jueves, 10 de marzo de 2011

Vargas Llosa y las visitadoras

Durante una semana, intelectuales, periodistas, escritores y demás personajes dieron vueltas alrededor de la polémica iniciada por Horacio González, director de la Biblioteca Nacional. En una carta a una de las entidades organizadoras de la Feria del libro de Buenos Aires, González se preguntaba si era oportuno invitar a Mario Vargas Llosa a dar el discurso inaugural. Se sabe: además de obtener el último premio Nobel de literatura y ser un excelente escritor, Vargas Llosa es un cuadro político de la derecha y el neo-liberalismo. Para él, la democracia sólo es posible con libre mercado, y la libertad es el mayor de los valores siempre y cuando se trate de objetar a gobiernos con los cuales disiente. Esto significa que dice poco sobre las cárceles de Guantánamo, el bloque de Estados Unidos a Cuba o las intervenciones militares de ese país allí donde necesite hacer negocios. En cambio, no duda en tildar a Chávez de dictador, a los Kirchner de incultos y a los argentinos de imbéciles que no saben elegir. Vargas Llosa cree que Argentina se "ha ido subdesarrollando y empobreciendo" por culpa de gobiernos populistas, sin notar que los gobiernos neo-liberales fueron los mayores responsables del subdesarrollo y el empobrecimiento, y que ambos males no hubieran sido posibles sin naciones desarrolladas y ricas que crecieron a costa de un vampirismo neo-colonialista. ¿De qué otro modo explicar el despegue alucinante de España en los noventa, cuyas empresas en Argentina convertían en dólares las ganancias en nuestros frágiles pesos?
De la insolvencia argumentativa de Vargas Llosa, de la inexactitud de sus apreciaciones y de lo superficial de sus opiniones (¿aparecerá el periodista que se anime a hacerle frente, en lugar de mirarlo embobado y esquivar la repregunta?) no hace falta insistir. Es sabido que los teóricos de la derecha no abundan y su labor es emprendida por algunos escritores ya secos y con la obra hecha; Marcos Aguinis y el Turco Asís son dos ejemplos notorios. También están los periodistas que, a fuerza de repetición, hacen pasar como "sentido común" a las formas más abominables de fascismo, egoísmo e ignorancia. Y, por supuesto, las figuras mediáticas. ¿Hace falta agregar algo a esta categoría?
Tras la carta y con el asunto convertido en noticia, aparecieron los escritores. Hablaron de censura, de persecusión política, de mordazas y de comparaciones estrafalarias. Aunque casi todos dijeron disentir con sus ideas políticas, se declararon a favor de que Vargas Llosa inaugurara la Feria. Así, dejaron solo a un hombre con la capacidad intelectual de Horacio González, que tuvo que exponerse a ser carne de cañón de periodistas de poca monta que contrarrestaban sus argumentos con chicanas, su solidez con slogans y su trayectoria con una mirada socarrona. Ésa fue, quizás, la más dura de las derrotas que dejó la polémica: los medios de comunicación llevaron a su seno a un intelectual y banalizaron cada una de sus palabras. Para quienes no conocían a González, el tipo apareció como un Ricardo Fort de las ideas. Del otro lado, muchos de los que lo conocían prefirieron hacer leña del árbol caído, en lugar de defender, por lo menos por pudor, la preservación del diálogo y el debate frente a la video-política de cuarta. ¿A cuántos de los inteligentísimos intelectuales que se sumaron para hablar de censura previa se les ocurrió que la pelea de fondo era el pensamiento contra la ignorancia? ¿No hubiera sido mejor preservar o, cuanto menos, reivindicar los argumentos de los intelectuales de Carta Abierta, frente a las opiniones descartables de los presentadores de noticieros? ¿Acaso los argumentos de Vargas Llosa para apoyar lo que él conoce como "libertad", "progreso" y "desarrollo" son mucho más sólidos que los de Horacio González para decir que una invitación es "inoportuna"? Se podía hablar de censura si ésa era la idea que sobrevolaba la carta de González; pero también se podía hablar de solidez argumentativa, de un intelectual siendo abofeteado por los medios, de una sociedad que se enfrenta a un momento bisagra en su historia: el de elegir cuál debe ser el camino y quiénes son las voces que deben guiarlo. ¿Arrojar a un intelectual -a un hombre que pertenece al mundo de las ideas- en medio de la arena del show del prende y apaga? ¿con qué objetivo? ¿por qué ningún colega notó que también eso es censura?
Otros olvidos importantes: en 1983, cuando Julio Cortázar estuvo de visita en el que sería su último viaje a la Argentina, el entonces presidente Raúl Alfonsín evitó un encuentro, pese a que organizaba periódicas entrevistas con escritores. Se dice que las ideas de izquierda de izquierda del gran cronopio asustaron al entorno del presidente. Tampoco se acordaron de Cortázar en el décimo aniversario de su muerte; era 1994 y el menemismo lo pasó por alto, dedicándole apenas algunos espacios marginales.
Hay otra cuestión que pocos tuvieron en cuenta: ¿cuál es el sentido de invitar a un premio Nobel de literatura a la Feria del libro de Buenos Aires? Hace tiempo que la Feria dejó de ser un espacio consagrado a la literatura. Apegada a cada una de las palabras que forman parte de su nombre, lo que uno encuentra en sus pasillos son libros en cuanto soporte textual. Una recorrida por cualquiera de las últimas basta para comprobar que sería más atinado invitar a una anoréxica recuperada, a un psicólogo experto en autoayuda, a un actor de televisión o a uno de los gatos de Bailando por un sueño. Cualquiera de ellos representa mucho mejor lo que es la Feria del Libro que un premio Nobel de literatura. Hace rato que la literatura tiene poco que ver con la Feria, como hace tiempo que los intelectuales argentinos demuestran que sirven de poco. Al igual que las famosas visitadoras que el gran escritor Vargas Llosa retrató en su libro, gran parte de nuestros intelectuales no sirven para otra cosa que para saciar los apetitos de algunos periodistas que, como soldados embrutecidos, sólo se atreven a echarles mano cuando les pica alguna urgencia.

1 comentario:

Maestruli dijo...

Otro tema complejo este. Aclaro que carezco de mucha información. No tengo idea quién es Horacio González, más allá de su puesto como director de la Biblioteca Nacional. Tampoco leí directamente las declaraciones políticas de Vargas Llosa. Y tampoco sé quiénes organizan la Feria del Libro ni cómo se toman las decisiones dentro de ella.

Es una realidad lo que decís sobre el nivel decadente de las últimas ferias. Pero justamente, traer a un buen escritor como Vargas Llosa puede revertir esa tendencia. O si el nivel es decadente, ¿por qué preocuparse tanto por quién la va a abrir?

Sí adhiero a condenar el festín caníbal que hicieron los medios anti-K con el asunto. Pero bueno, para esa gente todo puede transformarse en argumento anti-K.