jueves, 24 de febrero de 2011

Diario de viaje/ Corrientes - Día 7

El último día de una gira que nada tuvo de mágica ni de misteriosa (aunque tampoco estuvo vacía de cierto peligro, de dudas, de algunos hallazgos que moverán cosas que estaban latentes) empezó en una habitación de hotel de Resistencia, con un llamado de la conserjería para avisar que eran las nueve, señor, muy buenos días.
Me quedaba un rato antes del horario de salida del micro a Corrientes, así que di un par de vueltas por los lugares que me habían gustado: la plaza 25 de Mayo, la avenida Sarmiento, el edificio donde se hacía la Feria del libro. Al mediodía tomé el taxi hasta la Terminal. Una hora después estaba en Corrientes.
Pensaba encontrarme con la mejor de las cuatro ciudades. Le tenía tanta fe que estuve a punto de no incluirla en un tour cuya premisa era que cada destino debía ser una suerte de paraje anti-turístico, un lugar al cual a nadie que no tuviera una buena razón se le ocurriría ir de vacaciones. Como si mi inconsciente me hubiera protegido de llevarme una sorpresa desagradable, llegué un día antes del corso. Sin excusa turística y con las características que voy a describir, para mi sorpresa la ciudad encajó a la perfección en el itinerario.
Corrientes parece detenida en el tiempo, pero en uno demasiado cercano para volverla pintoresca o retro. Los edificios están despintados, las calles están rotas, las plazas están descuidadas. En la calle peatonal (que abarca unas seis cuadras y donde, una vez más, se repitió el vacío del mediodía y el brote repentino de peatones a partir de las seis de la tarde), hay negocios que parecen sacados de alguna fecha incierta entre finales de los ochenta y mediados de la década del ´90. Hay un Todo por $2; una galería que vende discos, pulseras y ropa de señora; locutorios de Telecom; y hasta una casa de comida rápida que –aunque no se llama Pumper Nic- parece sacada del siglo pasado. El hotel donde me alojo podría pertenecer a la parte más vieja del Miami menemista (jubilados jugando a las cartas, cuadros con atardeceres, alfombras gastadas, muchas flores, mucho pasillo con el empapelado caído) o salir de la Mar del Plata que vio morir a Olmedo.
La plaza principal, los carteles, los monumentos, los edificios públicos, los bancos y casi todo lo que existe en Corrientes, parecen haber pasado por alto una década.
Una rápida mirada me sirve como primera explicación: no hay un solo cartel de Kirchner, de Evita o de Perón. Acá gobierna el radicalismo y eso significa, supongo, que la provincia recibe menos plata de la administración nacional. Es una hipótesis. La otra es que el gobierno provincial no cree en la inversión pública, la construcción y el desarrollo urbano.
Aun a pesar del abandono, la ciudad tiene sus lugares: por ejemplo, una larguísima costanera, con vereda arbolada y varios pescadores de caña en serio. Nada de carbono y mariconadas por el estilo; acá usan palo, hilo atado en la punta y lombriz. No es una forma de pescar; parece ser la única posible. Acá la pobreza está mucho más a la vista que en Formosa o Resistencia. Hay gente pidiendo, gente durmiendo en la calle y gente pescando en el río. Pero en el río no hay peces. Un hombre que se acerca a charlar conmigo mientras miro el agua a plena luz de las tres de la tarde –los ojos achinados, las manos en los bolsillos- me dice que los peces se fueron por culpa de los trasmallos que barren con todo.
-Por arriba, las redes; por abajo, los peces más grandes -dice.
-No pueden vivir tranquilos -opino.
-Ése es el tema.
En un extremo de la costanera hay una playa. Unas boyas marcan el límite donde se puede nadar. Hay algunos chicos, un par de familias y una radio local que repite el hit de mi verano: el “Loca” de Shakira que tiene la particularidad de provocarme, al mismo tiempo, ira y deseos irrefrenables de cantar la canción.
La de hoy era una tarde calurosa y habían anunciado lluvia. Cada tanto miraba el cielo: la ciudad estaba rodeada por nubes negras y espesas, pero el cielo se mantenía azul exactamente sobre nosotros. Por las dudas, empecé a caminar un poco más rápido y hacia la zona del hotel. Nunca llovió, pero de todos modos me encerré en mi habitación.
Era mi séptimo día y la costumbre de la siesta por fin me había prendido.
Desperté a las cinco y media, listo para ver otra Corrientes. Con gente, la cosa no me pareció tan fea. Los vendedores de chipa, las señoras que ofrecían hierbas curativas y las mesas con porrones de cerveza en la peatonal tapaban un poco la escenografía. Seguía cansado de la caminata anterior, así que me senté a tomar un chopp y vi pasar a media ciudad por delante de mis ojos.
Un rato más tarde, ya con fuerza pero algo mareado, retomé el camino de la costanera en la dirección contraria. Encontré un parque, más gente pescando, el Club Regatas y una zona con monoblocks, dos parrillas y una heladería. Excepto el chocolate suizo (chocolate, dulce de leche y mini-galletitas bañadas en chocolate), todo lo demás era viejo, gastado y descuidado.
Ya había oscurecido cuando volví a la Peatonal. La gente no se había movido y alrededor de cada luz encendida daban vuelta millones de insectos. Mientras caminaba pisaba unos cascarudos de caparazón negra y lustrosa, de vez en cuando tenía que sacarme algún bicho de la cara y vi cómo un nene cazaba un grillo en el aire y lo tiraba contra el suelo para hacerlo reventar. Por supuesto, también hubo mosquitos.
Cerca del río encontré una parte con casas coloniales. Con cierto aire a San Telmo, fue lo más rescatable de una ciudad que no me gustó nada, donde comí un bife de chorizo duro al mediodía, una hamburguesa minúscula (en la casa símil Pumper Nic) a la noche y le regalé diez pesos a un señor que dormía en la calle, porque quería terminar el viaje sintiéndome inútil una vez más.
Esto se va terminando y sólo queda las pruebas de fuego: el avión, las picaduras que llevo encima y el bombazo de la humedad de Buenos Aires cuando la vuelva a pisar.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

El avión...no es nada.Las picaduras se van a pasar muy pronto.Lo peor es la humedad y todo lo que viene atrás.
Mara Patagónica

Maestruli dijo...

¡Menos mal que ya volvés a la civilización! (jaja, sí, me sale el porteño arrogante)

Más allá de críticas puntuales por los motivos de tu viaje, te felicito por la crónica tan detallada, bien escrita, colorida, entretenida, sincera, espontánea. Y sobre todo siento envidia por tu enorme pasión de escribir que concretás en la realidad.