miércoles, 23 de febrero de 2011

Diario de viaje/ Formosa - Día 5

Desde un principio, el viaje a Paraguay tenía su lado B y era conocer dos provincias de las que se sabe poco en Buenos Aires: Formosa y Chaco. Eso de “conocer” está limitado por el poco tiempo que pienso quedarme en cada lugar. Es apenas un esbozo, pero es más completo que los informes de Telenoche. En la base de la idea de venir a estas provincias está aquel salvoconducto con que algunas personas suelen terminar las discusiones políticas. “Andá al norte –dicen-. Y vas a ver cómo la gente se muere de hambre”. Por una vez en la vida, les hice caso.
Por 70.000 guaraníes compré un pasaje a Formosa. La salida de la Terminal me dejó dos imágenes/situaciones simultáneas que me dispararon dos deseos también sincronizados: por un lado, detrás de una ventana, una familia compuesta sólo por mujeres (mamá, hija de diez años, hija de siete, hija de cuatro y bebé), saludaban a algún pariente que iba en el mismo micro que yo. Lamenté no haberme dedicado al cine, porque las cinco saludando detrás de la ventana –sonrisas con dientes de leche, morisquetas- hubieran sido un hermoso final para una historia filmada en Asunción, con algunos primeros planos en travellig lateral, una música triste de fondo y alguien que se está yendo.
Por otro lado, a apenas metros de mi final melancólico, una paraguaya de unos 35 años y su hija de 15, saludaban casi al borde del llanto al señor que estaba al lado mío. Él andaba por los 60 y supuse que era el padre de la mujer. Durante los 15 minutos que esperamos para salir, se mandaron besos, se leían los labios, se llamaban al celular. De repente las dos aparecieron en el micro, lo abrazaron, se despidieron otra vez. Él, siempre en silencio, no era un hombre que inspirara toda esa ternura. No me pregunten por qué, pero no me caía bien. Ni siquiera cuando salimos, volvió a sonar el celular y susurró “Te amo”.
En el micro también iba una paraguaya que, apenas subió, dijo a los cuatro vientos que le gustaba hablar mucho. No habíamos salido de Asunción y ya todos sabíamos que trabajaba en Buenos Aires, que había comprado un equipo de termo y mate forrado en cuero, que su hijo le había pedido que le llevara chipá y unas cuantas cosas más que me perdí porque las dijo en guaraní. Por cierto, me voy de Paraguay sabiendo que “’í” se usa como diminutivo (literal y conceptualmente) en palabras en español, y que “na” es una especie de “por favor” con ternura. Ejemplo del primer caso: “Andás pila’í? Tomá Energy” (aviso publicitario que mezcla tres idiomas y significa algo así como “¿Andás con poca pila? Tomá Energy”); ejemplo del segundo caso: “Lavame la ropa, na” (“Lavame la ropa, por favorcito”).
Al cabo de dos horas de viaje, la señora empezó a alabar el gobierno de Cristina. A esa altura, su voz era parte de los sonidos del micro y ya no la escuchaba. Pero me sobresalté con el señor enamorado que, casi gritando, dijo:
-¡Por favor, señora, cállese!
El micro entero se dio vuelta para mirar.
-¡Qué va a ganar Cristina otra vez! –dijo- ¡Dios nos libre!
Durante los siguientes 25 kilómetros, la señora se dedicó a elogiar la gestión kirchnerista enumerando uno por uno todos los logros. Lo que más destacaba era que, gracias a este gobierno, los paraguayos podían trabajar mejor y salir adelante en la Argentina. Sin llegar a meterse en la discusión, sus compatriotas asentían. El señor, por su parte, repetía que era un gobierno de ladrones, que no habían hecho nada y que el país era un desastre. La paraguaya le retrucó que en Buenos Aires hay mucha plata y hay trabajo. Entonces el señor lo dijo:
-¡Vaya al norte a ver cómo está el país! ¡Vaya a ver cómo se mueren de hambre!
En ese momento miré por la ventana: pasábamos por un campo verde, lleno de palmeras. No había una sola persona, ni una choza, ni nada. El señor enamorado siguió diciendo que tenía que ganar Alfonsín, que la Argentina es un desastre, que te matan por dos pesos. La paraguaya le dijo que estaba equivocado, que no tenía idea de lo que era un país arruinado. El señor dijo que sabía muy bien, porque su esposa era paraguaya y vivía en Paraguay. Ella le preguntó por qué se iba a Buenos Aires. Él le respondió que porque vivía allá. Ella le dijo que tendría que vivir con su esposa. Él dijo que en eso estaba, que acababa de comprar un terreno en Caaguazú, Paraguay.
-A mi edad… ¡Tener que venirme a vivir a un país como ése! –agregó.
En ese momento su cara de señor enamorado dejó paso a una especie de prototipo del hijo de puta argentino. Hablaba con soberbia, con un tono de voz elevado, miraba a los demás paraguayos como si estuviera de visita en el zoológico y se mordía los labios para retrucar que aquello de “gracias a este gobierno los paraguayos podemos trabajar en la Argentina” no era ningún logro, sino lo que más le molestaba de todo el asunto. Porque una vez que soltó su gorila interior, el siguiente paso fue decir que los peronistas son todos ladrones, que Illia y Alfonsín habían sido los dos mejores presidentes de la Historia, que a los K hay que sacarlos a patadas y que él vivía en Pilar y se había llenado de negros.
-¡Yo también vivo en Pilar! –dijo la paraguaya, risueña.
Los dos se bajaron en Clorinda. Desde ahí tomaban el micro a Buenos Aires. Es probable que cuando llegaran se fueran juntos a Pilar.
Podría sacar muchas conclusiones sobre la escena, pero me limito a ensayar una “sensación”: la política no es sólo una cuestión de ideología; no es casualidad que el tipo cayera mal desde el principio, incluso en su fase romanticona, y que la paraguaya resultara adorable desde que subió al micro a pesar de que no paró de hablar. Esta observación particular no puede generalizarse; tampoco se trata de oficialistas contra opositores. Es mucho más básico y tiene que ver con el respeto.
La primera imagen de Formosa fue la de un mini estadio techado. El taxista que me llevó al hotel me contó que lo habían inaugurado hace poco tiempo y que era una de las tantas obras del gobernador. Como venía cebado con la política –y, al fin y al cabo, había venido al norte “para ver”- le pregunté cómo estaban las cosas. Me dijo que no había trabajo, pero que había plata. Que la gente se conformaba con los planes sociales y nadie quería trabajar. “Eso sí –dijo-: se está construyendo mucho”. En las pocas cuadras que recorrimos vi varias casas “sociales” en construcción, un par de chalets y carteles con la cara de Kirchner, del gobernador Insfran y de Cristina. Esperaba encontrarme con una ciudad chica, fea, sucia y llena de gente pidiendo. Lo que vi fue una ciudad chica, pintoresca, agobiada por los 38 grados de temperatura y sin un alma en la calle. No había chicos desnutridos, tobas ni casas de chapa. Había bares, locales de ropa, una avenida principal arbolada, una plaza San Martín limpia y enorme, una costanera con vista al Río Paraguay y un paseo con bancos, palmeras y un cartel que anunciaba un plan de desparasitación materno-infantil. Las pocas personas que daban vueltas eran pre-adolescentes en grupos, un par de señoras y un padre con su hijo pescando entre los irupés. Todos los locales estaban cerrados y había un silencio pesado. Las personas se movían con lentitud y los minutos pasaban lento también para las cosas, como si todo formara parte de un cuadro que apenas se modificara con los cambios de luz de un día.
Caminé por la costanera hasta que el calor me venció y tuve que sentarme en la sombra. El cielo tenía algunas nubes, así que cada vez que alguna tapaba el sol aprovechaba para avanzar. Di varias vueltas alrededor de la costanera, de la plaza de la avenida principal y de la San Martín. Tomé un helado en el único lugar que estaba abierto. Descubrí que las veredas de Formosa están tapizadas de hormiguitas, y que si uno se queda sentado mucho tiempo en un lugar, es muy probable que algunas hormiguitas te suban por la pierna y te muerdan.
A las cinco de la tarde y para certificar uno de los grandes lugares comunes de la vida en el interior, apareció la gente. Lo primero que me llamó la atención fue la cantidad de motos; también, que muchas personas estaban vestidas de jogging y salían a correr por la costanera. La composición social de Formosa era la de gente que el señor enamorado consideraría “normal”. Estaba en el norte y estaba viendo, y la situación socio-económica formoseña parecía muy similar a la de Buenos Aires. No se trata de negar las realidades más crudas –que las hay y quedan en evidencia en un cartel que habla de “desparasitación para todos”- sino de desterrar el mito. En el norte hay gente que pasa hambre como se pasa en Asunción, en Buenos Aires o en Santa Cruz. Y hay gente que sale de compras a las 5 de la tarde y llena los locales de ropa, los bares y las heladerías. También están los que andan en Mercedes y viven en una mansión con vista al río. Y las comunidades aborígenes olvidadas por el Estado, excepto cuando se trata de reprimir una protesta legítima.
Una vez más, no pretendo sacar ninguna conclusión. Tampoco se trata de política. Sólo se trata de sacarse el peso del "me dijeron que..." de encima. No es poca cosa. Y es -lo empiezo a entender- el motivo de todo este viaje.

