martes, 22 de febrero de 2011

Diario de viaje/ Asunción - Día 4

No es que le agarré la mano a Asunción, pero sí aprendí algunos trucos para que moverse no sea tan difícil. Por ejemplo, voy a la Terminal en taxi y –aunque gasto 35 mil guaraníes (casi 35 pesos)- me ahorro la espera interminable del colectivo, las dudas y el viaje larguísimo que se hubiera sumado al que me esperaba rumbo a Areguá.
Antes de tomar el micro de La Aregueña, saco pasaje de vuelta para volver a la Argentina. La próxima parada es Formosa, una ciudad de la cual tengo tan pocas referencias como de Paraguay. Lo único que sé de los formoseños es que cada tanto sus concejales aparecen en Telenoche Investiga, escrachados por alguna cámara oculta.
El primer tramo del camino a Areguá es todavía dentro de Asunción, por la Av. República Argentina. Me sorprende una parte de la ciudad con una gran similitud con la Av. Del Libertador a la altura de Tigre. Mucho verde, muchos muros, seguridad privada, caserones, autos importados, restaurantes de lujo y concesionarias Toyota. Las calles laterales son adoquinadas y la única diferencia con San Isidro está en el color rojizo de la tierra.
La mayoría de los autos de la zona son camionetas 4x4 Toyota o Nissan. También hay varios Mercedes Benz. Si un par de días atrás había encontrado el corazón más popular de la ciudad, en esta zona prevalece el “yo no fui” de los paraguayos con plata. Otra vez las similitudes de nuestra Patria Grande: si los pobres aparecen por montones y les ponen el cuerpo a las ferias de Jujuy, Potosí, La Salada o Asunción, a los ricos sólo se los ve por sus posesiones, porque no dan la cara en Buenos Aires, en El Salvador o en este barrio.
El camino hacia Luque sigue en una ruta muy verde que bordea el parque Ñu Guazú. A la media hora aparece Luque. Desde el micro no parece gran cosa; sin embargo, tengo una cuestión personal con este lugar: en 1993, San Lorenzo perdió 3 a 0 con el entonces ignoto Sportivo Luqueño, equipo que, además, le da nombre a la avenida que transitamos. Ver de lejos el lugar donde se perpetró semejante humillación, es una extraña pero contundente forma de turismo.
Veinte minutos más tarde entramos en Areguá. Aunque San Bernardino es más famoso, es el primer destino que sí me parece turístico. Tiene calles anchas adoquinadas, algunos “copetines” cerrados y un camino que desemboca en el lago. Me acompañan unos músicos que subieron a cantar una linda canción de letra onda evangelista (intuyo que para recibir mejores colaboraciones). El que canta tiene una voz del tipo salsero, muy bien colocada. El otro camina con la guitarra y va haciendo algunos acordes. Tocan en una banda de reggae que se llama Cultura nativa. Son once en el escenario y el próximo lunes tienen recital en Asunción. Les cuento sobre los nueve integrantes de Monstruito. El cantante empieza un tema que se llama “El cantante”. Me cuenta que es de un tal Eduardo no-sé-cuánto, conocido como el Rey de la Canción, socio de Willy Colon y famoso por sus hábitos poco sanos. Me dice que el tipo llegaba tarde a su casa –por completo borracho, drogado y demás viciosidades- y, cuando la mujer le preguntaba, respondía: “Es que el perro se comió la llave”. “Ah, ¿sí? ¿Qué perro? ¡Si no tenemos!”, respondía ella. La historia siguió con que el hijo de 12 años se pegó un tiro por accidente mientras jugaba con el arma que el tal Eduardo dejaba tirada por ahí; y que al poco tiempo supo que tenía Sida y que había contagiado a su mujer.
Antes de llegar al lago, me dicen que ellos se quedan en una casa. El cantante me deja su teléfono “por si querés fumarte un fasito”. Los dos nos sorprendemos cuando me dice su nombre. Se llama Renzo.
Sigo camino solo hasta el lago. Llego hasta un balneario municipal que tiene toda la pinta de ser un furor del verano en Paraguay, pero está vacío. Como en San Bernardino, una playa de césped, las aguas tranquilas del lago Ypacaraí, unos cerros bajos en el horizonte, el cielo plomizo. Hay un hombre acomodando una canoa. Y unos árboles que desprenden unos frutos parecidos a las aceitunas. El césped está cubierto con bolitas moradas y un aroma dulzón que convoca abejas, hormigas y moscas. También hay mosquitos.
