sábado, 5 de febrero de 2011

Draculitos

Uno está acostumbrado a que las cosas vivas que no caminan en dos patas, tengan la costumbre de alejarse lo más posible de nosotros. Es, si se quiere, un mandato natural. Excepto con esa categoría animal que llamamos “mascota”, el resto del bichaje prefiere no tener nada que ver con nosotros, también conocidos como "la gente". Por eso me llama tanto la atención lo que hacen los mosquitos. Ya de entrada, la cosa viene de persecución: uno puede estar toda la tarde conviviendo con uno, y no se entera. De algún modo, los tipos consiguen mantenerse escondidos, disimulados como una manchita en la pared, mirando para el otro lado mientras uno desayuna, se va a trabajar, escribe un par de huevadas en el twitter y se sienta a mirar 6,7,8. Incluso tienen la habilidad de pasar desapercibidos a la hora de la lectura, aun cuando ésta se desarrolle en el mismo ámbito donde, un rato más tarde, tienen planeado cristalizar su delito.
Pero entonces uno se aburre del libro. Cierta desconcentración se transforma en un bostezo, el micro-telón en cada ojo, la cabeza voleada. Uno le dice “hasta mañana” a lo que esté leyendo, deja el libro en la mesita de luz (qué denominación tan preciosa, si uno la piensa literal y en clave Cris Morena Group) y apaga el velador.
Con cierta ingenuidad, la cabeza se apoya en la almohada.
Entonces uno lo escucha llegar: primero, con la esperanza de que haya sido producto de la propia imaginación; después, como una sospecha cierta; por último, como un zumbido que se clava en la oreja más fría de quien buscaba dormir.
Así, con una resignación venida desde otros tiempos, uno desanda el camino trazado y confirma, no sin cierto dejo de razonamiento infantil: "Hay un mosquito en la habitación y me quiere picar". Lo extraño no es sólo que un ser alado, insecto y diminuto contradiga las sugerencias de la Naturaleza y se porfíe en acercarse al hombre. Lo extraño es que lo intenta varias veces, que con las patas al aire, colgando como una mano mecánico-diabólica (como esas garras en las máquinas de ositos), busca aterrizar en algún lugar de mi cuerpo para clavarme, succionarme, llevarse el vientre hinchado de partes mías. Y que intente su adermisaje a pesar de la amenaza de las manos, el diario doblado, la chinela que retumba contra la pared donde el mosquito se detiene para volver a hacerse el sota, reagruparse y atacar.
Lo extraño es que uno sea la carnada, el cazado, el deseado, el que la bestia quiere comerse a pesar de la inferioridad tan confusa de sus condiciones. Y que los tipos se jueguen la vida por una gota de sangre.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Está hecho un viejo gruñón!

Maestruli dijo...

¿te agarró insominio como a la Pantera Rosa en ese capítulo tan memorable? Qué angustia e impotencia me daba verla fuera, mojándose, vencida por un mosquito que miraba cañonazos reales en la tele.