosa. La salida de la Terminal me dejó dos imágenes/situaciones simultáneas que me dispararon dos deseos también sincronizados: por un lado, detrás de una ventana, una familia compuesta sólo por mujeres (mamá, hija de diez años, hija de siete, hija de cuatro y bebé), saludaban a algún pariente que iba en el mismo micro que yo. Lamenté no haberme dedicado al cine, porque las cinco saludando detrás de la ventana –sonrisas con dientes de leche, morisquetas- hubieran sido un hermoso final para una historia filmada en Asunción, con algunos primeros planos en travellig lateral, una música triste de fondo y alguien que se está yendo.
Por otro lado, a apenas metros de mi final melancólico, una paraguaya de unos 35 años y su hija de 15, saludaban casi al borde del llanto al señor que estaba al lado mío. Él andaba por los 60 y supuse que era el padre de la mujer. Durante los 15 minutos que esperamos para salir, se mandaron besos, se leían los labios, se llamaban al celular. De repente las dos aparecieron en el micro, lo abrazaron, se despidieron otra vez. Él, siempre en silencio, no era un hombre que inspirara toda esa ternura. No me pregunten por qué, pero no me caía bien. Ni siquiera cuando salimos, volvió a sonar el celular y susurró “Te amo”.
En el micro también iba una paraguaya que, apenas subió, dijo a los cuatro vientos que le gustaba hablar mucho. No habíamos salido de Asunción y ya todos sabíamos que trabajaba en Buenos Aires, que había comprado un equipo de termo y mate forrado en cuero, que su hijo le había pedido que le llevara chipá y unas cuantas cosas más que me perdí porque las dijo en guaraní. Por cierto, me voy de Paraguay sabiendo que “’í” se usa como diminutivo (literal y conceptualmente) en palabras en español, y que “na” es una especie de “por favor” con ternura. Ejemplo del primer caso: “Andás pila’í? Tomá Energy” (aviso publicitario que mezcla tres idiomas y significa algo así como “¿Andás con poca pila? Tomá Energy”); ejemplo del segundo caso: “Lavame la ropa, na” (“Lavame la ropa, por favorcito”).
Al cabo de dos horas de viaje, la señora empezó a alabar el gobierno de Cristina. A esa altura, su voz era parte de los sonidos del micro y ya no la escuchaba. Pero me sobresalté con el señor enamorado que, casi gritando, dijo:
-¡Por favor, señora, cállese!
El micro entero se dio vuelta para mirar.
-¡Qué va a ganar Cristina otra vez! –dijo- ¡Dios nos libre!
Durante los siguientes 25 kilómetros, la señora se dedicó a elogiar la gestión kirchnerista enumerando uno por uno todos los logros. Lo que más destacaba era que, gracias a este gobierno, los paraguayos podían trabajar mejor y salir adelante en la Argentina. Sin llegar a meterse en la discusión, sus compatriotas asentían. El señor, por su parte, repetía que era un gobierno de ladrones, que no habían hecho nada y que el país era un desastre. La paraguaya le retrucó que en Buenos Aires hay mucha plata y hay trabajo. Entonces el señor lo dijo:
-¡Vaya al norte a ver cómo está el país! ¡Vaya a ver cómo se mueren de hambre!
En ese momento miré por la ventana: pasábamos por un campo verde, lleno de palmeras. No había una sola persona, ni una choza, ni nada. El señor enamorado siguió diciendo que tenía que ganar Alfonsín, que la Argentina es un desastre, que te matan por dos pesos. La paraguaya le dijo que estaba equivocado, que no tenía idea de lo que era un país arruinado. El señor dijo que sabía muy bien, porque su esposa era paraguaya y vivía en Paraguay. Ella le preguntó por qué se iba a Buenos Aires. Él le respondió que porque vivía allá. Ella le dijo que tendría que vivir con su esposa. Él dijo que en eso estaba, que acababa de comprar un terreno en Caaguazú, Paraguay.
-A mi edad… ¡Tener que venirme a vivir a un país como ése! –agregó.
En ese momento su cara de señor enamorado dejó paso a una especie de prototipo del hijo de puta argentino. Hablaba con soberbia, con un tono de voz elevado, miraba a los demás paraguayos como si estuviera de visita en el zoológico y se mordía los labios para retrucar que aquello de “gracias a este gobierno los paraguayos podemos trabajar en la Argentina” no era ningún logro, sino lo que más le molestaba de todo el asunto. Porque una vez que soltó su gorila interior, el siguiente paso fue decir que los peronistas son todos ladrones, que Illia y Alfonsín habían sido los dos mejores presidentes de la Historia, que a los K hay que sacarlos a patadas y que él vivía en Pilar y se había llenado de negros.