Otra vez meto los pies en el agua. Lamento no saber nadar, ni tener la cuota de hippismo necesaria para meterme al lago. En cambio, doy media vuelta y vuelvo sobre mis pasos.
Además de unas casas grandes y desmoronadas y una vegetación que amenaza con llevarse puesto al pueblo, en Areguá hay un cerro y una calle donde se venden muñecos de arcilla. Por primera vez en el viaje, lamento no haber traído una cámara de fotos para guardar un testimonio de los muñecos de arcilla más espantosos que vi en mi vida. A lo largo de dos cuadras hay toldos repletos de figuras de cerdos, sapos, patos, caballos, perros, gatos, Mickeys, Homeros, enanos y un larguísimo etcétera de muñecos de medio metro de altura que, en la mayoría de los casos, tienen ranuras en la cabeza para usarlos como alcancía. También hay vasijas, macetas y cosas “normales”. Deben haber mil muñecos, y soy el único tipo que anda por Areguá.
Busco un lugar para comer, pero todo está cerrado o parece estarlo. Cuando encuentro un cartel que dice “Restaurante”, abierto y con las mesas servidas, me tiro de cabeza. Ni bien entro, el dueño dice que ya no sirven comida. Su mujer enfermó y están desmontando –parece que con mucha lentitud- la parte del restaurante.
Al final, encuentro un copetín que vende empanadas y sándwiches de milanesa. Elijo la segunda opción. Los copetines son locales de comidas que ofrecen minutas, bebidas frías y un espacio con no más de tres mesas. Casi todos tienen un ventilador. Y en casi todos están los dueños, con sus familias, mirando televisión.
Subo al micro de regreso dispuesto a bajar en Luque. A la vuelta, La Aguareña hace otro camino, por adentro. Evalúo cada parada como alternativa. Cuando me quiero dar cuenta, dejamos atrás la ciudad y no siento que me pierda de nada importante.
Los colectivos paraguayos se esfuerzan en desorientarme. Aunque a la ida lo tomé en la Terminal, el mismo colectivo, a la vuelta, no pasa por la Terminal. De modo que después de reconocer la Av. República Argentina, noto con preocupación que nunca llegamos al punto de partida. No caigo en la misma trampa y pregunto. Cuando me confirman lo que ya intuía, me bajo y aparezco frente a un supermercado enorme y con parada de taxis. Visito el supermercado y rectifico mis porcentajes anteriores: hay un 50% de productos argentinos y un 40% de productos brasileños; el 10% restante es industria paraguaya.
Tomo un taxi de regreso al hostel. Hablamos de fútbol todo el viaje. El taxista me cuenta que Olimpia ganó los primeros cinco partidos del campeonato.
A la noche, el escritor Juan Ramirez Biedermann me pasa a buscar por el hostel y vamos a cenar con él y con otro escritor paraguayo cuyo nombre completo nunca supe. Ahí aparece la Asunción que me estaba faltando: el barrio cool con locales comerciales, bares y restaurantes. Juan me dice que el centro de la ciudad se trasladó a esa zona. No se parece a nada de lo anterior y me confirma que Asunción no es tan chico como me pareció en un principio, ni tan modesto, ni tan desmoronado. En el barrio Las Carmelitas están TGI Fridays, Havanna, Roberto Giordano y otros lugares que, aunque no lleven nombres familiares, bien podrían estar en nuestro Palermo.
Tomamos unas Corona y picamos pollo con panceta, milanesitas y unas fajitas. El lugar es ruidoso y tiene la música demasiado fuerte, pero nos arreglamos para charlar de literatura, de fútbol y de política. A la salida, buscamos en vano un café abierto. Aunque la zona tiene mucho movimiento, es la medianoche de un lunes. Terminamos de definir los detalles de un proyecto editorial en el camino de regreso. En un momento, Juan para la camioneta y me señala un shopping. Es donde fue el incendio, en 2004. Fue pocos meses antes de nuestro Cromagnon y murieron 400 personas. En la oscuridad, detrás de los vidrios mojados, reconozco el edificio que había visto alguna vez por televisión. Juan me dice que está cerrado, pero que se puede entrar. Aunque, aclara, nadie se anima a hacerlo. Los vecinos cuentan historias: dicen que a la noche se escuchan gritos, que las puertas se mueven solas. Por primera vez en mucho tiempo, siento ese miedo que, intuyo, no me va a dejar dormir.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Seguramente Formosa tendrá paisajes muy lindos y buenos surubí.