martes, 30 de agosto de 2011

¡No llegamos!

Las tres señoras alcanzaron a oírla por detrás de los bocinazos de un colectivo. También oyeron cerrarse la puerta del Renault con un golpe sordo que parecía venir de algún mundo lejano. Se miraron con los ojos enormes atrás de cada anteojo. Nilda –que era la más alta y, por lo tanto, tenía los tacos más bajos- se soltó del brazo de las otras dos y trotó dando pasitos cortos que repetía con ritmo sostenido. Llevaba el bolso cruzado, la cinta tirante de cuero sobre el hombro. Mirtha y Gloria se empujaron, tratando de acelerar el paso por efecto del rebote del cuerpo de una con la mano de la otra.

¿Cuánto faltaba para que empezara el discurso?

La calle era un circo de bocinazos. Había un colectivo atravesado en la avenida; nada más quedaba un espacio por donde pasaban los autos en fila india. Cada vez que un conductor lograba desenredar el ovillo de autos apiñados, salía por el espacio que mediaba entre el colectivo y la vereda, expulsado del embudo como un pez recién nacido.

Con horror, las señoras vieron desaparecer a Nilda dentro de las paredes rojas del garage. Vieron el bolso mecerse en el aire. A las dos les pareció escuchar el motor que se encendía, así que rompieron el eslabón de brazos que las mantenía juntas. Mirtha se apoyó una última vez en el hombro de su amiga, se sacó los zapatos y siguió camino descalza. Gloria dudó un segundo, pero miró la vereda mugrienta y decidió mantener el calzado. Corrió, pesada, hasta la puerta del garage.

-¡Por Dios, Mirtha! –gritó.

Su amiga pareció apiadarse, porque bajó la velocidad y la esperó. Trotaron juntas los últimos metros. Vieron la pared roja del garage, cada vez más grande como un sol a punto de reventar. Tropezaron. Volvieron a separarse. A sus espaldas oyeron las bocinas; corrieron con las piernas dobladas, a punto de caer.

Entonces lo vieron: el Renault 21 apareció en medio de la vereda, cortándola en dos.

Mirtha y Gloria se detuvieron en seco; se quedaron quietas, aferradas de la mano. Por un instante se desvanecieron los sonidos de la calle. Sintieron una humedad fría en los dedos. Se miraron. Pareció que las dos, al mismo tiempo, decidían seguir adelante.

En cámara lenta vieron bajar el vidrio: al fondo, sentada de acompañante, estaba Nilda con la cabeza gacha; mientras tanto en primer plano se fue construyendo la cara de Matilde: el ceño en forma de “v”, la mirada gélida, los labios tensos. Había encendido la radio: aplausos, bombos. Estaba por empezar.

-¡Se apuran! –gritó, con los ojos fijos en las dos amigas.

Ni bien subieron, aceleró el Renault 21 con tanta furia y decisión que los autos de la calle se fueron abriendo a su paso, como si llevara una bomba.

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