domingo, 20 de febrero de 2011

Diario de viaje/ Asunción - Día 3

Además de la estación de servicio, un paraguayo en una moto al costado del camino. Tendría mi edad; era alto, musculoso y con un pelo negrísimo que se había peinado hacia atrás. Solo, en medio de una nada modesta, pero nada al fin, crucé mirándolo fijo.
-Me quedé dormido y me pasé de largo –mentí- ¿Sabés cómo hago para volver a Asunción?
En este punto, la crónica podría convertirse en un cuento a lo Daniel Link y podría contar que el tipo me subió a la moto, que lo abracé desde atrás, que volé con él en una ruta guaraní en dirección a una nueva vida.
Pero no.
-Tené’ que tomar el 48 –dijo.
-¿El qué?
-El colectivo 48.
Le agradecí. Apenas pasó el primer colectivo con ese número, levanté la mano. Como estaba curado de espanto, pregunté al chofer si iba a Asunción. Me dijo que no.
-No va a Asunción –le dije al chongo de la moto.
-Ah –respondió-. Es que ése e’ el 48 Lambaré; vo’ tené’ que tomar el 48 Limpio-Lambaré.
Suspiré. Sentía que nunca iba a volver. Miré la moto con cara de lástima. El tipo tuvo que haber notado mi súplica encubierta, porque se acomodó para salir y me saludó.
-Bueno, mi amigo –me estiró la mano-. Nos vemos.
El tipo pisó la moto, la puso en marcha y me dejó, ahora sí, solo de verdad.
Pasaron siete colectivos . Todos eran 48 Lambaré. Cuando vi que llegaba otro con otro número, pero que también decía “Asunción”, salté al medio del camino y le hice señas al chofer.
-¿Va a Asunción? –dije, casi rogando.
-Al centro mismo de Asunción.
El viaje duró 45 minutos. El colectivo iba casi vacío, excepto por un policía que tuvo la paciencia de responderme, cuantas veces le pregunté, si faltaba mucho para llegar.
Me tranquilicé cuando entramos en la ciudad y reconocí el estadio de Libertad, un paint ball y la vieja estación de trenes. Había visto esos lugares el primer día, en medio del silencio tenso que mediaba entre el taxista y yo. Aun así, estuve a punto de pasarme otra vez.
Bajé casi corriendo. Después de caminar unas diez cuadras, por fin estaba de nuevo en mi habitación, reunido con lo poco que reconocía propio: mi mochila y mi libro de Gombrowicz. Había elegido Cosmos para este viaje, pero recién en ese momento sentí ganas de leer. Otro lugar común: el del libro que, cuando lo abrís, funciona como un viejo amigo.
Hoy a la mañana, ni bien me levanté, salí a caminar por una Asunción desierta de domingo, ya sin el calor agobiante del primer día. Me alegré de encontrar una librería abierta. No pude evitar comprar algo de Roa Bastos, pero sumé a Renée Ferrer y los cuentos completos de Josefina Plá. Un día antes había pretendido enriquecer mis conocimientos de cultura paraguaya comprando una película que prometía; decía “Festival de Cannes” y tenía toda la pinta de ser de ésas que dan en el Malba o en el Bafici. Un par de horas después de me ocurrió mirar el título: era “Hamaca paraguaya”, lo único que ya conocía del cine de este país; casi un plano fijo de más de una hora, con pequeñísimo cambios en el encuadre, donde una pareja espera –con monólogos internos en guaraní- el regreso de su hijo.
Al mediodía decidí probar de una vez por todas esas empanadas que están por toda la ciudad. Son bastante parecidas a las nuestras, sólo que más grandes, con más relleno y de forma redondeada. Una empanada te deja satisfecho, pero comí dos (carne y pollo) y las acompañé con la suave cerveza local Pilsen. Acá la comida va con pan tipo pebete, costumbre que preferí pasar por alto.