-¡Yo también vivo en Pilar! –dijo la paraguaya, risueña.
Los dos se bajaron en Clorinda. Desde ahí tomaban el micro a Buenos Aires. Es probable que cuando llegaran se fueran juntos a Pilar.
Podría sacar muchas conclusiones sobre la escena, pero me limito a ensayar una “sensación”: la política no es sólo una cuestión de ideología; no es casualidad que el tipo cayera mal desde el principio, incluso en su fase romanticona, y que la paraguaya resultara adorable desde que subió al micro a pesar de que no paró de hablar. Esta observación particular no puede generalizarse; tampoco se trata de oficialistas contra opositores. Es mucho más básico y tiene que ver con el respeto.
La primera imagen de Formosa fue la de un mini estadio techado. El taxista que me llevó al hotel me contó que lo habían inaugurado hace poco tiempo y que era una de las tantas obras del gobernador. Como venía cebado con la política –y, al fin y al cabo, había venido al norte “para ver”- le pregunté cómo estaban las cosas. Me dijo que no había trabajo, pero que había plata. Que la gente se conformaba con los planes sociales y nadie quería trabajar. “Eso sí –dijo-: se está construyendo mucho”. En las pocas cuadras que recorrimos vi varias casas “sociales” en construcción, un par de chalets y carteles con la cara de Kirchner, del gobernador Insfran y de Cristina. Esperaba encontrarme con una ciudad chica, fea, sucia y llena de gente pidiendo. Lo que vi fue una ciudad chica, pintoresca, agobiada por los 38 grados de temperatura y sin un alma en la calle. No había chicos desnutridos, tobas ni casas de chapa. Había bares, locales de ropa, una avenida principal arbolada, una plaza San Martín limpia y enorme, una costanera con vista al Río Paraguay y un paseo con bancos, palmeras y un cartel que anunciaba un plan de desparasitación materno-infantil. Las pocas personas que daban vueltas eran pre-adolescentes en grupos, un par de señoras y un padre con su hijo pescando entre los irupés. Todos los locales estaban cerrados y había un silencio pesado. Las personas se movían con lentitud y los minutos pasaban lento también para las cosas, como si todo formara parte de un cuadro que apenas se modificara con los cambios de luz de un día.
Caminé por la costanera hasta que el calor me venció y tuve que sentarme en la sombra. El cielo tenía algunas nubes, así que cada vez que alguna tapaba el sol aprovechaba para avanzar. Di varias vueltas alrededor de la costanera, de la plaza de la avenida principal y de la San Martín. Tomé un helado en el único lugar que estaba abierto. Descubrí que las veredas de Formosa están tapizadas de hormiguitas, y que si uno se queda sentado mucho tiempo en un lugar, es muy probable que algunas hormiguitas te suban por la pierna y te muerdan.
A las cinco de la tarde y para certificar uno de los grandes lugares comunes de la vida en el interior, apareció la gente. Lo primero que me llamó la atención fue la cantidad de motos; también, que muchas personas estaban vestidas de jogging y salían a correr por la costanera. La composición social de Formosa era la de gente que el señor enamorado consideraría “normal”. Estaba en el norte y estaba viendo, y la situación socio-económica formoseña parecía muy similar a la de Buenos Aires. No se trata de negar las realidades más crudas –que las hay y quedan en evidencia en un cartel que habla de “desparasitación para todos”- sino de desterrar el mito. En el norte hay gente que pasa hambre como se pasa en Asunción, en Buenos Aires o en Santa Cruz. Y hay gente que sale de compras a las 5 de la tarde y llena los locales de ropa, los bares y las heladerías. También están los que andan en Mercedes y viven en una mansión con vista al río. Y las comunidades aborígenes olvidadas por el Estado, excepto cuando se trata de reprimir una protesta legítima.
Una vez más, no pretendo sacar ninguna conclusión. Tampoco se trata de política. Sólo se trata de sacarse el peso del "me dijeron que..." de encima. No es poca cosa. Y es -lo empiezo a entender- el motivo de todo este viaje.

