domingo, 15 de mayo de 2011

No soy yo

Me fui dando un portazo y bajé las escaleras. Quería salir rápido por dos razones: porque me quedaba poco para decir y porque era imposible gritar más fuerte. Casi me había quedado sin voz. Lo peor de todo era que los gritos no servían para nada. Era irme o que volaran vasos. Ya había pasado algún día, y nunca pudimos sacar la mancha de vino de la pared.

Era una noche de verano, un par de meses atrás. La gente todavía andaba por la calle, con esa onda rara que tiene Buenos Aires los domingos de febrero. Pero esta vez había algo más, porque apenas caminé unos metros escuché los bombos. Desde que había reaparecido medio de prepo, por culpa de un par de gobiernos progres, lo único que me importaba del carnaval era que cortaban la avenida los fines de semana, y que por eso tenía que salir con tiempo si quería ir al centro. De hecho en ese momento, mientras caminaba para el lado de la murga, los autos se amontonaban para doblar ante del corso. A esa altura, el barrio se había puesto raro: por un lado estaba la gente en pleno paseo de noche de verano; por el otro, cincuenta pelotudos adentro del auto, puteando, tocando bocina y gritando Dale, ¡che! como si estuvieran en medio de un viernes a las cinco de la tarde, esperando que abran una barrera para agarrar Panamericana. Eran como dos escenas de películas distintas, una encima de la otra. Alguien con ganas de hacerse el intelectual lo asociaría con la palabra “palimpsesto”.

Pero yo venía en plan dominguero, así que no me preocupé. De a poco, la música le fue ganando a los bocinazos. Mucho mejor todavía: apareció un olorcito a choripán que me fue guiando como en los dibujitos. Además me sentía libre. Había algo de gesto simbólico en mi caminata por el medio de la avenida, una rebeldía que me costaba barata. No sólo caminaba por el medio de la avenida pisando las líneas pintadas en el pavimento y pensando –con algo de autocompasión por ser tan boludo-: “estoy pisando las líneas del pavimento que sólo pisan los autos”; sino que también me acordé de las veces que ella no había querido pasar por el carnaval porque decía que era peligroso y que la podían mojar.

Lo segundo me parecía probable, pero no entendía el peligro. Con el tiempo aprendí que ella era de zona norte, y que entre nosotros había una gran diferencia entre lo que resultaba amenazador y lo que eran apenas unos pibes jugando al fútbol con una latita de Quilmes. Esas diferencias estaban desde el principio, pero al principio me parecían simpáticas.

Pasé por al lado del puesto de choripán. Estuve a punto de comprarme uno. Hubiese sido un exceso de libertad. Salir solo, caminar por el medio de la murga y comerse un chori de parado; demasiada felicidad para un domingo después de los treinta.

Además había mucho para ver: por ejemplo, del otro lado de una pared de gente que estaba opacada por el quilombo de colores de la murga, había una terrible murga. En ese momento lo pensé así, como suena.

Como estaba solo y no tenía que preocuparme por Marian, fue fácil encontrar un lugar. Me acomodé entre dos viejas, asomé la cara justo entre los hombros de cada una. Toda la fauna del barrio estaba ahí: las viejas con olor a Polyana, un par de pibes chorros, un par de garcas con el sweater al cuello, un grupito de yanquis con cara de pelotudos, algunos drogones, el “viejo choborra”… No soy de ir seguido a zona norte, pero por allá la gente es distinta.

Me enteré que había una murga invitada: “Los caprichosos de Mataderos”. La agarré justo en la entrada. Iban todos vestidos con trajes que mezclaban el negro, el verde y el blanco, los colores de Nueva Chicago. Adelante iban los pendejos: caminaban un poco, otro poco pasito al costado, salto de rana, vuelta a mirar alrededor. Había uno que cada vez que daba la vuelta se quedaba colgado tratando de embocarse el chupetín de nuevo en la boca. Atrás aparecieron los pibes más grandes. Hacían ese paso de murga que nunca me salió, ni siquiera cuando bailaba el Tutá Tutá en Km20, año ‘96.

Los estaba mirando con odio cuando sentí que me mojaban la espalda. Giré: había una pendeja con los brazos abiertos, mirándose el cuerpo empapado como si recién naciera en medio de ese quilombo. Un pibe le había tirado una Bombucha, o como se llamen ahora. Me acordé de la propaganda (“¡El que se moja no se enoja!”, con cantito de nene), así que pasé por alto que la había ligado de rebote.