Los domingos en esta parte de Asunción son para dormir. Caminé por el centro de la ciudad vacía y comprobé que la pulsera de citronella no sirve de nada. Tres días después de llegar, mi batalla contra los mosquitos está perdida. Tengo picaduras en las piernas, los brazos y el cuello. A los pocos que pude ver en pleno acto vampírico, los reconocí de una variedad que no contagia el dengue. Los otros, quién sabe.
Encontré un supermercado. Debe ser una de las excursiones que más me interesan en cualquier país, pero acá no tuvo nada de especial. El 60% de los productos eran argentinos, el 35% brasileños y apenas había algunas bebidas y unos dulces paraguayos. Encontrar un supermercado sin productos locales dice bastante sobre la economía del país. Hoy escuché a una señora que se quejaba de Lugo. Decía que todos lo habían votado porque era cura y en una tierra tan católica esperaban que resultara una especie de Mesías. Al final, dijo, no había hecho nada bueno excepto dejar embarazado a medio Paraguay.
Después del supermercado volví al hostel. Dormí hasta que me despertaron las campanas de la Catedral.
Eran las siete cuando volví a salir. Había llovido mientras dormía; todo estaba húmedo y el calor apenas se notaba. Caminé hacia el río y me volvió a deslumbrar la Casa de Gobierno (tiene otro nombre que no recuerdo) que a esa hora ya estaba iluminada. También encontré un edificio que echa por tierra aquella primera impresión: una imponente, moderna y horrible Cámara de Diputados, con vista al río y al barrio pobre que había visto el primer día. Caminé por un parque junto al río. Oscurecía y el cielo estaba cubierto por pájaros que revoloteaban alrededor de la Casa de Gobierno. Otra vez se escuchaban las chicharras, y los mosquitos aprovecharon lo lindo y tranquilo que me parecía todo para picarme sin que me diera cuenta. Completé el camino hasta la costa, rodee un parque y terminé en medio del barrio pobre. Dudé en entrar, pero ahí estaba la Asunción que quería conocer. Había chicos jugando, casas de chapa y madera, gente sentada en la puerta tomando tereré. Tres cerditos corrían de un lado a otro; el cuarto se había perdido y daba vueltas, chillando. Más lejos, la madre arrancaba pedazos de pasto. De fondo, una música que bien podía ser cumbia, pero sonaba más alegre.
Pasé por el medio de todos sin que nadie me viniera a pedir, a preguntar o a robar. Había escuchado que el gran problema del país era la inseguridad, pero estaba en el medio de un barrio que se parecía mucho a nuestras villas y nadie me miró. Hay pobreza en Asunción, pero los pobres no piden. Cualquier atisbo de limosna tiene que tener una contrapartida: cuidar el auto, venderte unos chicles. Nadie viene y te alarga la mano. Es la diferencia más grande que encuentro con Buenos Aires y la que más perturba, por extraño que parezca.
Otra vez en el centro, volví a comer al mismo lugar del mediodía. Se llama Lido y tiene un sistema muy común acá: una barra circular con señoras que te sirven la comida y te dan la cuenta para que pagues en la caja. Pedí una Pilsen y un lomito relleno. A algún genio local se le ocurrió agarrar una milanesa napolitana (plato muy frecuente), la enrolló y la sirvió como si fuera un canelón de carne relleno de queso y jamón. Inténtenlo en sus casas.
Apenas terminé de comer, otra de esas tormentas de todos los días se descerrajó sobre el restaurante. Caminé debajo de los techos y esperé a que amainara en una esquina.Estaba a una cuadra del hostel, pero no había más techos y el agua caía a baldazos. Cuatro paraguayos -tres mujeres y un hombre- aparecieron de la lluvia y se refugiaron conmigo. Durante veinte minutos los escuché hablar en guaraní. No entendí una sola palabra, pero por primera vez me sentí parte de la ciudad.

1 comentario:

Anónimo dijo...

¡Este viaje va mejor...si no fuera por los mosquitos!