martes, 22 de febrero de 2011

Diario de viaje/ Asunción - Día 4

No es que le agarré la mano a Asunción, pero sí aprendí algunos trucos para que moverse no sea tan difícil. Por ejemplo, voy a la Terminal en taxi y –aunque gasto 35 mil guaraníes (casi 35 pesos)- me ahorro la espera interminable del colectivo, las dudas y el viaje larguísimo que se hubiera sumado al que me esperaba rumbo a Areguá.
Antes de tomar el micro de La Aregueña, saco pasaje de vuelta para volver a la Argentina. La próxima parada es Formosa, una ciudad de la cual tengo tan pocas referencias como de Paraguay. Lo único que sé de los formoseños es que cada tanto sus concejales aparecen en Telenoche Investiga, escrachados por alguna cámara oculta.
El primer tramo del camino a Areguá es todavía dentro de Asunción, por la Av. República Argentina. Me sorprende una parte de la ciudad con una gran similitud con la Av. Del Libertador a la altura de Tigre. Mucho verde, muchos muros, seguridad privada, caserones, autos importados, restaurantes de lujo y concesionarias Toyota. Las calles laterales son adoquinadas y la única diferencia con San Isidro está en el color rojizo de la tierra.
La mayoría de los autos de la zona son camionetas 4x4 Toyota o Nissan. También hay varios Mercedes Benz. Si un par de días atrás había encontrado el corazón más popular de la ciudad, en esta zona prevalece el “yo no fui” de los paraguayos con plata. Otra vez las similitudes de nuestra Patria Grande: si los pobres aparecen por montones y les ponen el cuerpo a las ferias de Jujuy, Potosí, La Salada o Asunción, a los ricos sólo se los ve por sus posesiones, porque no dan la cara en Buenos Aires, en El Salvador o en este barrio.
El camino hacia Luque sigue en una ruta muy verde que bordea el parque Ñu Guazú. A la media hora aparece Luque. Desde el micro no parece gran cosa; sin embargo, tengo una cuestión personal con este lugar: en 1993, San Lorenzo perdió 3 a 0 con el entonces ignoto Sportivo Luqueño, equipo que, además, le da nombre a la avenida que transitamos. Ver de lejos el lugar donde se perpetró semejante humillación, es una extraña pero contundente forma de turismo.
Veinte minutos más tarde entramos en Areguá. Aunque San Bernardino es más famoso, es el primer destino que sí me parece turístico. Tiene calles anchas adoquinadas, algunos “copetines” cerrados y un camino que desemboca en el lago. Me acompañan unos músicos que subieron a cantar una linda canción de letra onda evangelista (intuyo que para recibir mejores colaboraciones). El que canta tiene una voz del tipo salsero, muy bien colocada. El otro camina con la guitarra y va haciendo algunos acordes. Tocan en una banda de reggae que se llama Cultura nativa. Son once en el escenario y el próximo lunes tienen recital en Asunción. Les cuento sobre los nueve integrantes de Monstruito. El cantante empieza un tema que se llama “El cantante”. Me cuenta que es de un tal Eduardo no-sé-cuánto, conocido como el Rey de la Canción, socio de Willy Colon y famoso por sus hábitos poco sanos. Me dice que el tipo llegaba tarde a su casa –por completo borracho, drogado y demás viciosidades- y, cuando la mujer le preguntaba, respondía: “Es que el perro se comió la llave”. “Ah, ¿sí? ¿Qué perro? ¡Si no tenemos!”, respondía ella. La historia siguió con que el hijo de 12 años se pegó un tiro por accidente mientras jugaba con el arma que el tal Eduardo dejaba tirada por ahí; y que al poco tiempo supo que tenía Sida y que había contagiado a su mujer.
Antes de llegar al lago, me dicen que ellos se quedan en una casa. El cantante me deja su teléfono “por si querés fumarte un fasito”. Los dos nos sorprendemos cuando me dice su nombre. Se llama Renzo.
Sigo camino solo hasta el lago. Llego hasta un balneario municipal que tiene toda la pinta de ser un furor del verano en Paraguay, pero está vacío. Como en San Bernardino, una playa de césped, las aguas tranquilas del lago Ypacaraí, unos cerros bajos en el horizonte, el cielo plomizo. Hay un hombre acomodando una canoa. Y unos árboles que desprenden unos frutos parecidos a las aceitunas. El césped está cubierto con bolitas moradas y un aroma dulzón que convoca abejas, hormigas y moscas. También hay mosquitos.
