sábado, 17 de diciembre de 2011

Diez años atrás

Celebro el viernes a la noche comiendo en Burger King. Salgo. Escucho una banda de cumbia. Hay gente bailando en la calle.Llevo el vaso mediano. Por un momento pienso que me van a señalar, que me van a sacar a patadas, que me van a exigir que tire el vaso. Pero no. Nadie me mira. "Las balas que vos tiraste van a volver", cantan los pibes y las pibes y saltan en ronda, y levantan los brazos, y hay un hippie descalzo girando como si llevara un cuenco con frutas en la cabeza. Un rato más tarde, en medio de una cumbia interminable que toca la banda, los cincuenta pibes y pibas que están bailando en la esquina de Ángel Gallardo y Corrientes (en realidad, en el tercer ojo de la esquina, donde desemboca la calle Aníbal Troilo), hacen el trencito. Es un trencito largo, en extensión física y en prolongación a través del tiempo. Pienso que el trencito es la expresión máxima de disfrute en una fiesta. Después los veo hacer pogo, así, en medio de la cumbia. Escondo el vaso atrás de la espalda. Hay pibes haciendo malabares. La cumbia es repetitiva y los malabares dan vueltas también y te dejan mirando el aire. El bajo te pone a bailar. Mejor dicho, si no estuvieras solo te pondrías a bailar.
Paso siempre por esa esquina, y siempre los viernes. Veo gente reunida desde 2001. La esquina del Banco Francés, el humo de los choripanes, mesas en la calle. Pasaron diez años y todavía siguen. Atrás, hay unos pibes vestidos de negro; uno tiene cresta y otro tiene puesta una remera de Mettalica. Escuchan la cumbia hablando entre ellos, cagándose de risa. Quietitos. Hasta que los pibes gritaron "Vamos a llenar de ratis el paredón". Ahí, el punky saltó de la vereda y agarró el micrófono; puso cara de heavy metal y gritó "Vamos a llenar de ratis el paredón" más fuerte, y los hippies lo aplaudieron. Una pareja que pasaba se queda a mirar; también un grupo de cinco amigos sesentones que acaban de salir de la pizzería. Uno de los tipos se anima y mueve los brazos; otro hace lo mismo; los cinco terminan moviendo la cadera, y lo hacen medio en joda pero también aprovechan para bailar un poco, aunque todos sabemos que no se van a quedar, por más que les gustaría. Pero los tipos bailan y medio que te animás vos también. Llegás lo más lejos posible, sin que sea baile, sin que sea solamente seguir el ritmo con el pie. Ahí adelante, entre el público, frente al que canta ahora que el punky volvió con sus amigos, hay dos chicas con maracas; hacen paso de cumbia al lado de un pibe alto que toca una conga. Me animo a copiarles el paso, aunque yo también sé que no me voy a quedar. Ahora muestro el vaso de Burger King. Sin ostentaciones, como si saliera del closet. Muevo un poco la cadera.
Esa vez Duhalde dio el discurso y en la esquina se juntaron unos vecinos. Cortaron media avenida Corrientes. Yo había mirado el 19, el 20 y todo lo que pasó entre diciembre de 2001 enero de 2002 por televisión. Pero esa vez bajé, grité que se vayan todos, grité "yo no lo voté". Empezamos a caminar hasta el Congreso. Creo que llegamos a Plaza de Mayo. Yo iba golpeando una botella de plástico que había encontrado entre la basura. Cuando llegamos al Congreso, un pibe de la calle me la pidió y siguió golpeando él. Al otro día busqué en Clarín la información sobre la nueva marcha. No había salido nada. Antes de diciembre de 2001, en ese lado del banco Francés había ventanas; desde entonces hay un pared, o un paredón, y los de la asamblea pintan y pegan hace diez años. Hoy tienen cartulinas con folletos de la Asamblea Popular de Villa del Parque (aunque estamos en Villa Crespo); fotos y recortes de revistas donde los nombran. Pusieron el acta de una asamblea de 2002: habla de los derechos de los ciudadanos, de las oportunidades y de los ocupados y desocupados; termina con una frase: "Piquete y cacerola, la lucha es una sola". En una mesa hay revistas de las organizaciones Libres del Pueblo. También venden remeras con el logo. En la esquina, un pibe pinta un mural: una cacerola gigante que dice 2001-2011. Hace diez años que esa esquina también está pintada, justo al lado de la puerta del banco. Si no fuera porque lo que hay al lado del paredón no fuera una fiesta con cumbia, con gente bailando, con los vecinos de sesenta y pico a pura risa, pareciera que en esa esquina nunca se fue el 2001. Como esas bolas de nieve, pero con cumbia y el asfalto de Aníbal Troilo. Pero no. Acá hay chicos que apenas llegan a los 18 años, y alguno de 25, y uno que otro que supere mis 34. Hace un poco menos de diez años, yo me sumaba a una de las marchas del verano del 2001-2002 para pedir la renuncia de Duhalde, el último de la seguidilla de cinco presidentes. Era mi único gesto revolucionario, en un tiempo donde, en esa misma esquina, había ollas populares y estos pibes iban a la escuela. Pero acá pasan los autos y nadie toca bocina, ni tampoco se baja a putear. Los malabaristas se corren a un costado y uno de los pibes que bailaban avisan y la gente hace un corredor para que pasen el auto que venía por la calle. Aprovecho la interrupción para volver a casa. Fue justo cuando en la cumbia pedían "que se vayan todos". Diez años después; en la misma esquina. Con una fiesta.

1 comentario:

Anónimo dijo...

¡Por fin apareciste!Gracias a la cumbia y a esos chicos,que volvieron a poner en funcionamiento a La Puta Pituca.