jueves, 24 de febrero de 2011

Diario de viaje/ Resistencia - Día 6

Hoy leí un cartel que decía que los síntomas del Dengue pueden aparecer hasta dos semanas después de la picadura del mosquito. En dos días se cumplen siete desde que llegué a Asunción y tengo unas quince picaduras que coseché en Paraguay y en Formosa. El riesgo no desaparece hasta que el viaje termine. Y durante 15 días más tengo que esperar cualquier cosa. ¿Cuántas probabilidades existen de que hubiera algún aedes aegypti entre los responsables de esas picaduras? ¿Cuántas de que ese mosquito portara la enfermedad? En estos momentos y por dos semanas estoy en manos del azar. Por mi padre –que de vez en cuando se juega un numerito- sé que el azar puede ser muy hijo de puta.
Pero volvamos a la crónica, que es una forma de narración mucho más organizada que los pensamientos paranoicos. Anoche, la única que pasé en la hasta ayer desconocida Formosa, comí el segundo surubí del viaje. El primero había sido en Asunción, en un restaurante de esos con barra circular y señoras gordas que atienden. Biedermann me contó que en otras épocas El Bolsi era “el” restaurante de Asunción. Hoy se mantenía como un clásico con buen surubí y mejor torta de chocolate.
Pero el surubí de Formosa es otra historia. El plato que probé lleva crema, aceitunas procesadas, vino blanco y cebolla. El resultado fue el mejor pescado que comí en mi vida. Una vez más: inténtenlo en sus casas.
De noche, Formosa parece tan pueblo como en la hora de la siesta. Si además es noche de tormenta, con rayos, truenos y corte de luz, es un pueblo donde un porteño se siente indefenso y a merced de la peor de las catástrofes: aparecer en TN en un video filmado por un vecino con su celular. Es una linda sensación si uno la ve desde lejos.
Esta mañana, todavía con lluvia, tomé mi ya clásico micro de la empresa El Pulqui para viajar hasta Resistencia, provincia del Chaco. De este lugar apenas tenía dos datos: el escritor Mempo Giardinelli y la señora Elisa Carrió. De Mempo había leído Final de novela en Patagonia y lo había escuchado alguna vez en 6,7,8. Mi vínculo con Lilita es el orgullo: me jacto de pocas cosas en mi vida, excepto de haber ganado un Prode interno en el último Mundial de fútbol, de ser habitué de la comida peruana desde mucho antes que fuera una moda y de nunca haberme dejado engatusar por la prédica centro-izquierdista moral de Carrió, como sí les pasó a tantos progres.
Así que el Chaco era otra incógnita a despejar.
Llegué con lluvia y todo me pareció mucho más feo que Formosa: el taxi, el chofer, las calles, la gente, los negocios y la plaza principal. El hotel quedaba a la vuelta de una peatonal vacía y por donde caminara me caían gotazas de lluvia en la cara, o metía le pie en una baldosa floja, o lo hundía directamente en un charco de agua marrón. Así que la primera hora la pasé encerrado en la habitación, secando las zapatillas con el aire acondicionado.
Hasta que salió el sol y la ciudad cambió por completo.
Todos los negocios anunciaban su horario: de 8 a 13 y de 18 a 21. Como si fueran dirigidos por un cronómetro, los chaqueños aparecieron a las 18 en punto y llenaron la peatonal. Andaban en grupos de adolescentes, en familia, en pareja. Tomaban helado, compraban chipá, caminaban con el mate. Resistencia está una provincia más lejos de Paraguay y las costumbres guaraníes empiezan a desdibujarse. Quedan los chipa (pronunciados sin el acento en la “a”), los copetines y el mate, pero el receptáculo (por no decir “porongo”) es el más familiar para nosotros y no ese vaso alargado que usan en Asunción y en Formosa. El contenido tampoco es el mismo: acá la mayoría toma mate, aunque todavía se ven algunos con tereré.
Resistencia es una ciudad mucho más grande que Formosa, sin su calma ni su limpieza. Es una ciudad viva donde abundan los autos y los negocios. En el centro, sin embargo, se repite la plaza enorme que en este caso se llama 25 de mayo. Llena de palmeras y con la estatua de San Martín espada en mano, con la luz del atardecer es un bellísimo cuadro de folleto turístico. Está coronada por otras cuatro plazas, cada una a cuatro cuadras de distancia y en cada uno de sus vértices. Excepto por un par de iglesias más o menos atractivas, no hay edificios históricos que llamen la atención. Pero hay una avenida, Sarmiento, que al atardecer es una cosa rojiza que no se puede dejar de caminar. Es un boulevard doble mano donde aparecen casas pintorescas, una mansión escondida atrás de un patio hecho jungla, la sede de la Sociedad Rural y algunos bares con onda. Es la parte más linda de la ciudad y se afea a medida que busco el río –o un curso de agua que aparece en el plano que me dieron en el hotel- y todo se vuelve tan desordenado y húmedo como me había parecido ni bien llegué. Al final, nunca llego al agua y doblo mucho antes, atraído por las luces de una escuela salesiana.
Según un cartel, Resistencia es la Capital de las Esculturas. Las hay por todos lados, no importa dónde uno mire: bustos de Sarmiento, de Perón y de Evita; próceres a caballo; hipopótamos; formas rarísimas con títulos como "El manto", "Observación" o "Desmembramiento yoico". Como no entiendo nada de escultura, apenas me detuve a mirar. Sólo observé que acá algunos las usan para sostenerse mientras se atan los cordones de las zapatillas, o para apoyarse en algo mientras esperan a cruzar.
Pero el hallazgo de mis horas en Resistencia es la Feria del Libro. Justo caigo en medio de tamaño acontecimiento y no dudo en entrar. Después de dar un par de vueltas y reconocer a algunos viejos conocidos en una muestra de fotos de escritores (Andahazi en un taxi, Fabián Casas en su cama, Cucurto en primerísimo primer plano), pregunto por los organizadores y aprovecho que tengo encima algunos libros míos y de la editorial que llevamos adelante con Valeria Iglesias. En medio de las presentaciones de rigor, me nombran a un poeta de Buenos Aires que va a presentar su libro en la Feria. No soy demasiado amigo de la poesía, así que por compromiso prometo que vuelvo a la noche para la presentación.
Lo que escuché más tarde, lo que conocí y lo que leí, lo dejo para un futuro próximo post, cuando termine el viaje y pueda procesar lo que, aunque visto con retroactividad, me parece la mejor razón para haber emprendido este viaje.
Por cierto: después de la presentación de ese libro (y de charlar corto pero entusiasmado con su autor), comí una pizza con cerveza en una mesa en plena peatonal.
Estaba lleno de mosquitos. Ahora las picaduras son 22.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

¡Qué Corrientes no te siga sumando picaduras!
Mara Patagónica

Maestruli dijo...

Pensá que con el dengue, en 15 días te sacás la duda de si te lo agarraste o no. Con el HIV es peor, tanto por el período ventana tan largo, como por las consecuencias que trae. La única diferencia es que las "pica-duras" son más placenteras.

Tendremos que discutir filosoficamente a tu vuelta. Porque con una noche en Formosa (encima en su capital) no le podés discutir a ningún CMP sobre la realidad de esa provincia. Yo pensé que eras un CMC (clase media cool) en lugar de snob.

Enzo Maqueira, dijo...

Mara, ya tengo una nueva.
Maestruli, Clase Media Cool me gusta mucho más, pero no soy yo quien debe decirlo. En cuanto a las "pica-duras", es cuestión de gustos. Yo sigo prefiriendo las ronchas.