Otra vez meto los pies en el agua. Lamento no saber nadar, ni tener la cuota de hippismo necesaria para meterme al lago. En cambio, doy media vuelta y vuelvo sobre mis pasos.
Además de unas casas grandes y desmoronadas y una vegetación que amenaza con llevarse puesto al pueblo, en Areguá hay un cerro y una calle donde se venden muñecos de arcilla. Por primera vez en el viaje, lamento no haber traído una cámara de fotos para guardar un testimonio de los muñecos de arcilla más espantosos que vi en mi vida. A lo largo de dos cuadras hay toldos repletos de figuras de cerdos, sapos, patos, caballos, perros, gatos, Mickeys, Homeros, enanos y un larguísimo etcétera de muñecos de medio metro de altura que, en la mayoría de los casos, tienen ranuras en la cabeza para usarlos como alcancía. También hay vasijas, macetas y cosas “normales”. Deben haber mil muñecos, y soy el único tipo que anda por Areguá.
Busco un lugar para comer, pero todo está cerrado o parece estarlo. Cuando encuentro un cartel que dice “Restaurante”, abierto y con las mesas servidas, me tiro de cabeza. Ni bien entro, el dueño dice que ya no sirven comida. Su mujer enfermó y están desmontando –parece que con mucha lentitud- la parte del restaurante.
Al final, encuentro un copetín que vende empanadas y sándwiches de milanesa. Elijo la segunda opción. Los copetines son locales de comidas que ofrecen minutas, bebidas frías y un espacio con no más de tres mesas. Casi todos tienen un ventilador. Y en casi todos están los dueños, con sus familias, mirando televisión.
Subo al micro de regreso dispuesto a bajar en Luque. A la vuelta, La Aguareña hace otro camino, por adentro. Evalúo cada parada como alternativa. Cuando me quiero dar cuenta, dejamos atrás la ciudad y no siento que me pierda de nada importante.
Los colectivos paraguayos se esfuerzan en desorientarme. Aunque a la ida lo tomé en la Terminal, el mismo colectivo, a la vuelta, no pasa por la Terminal. De modo que después de reconocer la Av. República Argentina, noto con preocupación que nunca llegamos al punto de partida. No caigo en la misma trampa y pregunto. Cuando me confirman lo que ya intuía, me bajo y aparezco frente a un supermercado enorme y con parada de taxis. Visito el supermercado y rectifico mis porcentajes anteriores: hay un 50% de productos argentinos y un 40% de productos brasileños; el 10% restante es industria paraguaya.
Tomo un taxi de regreso al hostel. Hablamos de fútbol todo el viaje. El taxista me cuenta que Olimpia ganó los primeros cinco partidos del campeonato.
A la noche, el escritor Juan Ramirez Biedermann me pasa a buscar por el hostel y vamos a cenar con él y con otro escritor paraguayo cuyo nombre completo nunca supe. Ahí aparece la Asunción que me estaba faltando: el barrio cool con locales comerciales, bares y restaurantes. Juan me dice que el centro de la ciudad se trasladó a esa zona. No se parece a nada de lo anterior y me confirma que Asunción no es tan chico como me pareció en un principio, ni tan modesto, ni tan desmoronado. En el barrio Las Carmelitas están TGI Fridays, Havanna, Roberto Giordano y otros lugares que, aunque no lleven nombres familiares, bien podrían estar en nuestro Palermo.
Tomamos unas Corona y picamos pollo con panceta, milanesitas y unas fajitas. El lugar es ruidoso y tiene la música demasiado fuerte, pero nos arreglamos para charlar de literatura, de fútbol y de política. A la salida, buscamos en vano un café abierto. Aunque la zona tiene mucho movimiento, es la medianoche de un lunes. Terminamos de definir los detalles de un proyecto editorial en el camino de regreso. En un momento, Juan para la camioneta y me señala un shopping. Es donde fue el incendio, en 2004. Fue pocos meses antes de nuestro Cromagnon y murieron 400 personas. En la oscuridad, detrás de los vidrios mojados, reconozco el edificio que había visto alguna vez por televisión. Juan me dice que está cerrado, pero que se puede entrar. Aunque, aclara, nadie se anima a hacerlo. Los vecinos cuentan historias: dicen que a la noche se escuchan gritos, que las puertas se mueven solas. Por primera vez en mucho tiempo, siento ese miedo que, intuyo, no me va a dejar dormir.