Eso sí: agradecí al Cielo, a los Santos y a todos los evangelios del mundo que Marian no estuviera conmigo. Ya me imaginaba la cara de ella, mientras yo tratando de minimizar que nos habían mojado, nada más que para que ella me dijera que estaba defendiendo a la pendeja ésa y termináramos los dos volviendo a casa y al carajo con la murga.

Estaba solo y podía pasar por alto que me habían mojado un poquito.

Así que miré la murga otra vez. Se habían frenado justo. Habían armado una especie de corredor y hacían pasito para un lado y para el otro, mientras por el medio pasaban un travesti, dos minas en tanga y un boludo de sombrero con una caña que terminaba en un dado, que venía tocando el silbato. Nada interesante.

Hasta que entró la rubiecita.

¿Hace falta que la describa? Imaginate “la mina”, pero sacale lo puta y ponele a tu mamá. Lo primero que se me vino a la cabeza fue ella y yo tomando un helado. Después lo complejicé: vi que tenía cara de lectora, así que pensé que seguro había leído El alquimista y el último de Rolón; tenía un tatuaje de Atlanta, eso quería decir que todo bien con el fútbol, aunque podía ser judía… Igual, todo bien. La mina estaba en la murga. Eso quería decir que era de la popular. Era para esperarla a la salida y comerse unas empanadas en Pin Pun.

El tema era que ella se diera cuenta. La miré fijo cuando giró una vez, le sonreí en el segundo giro, me tiré entre los hombros de las viejas para gritarle que me diera el teléfono. Yo creo que en algún momento me tuvo que haber escuchado, porque medio que empezó a bailar más puta. La mina me estaba queriendo decir que estaba todo bien y que nos encontrábamos a la salida.

Me fijé en la billetera: tenía plata para pagar el hotel. No iba a volver a casa. Esa noche la podíamos pasar en algún telo de Once; mañana veíamos cómo nos arreglábamos. Se lo dije a ella, mirándola fijo. Hizo como que me sonreía.

Entonces lo vi al del silbato.

Venía saltando como los otros, pero enfilaba directo a la mina. Más pelotudo no se podía ver: estaba de frac, con un sombrero con cortina y un parche en la parte de atrás del pantalón. Así y todo, se acercó a la rubia y le dijo algo al oído.

Otra vez me tiré encima de las viejas.

-¿Qué te dijo? –grité- ¿Qué te dijo ese hijo de puta?

Y ella hizo ese gesto que hacen las mujeres cuando ya no hay vuelta atrás: sonrió con lástima para un lado, le sonrió al pibe para el otro.

Estuve tentado de saltar, pero las señoras se interponían como dos abuelas inglesas.

-¡No le creas! –grité, mientras la mina giraba en el aire, un lateral hacia su izquierda, movimiento de cadera y se fue perdiendo entre los demás.

No quise mirar al pibe. No era necesario: sentía en la coronilla que se estaba burlando de mí.

Me di vuelta. Enfilé para el lado de casa.

Cuando llegué otra vez al puesto de choripanes, la música iba quedando lejos y había unos nenes tirándose con bombucha. Di una vuelta para que no me mojaran.

Tuve tres cuadras para olvidarme de la mina. Cuando llegué a la esquina de casa y después de mucho hablar solo, estaba mejor. Había que madurar de una vez por todas. ¿Cuántos años tenés? El lugar común de la semana iba a ser “Tener los pies en la tierra”. Lo voy a anotar, así se lo digo al psicólogo.

Subí las escaleras practicando lo que iba a decir.

Abrí la puerta.

-¡Marian! –grité, pero esta vez con la voz grave, firme, llena de autoridad.

Di vueltas por el departamento: no estaba en el dormitorio, tampoco en el living; el baño estaba vacío y ni siquiera estaba en el balcón. Cuando llegué a la cocina, vi la nota sobre la mesa:

“Mañana hablamos”, leí.

De fondo, la música del carnaval.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Así debería ser siempre!Buen final!
Mara Patagónica

Psichobitches dijo...

Interesante. Me gusta porque es re Argentino.
Un besito.

Red dijo...

Jajaja me muero, esa cuenta es viejísima, pensé que tenía abierta la de mi blog pero justo abrí ese mail y se quedó logueado. Este es el blog que uso. Si querés leer sos bienvenido :).

Maestruli dijo...

¡Buen cuento éste! Ahora con tanto Twitter casi ni paso por acá. Lo de la Sarlo quizás lo contesto desde mi blog.