3 comentarios:

Maestruli dijo...

De todas formas siempre uno terminará en un "me dijeron que...", porque es imposible conocer TODA la realidad (ni siquiera de un barrio).

Simplemente tendrás unos datos más que el común de los porteños. Así como en Asunción, que fueron más los azares los que te llevaron a ver de casualidad barrios muy pobres o barrios muy ricos.

Parecés un Darwin de viaje tratando de elaborar alguna teoría con sus observaciones.

Enzo Maqueira, dijo...

Sí, mierda, y es justo lo que no quiero parecer. La mirada porteña es terriblemente arrogante, incluso aunque uno tenga buenas intenciones.

Agustin dijo...

Bueno...Lo de los aborígenes marginados es también un mito. Venite al verdadero interior, pero unos cuantos días, para ver... Y quiero contarte que, si bien es cierto que se ve pobreza, no hay miseria. También el plan de salud para escolares, materno infantil y demás, es mucho mejor (lejos mejor) que en Buenos Aires. Hay un plan para pequeños productores agropecuarios desde hace años (te hacen casa, represa, te dan semillas, te aran la tierra: gratis). Y hay mucho más. Venite, ch`amigo, para que no te anden contando macanas por áhi. El progreso no es como nos lo quieren mostrar... Y de paso...tal vez otra cosita, que tal vez venga a colación: ¿sabías que uno de cada 5 norteamericanos tiene hambre?. Esto no se ve por TN. Me gusta que te guste Formosa, mitaí.