domingo, 20 de febrero de 2011

Diario de viaje/ Asunción - Día 3

Además de la estación de servicio, un paraguayo en una moto al costado del camino. Tendría mi edad; era alto, musculoso y con un pelo negrísimo que se había peinado hacia atrás. Solo, en medio de una nada modesta, pero nada al fin, crucé mirándolo fijo.
-Me quedé dormido y me pasé de largo –mentí- ¿Sabés cómo hago para volver a Asunción?
En este punto, la crónica podría convertirse en un cuento a lo Daniel Link y podría contar que el tipo me subió a la moto, que lo abracé desde atrás, que volé con él en una ruta guaraní en dirección a una nueva vida.
Pero no.
-Tené’ que tomar el 48 –dijo.
-¿El qué?
-El colectivo 48.
Le agradecí. Apenas pasó el primer colectivo con ese número, levanté la mano. Como estaba curado de espanto, pregunté al chofer si iba a Asunción. Me dijo que no.
-No va a Asunción –le dije al chongo de la moto.
-Ah –respondió-. Es que ése e’ el 48 Lambaré; vo’ tené’ que tomar el 48 Limpio-Lambaré.
Suspiré. Sentía que nunca iba a volver. Miré la moto con cara de lástima. El tipo tuvo que haber notado mi súplica encubierta, porque se acomodó para salir y me saludó.
-Bueno, mi amigo –me estiró la mano-. Nos vemos.
El tipo pisó la moto, la puso en marcha y me dejó, ahora sí, solo de verdad.
Pasaron siete colectivos . Todos eran 48 Lambaré. Cuando vi que llegaba otro con otro número, pero que también decía “Asunción”, salté al medio del camino y le hice señas al chofer.
-¿Va a Asunción? –dije, casi rogando.
-Al centro mismo de Asunción.
El viaje duró 45 minutos. El colectivo iba casi vacío, excepto por un policía que tuvo la paciencia de responderme, cuantas veces le pregunté, si faltaba mucho para llegar.
Me tranquilicé cuando entramos en la ciudad y reconocí el estadio de Libertad, un paint ball y la vieja estación de trenes. Había visto esos lugares el primer día, en medio del silencio tenso que mediaba entre el taxista y yo. Aun así, estuve a punto de pasarme otra vez.
Bajé casi corriendo. Después de caminar unas diez cuadras, por fin estaba de nuevo en mi habitación, reunido con lo poco que reconocía propio: mi mochila y mi libro de Gombrowicz. Había elegido Cosmos para este viaje, pero recién en ese momento sentí ganas de leer. Otro lugar común: el del libro que, cuando lo abrís, funciona como un viejo amigo.
Hoy a la mañana, ni bien me levanté, salí a caminar por una Asunción desierta de domingo, ya sin el calor agobiante del primer día. Me alegré de encontrar una librería abierta. No pude evitar comprar algo de Roa Bastos, pero sumé a Renée Ferrer y los cuentos completos de Josefina Plá. Un día antes había pretendido enriquecer mis conocimientos de cultura paraguaya comprando una película que prometía; decía “Festival de Cannes” y tenía toda la pinta de ser de ésas que dan en el Malba o en el Bafici. Un par de horas después de me ocurrió mirar el título: era “Hamaca paraguaya”, lo único que ya conocía del cine de este país; casi un plano fijo de más de una hora, con pequeñísimo cambios en el encuadre, donde una pareja espera –con monólogos internos en guaraní- el regreso de su hijo.
Al mediodía decidí probar de una vez por todas esas empanadas que están por toda la ciudad. Son bastante parecidas a las nuestras, sólo que más grandes, con más relleno y de forma redondeada. Una empanada te deja satisfecho, pero comí dos (carne y pollo) y las acompañé con la suave cerveza local Pilsen. Acá la comida va con pan tipo pebete, costumbre que preferí pasar por alto.
Los domingos en esta parte de Asunción son para dormir. Caminé por el centro de la ciudad vacía y comprobé que la pulsera de citronella no sirve de nada. Tres días después de llegar, mi batalla contra los mosquitos está perdida. Tengo picaduras en las piernas, los brazos y el cuello. A los pocos que pude ver en pleno acto vampírico, los reconocí de una variedad que no contagia el dengue. Los otros, quién sabe.
Encontré un supermercado. Debe ser una de las excursiones que más me interesan en cualquier país, pero acá no tuvo nada de especial. El 60% de los productos eran argentinos, el 35% brasileños y apenas había algunas bebidas y unos dulces paraguayos. Encontrar un supermercado sin productos locales dice bastante sobre la economía del país. Hoy escuché a una señora que se quejaba de Lugo. Decía que todos lo habían votado porque era cura y en una tierra tan católica esperaban que resultara una especie de Mesías. Al final, dijo, no había hecho nada bueno excepto dejar embarazado a medio Paraguay.
Después del supermercado volví al hostel. Dormí hasta que me despertaron las campanas de la Catedral.
Eran las siete cuando volví a salir. Había llovido mientras dormía; todo estaba húmedo y el calor apenas se notaba. Caminé hacia el río y me volvió a deslumbrar la Casa de Gobierno (tiene otro nombre que no recuerdo) que a esa hora ya estaba iluminada. También encontré un edificio que echa por tierra aquella primera impresión: una imponente, moderna y horrible Cámara de Diputados, con vista al río y al barrio pobre que había visto el primer día. Caminé por un parque junto al río. Oscurecía y el cielo estaba cubierto por pájaros que revoloteaban alrededor de la Casa de Gobierno. Otra vez se escuchaban las chicharras, y los mosquitos aprovecharon lo lindo y tranquilo que me parecía todo para picarme sin que me diera cuenta. Completé el camino hasta la costa, rodee un parque y terminé en medio del barrio pobre. Dudé en entrar, pero ahí estaba la Asunción que quería conocer. Había chicos jugando, casas de chapa y madera, gente sentada en la puerta tomando tereré. Tres cerditos corrían de un lado a otro; el cuarto se había perdido y daba vueltas, chillando. Más lejos, la madre arrancaba pedazos de pasto. De fondo, una música que bien podía ser cumbia, pero sonaba más alegre.
Pasé por el medio de todos sin que nadie me viniera a pedir, a preguntar o a robar. Había escuchado que el gran problema del país era la inseguridad, pero estaba en el medio de un barrio que se parecía mucho a nuestras villas y nadie me miró. Hay pobreza en Asunción, pero los pobres no piden. Cualquier atisbo de limosna tiene que tener una contrapartida: cuidar el auto, venderte unos chicles. Nadie viene y te alarga la mano. Es la diferencia más grande que encuentro con Buenos Aires y la que más perturba, por extraño que parezca.
Otra vez en el centro, volví a comer al mismo lugar del mediodía. Se llama Lido y tiene un sistema muy común acá: una barra circular con señoras que te sirven la comida y te dan la cuenta para que pagues en la caja. Pedí una Pilsen y un lomito relleno. A algún genio local se le ocurrió agarrar una milanesa napolitana (plato muy frecuente), la enrolló y la sirvió como si fuera un canelón de carne relleno de queso y jamón. Inténtenlo en sus casas.
Apenas terminé de comer, otra de esas tormentas de todos los días se descerrajó sobre el restaurante. Caminé debajo de los techos y esperé a que amainara en una esquina.Estaba a una cuadra del hostel, pero no había más techos y el agua caía a baldazos. Cuatro paraguayos -tres mujeres y un hombre- aparecieron de la lluvia y se refugiaron conmigo. Durante veinte minutos los escuché hablar en guaraní. No entendí una sola palabra, pero por primera vez me sentí parte de la ciudad.

sábado, 19 de febrero de 2011

Diario de viaje/ Asunción - Día 2

Me desperté a las 9 de la mañana con todas las intenciones del mundo de salir temprano para San Bernardino. Pero una voz interior me repitió varias veces que, al fin y al cabo, uno está de vacaciones. La misma voz tuvo la gentileza de acallarse para permitirme dormir otras dos horas.
Ya cerca del mediodía, me costó dejar atrás el recuerdo del recital. El teatro Municipal, un lugar modesto con capacidad para unas 500 personas, estaba lleno. El clima era de fiesta de pueblo: muchos se saludaban desde los balcones de la tertulia, algunas señoras se habían puesto sus mejores vestidos, otros habían ido con sus hijos. El show proponía la reunión de los más grandes maestros del fuelle paraguayo, y sumaba algunas revelaciones como la nena de 11 años y el nene de 6. Si durante toda mi vida había pensado en el acordeón como en el hermano bobo del bandoneón, anoche, con los dos sobre el escenario, eso cambió para siempre. Fue una fiesta inolvidable ver tocar a esos tipos que pasearon por clásicos del chamamé, la polka y otros ritmos que la gente acompañó con aplausos, con gritos sapucay y con ovaciones interminables. El teatro se vino abajo con el nene y su versión rapeada de "El Humahuaqueño", y hubo un murmullo de alegría cuando anunciaron que se venía "un verdadero himno de la música rioplatense: La cumparsita". Es un lugar común decir que la música une a los pueblos, pero eso sentí cuando vi a "mi" bandoneón en esas manos, tocando un tang0 y después un chamamé, el mismo instrumento pasando de la melancolía al fervor de un teatro que hacía palmas y saltaba de felicidad. Y todo había empezado con ese mismo recorrido, con el público y los músicos entonando el Himno Nacional de Paraguay, una canción con una parte tristísima y otra tan alegre que dan ganas de bailar y de ponerse a llorar.
Había pasado una noche y casi toda la mañana, y todavía escuchaba la música. Con ese buen humor a cuestas, salí a buscar mi viaje a San Bernardino. Antes, una parada en un buffet donde por 10 mil guaraníes (9 pesos), comí costillitas de cerdo y una ensalada tipo salsa criolla. Nada para recordar.
Tenía que tomar un colectivo hasta la Terminal y, desde ahí, otro a San Bernardino. Después de preguntar varias veces y hacer un esfuerzo por entender las respuestas, di con el camino correcto.
Ya había intuido que en Paraguay se maneja tan mal como en Italia o Argentina. Pero ese colectivero no sólo tocaba bocina a cada rato, se cambiaba de carril, les pasaba raspando a los demás y frenaba de golpe; además, el tipo iba a una rapidez que asustaría a la mismísima Larissa Riquelme. Un poco por eso y otro poco porque nunca me pareció que estábamos en el lugar que me habían descripto, me pasé de largo y terminé en Altos, un pueblo de una plaza, mucho calor y cinco lugareños que me vieron bajar del colectivo como si acabara de llegar desde algún otro mundo. Otro colectivo, esta vez en sentido contrario, y tras un total de dos horas y media de viaje, el lago Itapacaraí.
San Bernardino es el Punta del Este paraguayo. Es decir, el balneario más top de Paraguay. Queda a orillas del lago y me habían dicho que toda la clase alta de Asunción pasa sus fines de semana ahí. Sin embargo, no había nadie en el balneario. Una playa de césped, el agua tranquila del lago, unos cerros bajos, la colorida bandera del país flameando contra un cielo plomizo que anunciaba otra tormenta.
Cada tanto escuchaba un trueno y controlaba el cielo: los nubarrones estaban a un costado y todavía había esperanzas de que lluvia pasara de largo. Caminé por la orilla hasta un muelle, me acosté sobre la madera, metí los pies en el lago.
Cada tanto miraba la bandera: cuando la vi flamear hacia donde estaba, supe que no quedaba mucho tiempo. Levanté mis cosas y caminé de vuelta a la parada de mi colectivo. Llegué con llovizna.
Subí al primero que decía "Asunción". Le pregunté al chofer si iba a la Terminal; me dijo que no. Con una confianza que en realidad no tenía respondí que no importaba.
El colectivo iba vacío y encontré un lugar para sentarme. A mitad de camino, la lluvia se convirtió en una tormenta tan fuerte como la del día anterior. La gente subía mojada y ocupaba los asientos; después se acomodaron en el pasillo, más tarde ya no hubo lugar y el colectivo era un emplasto de gente chorreando. En un momento hubo que frenar: al costado del camino, una mujer, un hombre, una señora, cada vez más personas ensangrentadas, rengueando, tomándose la cabeza con un pañuelo. Había una mamá con su hijita en brazos. La nena parecía dormida. Un colectivo terminaba de chocar con un camión y los pasajeros recién descubrían que estaban con vida. Tuve un rato largo para mirar la tragedia desde la ventana. El tipo que iba al lado mío me dijo algo en guaraní. Por la manera en que lo decía, parecía ser algo gracioso. Sonreí.
El asiento de al lado cambió de dueño tres veces. Cuando subió una mujer con su bebé le pregunté si ya estábamos en Asunción. Dijo que estábamos en San Lorenzo; que faltaba mucho. Pasamos por una zona muy parecida a Jujuy, con galerías, venta callejera, puestos de comida. Ese mismo escenario se repetiría varias veces. Si hasta entonces la imagen que tenía de Paraguay era la de un lugar sencillo y ordenado, ahora aparecía el corazón de un país latinoamericano. Esas mismas imágenes eran las de El Salvador, las de Once o las de Uyuni. Había mucha gente, mucha agua en las calles, mucha lluvia; no había más pobreza que la que puede haber en el Conurbano, y con la misma naturalidad la gente se resignaba a esperar al próximo colectivo, o subía en el nuestro y se acomodaba como podía.
Cuarenta minutos más tarde, dejamos la ciudad y entramos en una ruta. San Lorenzo me había parecido demasiado grande, así que por las dudas le pregunté a la mujer de al lado si faltaba mucho para Asunción.
En ese español que no termino de entender, me dijo que ya la habíamos pasado.
La miré sin poderlo creer. Me puse de pie y me abrí paso entre la gente.
-¡Parada! -grité.
Si no era por una estación de Petrobras, hubiera creido que estaba en el medio de la nada. Eran las seis de la tarde; ya no llovía, pero empezaba a oscurecer. Se escuchaban las primeras chicharras y los camiones pasaban como fantasmas por el camino. Había viajado dos horas y media desde San Bernardino y estaba en una ruta de Paraguay, a una distancia incierta de alguna ciudad desconocida; muy lejos del hostel, el único lugar que podía conjurar, otra vez, mi existencia en esta parte del mundo.

Diario de viaje/ Asunción - Día 1

Escribo desde la habitación del único hostel de la ciudad. Por la ventana termina de pasar una tormenta que, aunque igual de fuerte, no mete tanto miedo como las de Buenos Aires. Será porque en Asunción la lluvia trae un alivio todavía más esperado que el de nuestras sudestadas. Acá, aquello de “la ciudad es un horno” parece literal. La temperatura de la tarde fue de 36 grados. Nada que escandalice, pero en la calle no abunda la sombra y uno siente que se va quemando mientras camina.
La primera impresión de la capital del país menos turístico del cono sur es que se trata de una ciudad desordenada, donde los edificios históricos aparecen encajonados entre otros que no dicen demasiado y ninguno peca de ostentoso. Sólo la casa de gobierno, sobre una explanada que da al río, blanca y asentada sobre un pasto verde intenso, reluce y sobresale como si perteneciera al pasado glorioso de un país que supo ser el más desarrollado de la región, antes de que la Guerra de la Triple Alianza lo convirtiera en una tierra sencilla.
Durante los últimos días me preguntaron muchas veces a qué venía. Ensayé diferentes respuestas: a buscar referencias literarias y/o hacer contactos para la editorial fue la que más me cerró. Otra respuesta que quise imponerme fue que quería conocer el país con menor desarrollo turístico de la región, y que el plan incluiría las provincias argentinas de Formosa y Chaco, otros dos territorios olvidados por buena parte de los que vivimos en Palermo City, antiguamente conocida como Buenos Aires.
Cuando subí al avión y me encontré otra vez aferrado al asiento, rezándole a un Dios en el que digo no creer ante cada turbulencia (y el ruido de la cafetera que parece una turbina estallando), me di cuenta que viajo a Asunción porque me gusta viajar, y que me gusta viajar porque es una manera elegante de coquetear con mi siempre delicado equilibrio emocional.
Porque no se trata sólo del avión. Paraguay está lleno de carteles que advierten sobre el dengue, y es sabida mi derrota en la lucha contra los mosquitos. Para darles batalla en terreno enemigo, vengo munido de Off en crema y pulsera de citronella. No sé si me picarán, pero huelo como un desayuno continental.
Apenas anunciaron que iniciábamos el descenso, me atoré el abdomen con el cinturón de seguridad y me pasé medio pote de Off por los brazos, el cuello y la cara. Desde el cielo, Asunción parecía un enorme country lleno de casas y tierra rojiza.
Ya en suelo guaraní, quise hacerme el vivo con el taxista. Me había pedido 90 mil para llevarme al hostel. Le dije que yo era hincha de Cerro Porteño, que me hiciera un descuento.
-Yo soy de Libertad –me dijo.
No volvimos a hablar.
Después de acomodarme en la habitación, fui a dar una primera vuelta por la ciudad.
El calor era insoportable, pero de un nivel de “insoportabilidad” casi literal. La cosa no mejoraba debajo de los árboles, ni adentro del panteón donde descansan los restos del Dr. De Francia, Solano López y otras glorias paraguayas que, como todo en este país, no parecen tan gloriosas puestas en un cajón chiquito y tapados con una bandera. El cajón más grande y mejor ubicado es el del Soldado Paraguayo; es decir, el que representa al tipo común que se sacrificó por el país.
El único alivio es intermitente y sale de los negocios con aire acondicionado. Algunos tienen las puertas abiertas y uno puede quedarse en la vereda y recibir una caricia hermosamente helada. Como todo en la vida, cuando no queda más remedio que seguir camino, la caricia helada se vuelve en contra y es responsable de un contraste que empeora el calor.
La gente no me presta atención. Los miro y descubro que estamos vestidos más o menos igual: sandalias, bermudas, remera. Nadie parece verme como turista, o quizás están demasiado acostumbrados a los argentinos y dan por descontado que soy uno. Cada vez que hablo, pienso que sobre mí se amontona la palabra “curepi” (piel de chancho), que no escuché todavía pero es de lo poco que sé de Paraguay. También sé que la gente habla en español y en guaraní, pero cuando los escucho hablar entre ellos, no logro entender cuál de los dos idiomas están usando. De guaraní, además de "curepi", conozco "rojaijú" (te quiero) y un chiste: "¿Cómo se dice "detective" en guaraní? 'Averiguaré'".
También ésa es una razón para viajar: más de un millón de paraguayos viven en mi país, y apenas si puedo nombrar un escritor (Augusto Roa Bastos), algunos actores y un par de jugadores de fútbol. Pertenezco a una de las naciones que se aliaron para convertir al pujante proyecto de modernización de estas tierras en una república diezmada, y me avergüenza saber lo poco que conozco, y lo poco que todo esto les importa a mis compatriotas.
En música, por ejemplo, no tengo ni idea. En gastronomía, apenas tres referencias: la sopa paraguaya, el chipá, el tereré. Son las tres áreas que más me interesan (dejemos de lado al famoso “paraguayo” que se fuma) y están llenas de signos de interrogación.
Muy poco para alimentar mis sueños de una Patria Grande.
Con esas categorías en la cabeza, los primeros pasos en Asunción incluyeron la entrada a dos librerías (Roa Bastos, líder indiscutido; después, un tal Saguier como primer descubrimiento tardío) y la búsqueda de un buen lugar para comer. Cuando pregunté, un empleado de turismo mencionó la palabra “comedor”. No lo dudé.
La lista estaba encabezada por “Picadito” y seguía con milanesa napolitana, lomo, arroz con pollo y minutas por el estilo. Cuando pregunté por el único plato que no conocía, me dijeron que incluía carne picada, papa y “jugo”. No sé qué me imaginé. Pero el jugo resultó ser caldo, de modo que almorcé sopa de carne y papa, en un mediodía de 36 grados bajo el sol.
Otra vuelta por la ciudad (la imponente casa de gobierno, los modestos otros edificios; un rincón junto al río, una escalera, dos casas de chapa y unos nenes muy pobres jugando en lo que parecía el comienzo de una villa miseria) y el medio picadito (5 mil guaraníes) se evaporó con la citronella antes de que dieran las dos de la tarde. Decidido a probar el chipá, seguí el rastro de olor hasta que di con un local especializado. Acá los chipá tienen el tamaño de una pelota de tenis y tienen queso, pollo, carne y vaya uno a saber qué cosas más. Como la mitad de los nombres son en guaraní, sólo atino a suponer que “Kesu” significa “queso” y pruebo el que debí haber probado hace tiempo, cuando estas bolitas aparecieron por Buenos Aires.
Ya casi muerto de calor, vuelvo al hotel. La noche anterior no había dormido bien y no puedo evitar una siesta. Despierto con la sensación de que me voy a aburrir muchísimo, que Asunción no me gusta y que el calor es demasiado para mí. Además, todo el mundo habla en guaraní y no dejo de tener la sensación de que hablar en español es un esfuerzo que hacen para comunicarse conmigo.
Pero cuando despierto, cerca de las seis de la tarde, llovió y el calor se convirtió en una temperatura agradable. Ya no hay sol y la ciudad se ve de otra forma. De pronto el escenario de mis próximos días se vuelve amigable, tanto que salgo a caminar todavía con llovizna y a tres cuadras del hotel encuentro el teatro Municipal y, para esta misma noche, un concierto que se llama “Fuelles del Paraguay” y que es una especie de Buena Vista Socia Club del chamamé y la polka. La idea es reunir a los intérpretes más importantes de acordeón y bandoneón. Entre ellos, una nena de 11 años y un nene de 6. No conozco a ninguno de los 14 músicos, pero intuyo que puede ser un gran plan para terminar de hacerme amigo de esta ciudad.
Como dice el chiste: "Averiguaré".

jueves, 10 de febrero de 2011

La verdad de la milanesa

La gente “twittea”, “postea”, hace un #FF, “effea”, dice “holis” y escribe “nah”, entre otros neologismos que se ponen de moda. Miran sin mayores objeciones un programa que se llama “Gran Hermano” y cuyo conductor llama “hermanitos” (estirando la “o” y con cara de papá compinche) a los 20 inútiles entre quienes hay ídolos populares cuyos nombres son Cristian U., “Chizo” o “Pepa”. Es probable que no hayan reparado en que tienen un servicio de cable bautizado “Cable-visión”, que es como llamar “Plato-gusto” a un restaurante o “Frasco-olfato” a un perfume. Y es muy posible que jamás hayan pensado que el nombre “Clarín” puede ser tan gracioso como “Trompeta”. ¿Y mirar "Telenoche"? ¿No sonaría un poco extraño un "Radiotarde" para un informativo en AM? Por supuesto, esa misma gente tiene entre sus preferencias musicales a bandas como Red hot chilli peppers (“Pimientos chile rojos y calientes”, o algo así) y los vernáculos “Viejas locas” o "Las pastillas del abuelo", entre otros. Y escuchan “Perros de la calle” y preguntan “¿Da para darse?” con sonrisa cómplice y gesto ganador, “barrileteándose” sin filtro, man.
Al mismo tiempo, esa misma gente se enamora de slogans, jingles y cuanta brillante idea surja de la creatividad de los publicitarios. El boom del verano, “Claromecopa” y su “faro multimedia”, les parece una idea genial. No importa que no sirva para alimentar a nadie, ni que los "creativos" no hayan movido un dedo para resolver ninguno de los problemas del país.Ni siquiera les preocupa que jamás piensen ninguna genialidad con ese objetivo. A ellos les encanta. Lo mismo les pasó con cada nuevo spot de Quilmes, desde la arenga yeta de cada Mundial hasta el “Demé una (completar con el nombre de tu ciudad) bien helada”. Igual que con cualquier otra genialidad que surgiera de la cabeza de los ejecutivos de cualquier agencia cool. ¿Y los guiones de “Malparida” o “El elegido”? ¡Brillantes obras maestras! ¿Y el culo del gato en Playboy? ¡El tema de la semana!
A todo le dirán que sí con idéntico fanatismo, sin ningún atisbo de espíritu crítico. No exigen que esas empresas tengan empleados en blanco, que estén autorizadas, que no exploten a sus trabajadores, que no presenten a las mujeres como pedazos de carne, que no tengan errores ortográficos o que no evadan impuestos. Mucho menos se preocupan por descubrir si los nombres son ridículos, si las ideas son estúpidas, si todo eso tiene alguna utilidad más allá de consumir y que ese consumo disfrace las carencias individuales y sociales. Como monitos van detrás de su banana gorda y reluciente; se sacan los ojos para comprar, conseguir, copiar, repetir, multiplicar sus nombres, sus slogans, sus ideas de fumón al servicio de unos pocos.
Debe ser, entonces, que “Milanesas para todos” no les parece una ridiculez por el nombre; y que tampoco les parece absurda la idea de que la gente con menos recursos pueda comprar un kilo de milanesas a un precio menor. Tiene que ser eso. De modo que las burlas en los noticieros (que incluyen “la muerte de la Malparida” entre las noticias del día, o el video de You Tube del gordito que canta frente a cámara), en Twitter (el boom del momento, donde uno escribe, en 140 caracteres, cualquier boludez que se le ocurra), en Facebook (“cara libro”, para tener un promedio de 200 amigos que jamás viste en tu vida) o en diarios online, deben ser por algún motivo que desconozco. Será porque, como dijeron por ahí, en lugar de milanesas debería implementarse “Educación para todos” (¿Cómo? ¿Ya existen las escuelas y las universidades públicas y gratuitas? Díganme que no; con tanto ignorante suelto, no puede ser verdad). O debe ser que no son monitos atolondrados los que buscan su banana. Son gorilas. Y nada más.

sábado, 5 de febrero de 2011

Draculitos

Uno está acostumbrado a que las cosas vivas que no caminan en dos patas, tengan la costumbre de alejarse lo más posible de nosotros. Es, si se quiere, un mandato natural. Excepto con esa categoría animal que llamamos “mascota”, el resto del bichaje prefiere no tener nada que ver con nosotros, también conocidos como "la gente". Por eso me llama tanto la atención lo que hacen los mosquitos. Ya de entrada, la cosa viene de persecución: uno puede estar toda la tarde conviviendo con uno, y no se entera. De algún modo, los tipos consiguen mantenerse escondidos, disimulados como una manchita en la pared, mirando para el otro lado mientras uno desayuna, se va a trabajar, escribe un par de huevadas en el twitter y se sienta a mirar 6,7,8. Incluso tienen la habilidad de pasar desapercibidos a la hora de la lectura, aun cuando ésta se desarrolle en el mismo ámbito donde, un rato más tarde, tienen planeado cristalizar su delito.
Pero entonces uno se aburre del libro. Cierta desconcentración se transforma en un bostezo, el micro-telón en cada ojo, la cabeza voleada. Uno le dice “hasta mañana” a lo que esté leyendo, deja el libro en la mesita de luz (qué denominación tan preciosa, si uno la piensa literal y en clave Cris Morena Group) y apaga el velador.
Con cierta ingenuidad, la cabeza se apoya en la almohada.
Entonces uno lo escucha llegar: primero, con la esperanza de que haya sido producto de la propia imaginación; después, como una sospecha cierta; por último, como un zumbido que se clava en la oreja más fría de quien buscaba dormir.
Así, con una resignación venida desde otros tiempos, uno desanda el camino trazado y confirma, no sin cierto dejo de razonamiento infantil: "Hay un mosquito en la habitación y me quiere picar". Lo extraño no es sólo que un ser alado, insecto y diminuto contradiga las sugerencias de la Naturaleza y se porfíe en acercarse al hombre. Lo extraño es que lo intenta varias veces, que con las patas al aire, colgando como una mano mecánico-diabólica (como esas garras en las máquinas de ositos), busca aterrizar en algún lugar de mi cuerpo para clavarme, succionarme, llevarse el vientre hinchado de partes mías. Y que intente su adermisaje a pesar de la amenaza de las manos, el diario doblado, la chinela que retumba contra la pared donde el mosquito se detiene para volver a hacerse el sota, reagruparse y atacar.
Lo extraño es que uno sea la carnada, el cazado, el deseado, el que la bestia quiere comerse a pesar de la inferioridad tan confusa de sus condiciones. Y que los tipos se jueguen la vida por una gota de sangre.