sábado, 19 de febrero de 2011

Diario de viaje/ Asunción - Día 2

Me desperté a las 9 de la mañana con todas las intenciones del mundo de salir temprano para San Bernardino. Pero una voz interior me repitió varias veces que, al fin y al cabo, uno está de vacaciones. La misma voz tuvo la gentileza de acallarse para permitirme dormir otras dos horas.
Ya cerca del mediodía, me costó dejar atrás el recuerdo del recital. El teatro Municipal, un lugar modesto con capacidad para unas 500 personas, estaba lleno. El clima era de fiesta de pueblo: muchos se saludaban desde los balcones de la tertulia, algunas señoras se habían puesto sus mejores vestidos, otros habían ido con sus hijos. El show proponía la reunión de los más grandes maestros del fuelle paraguayo, y sumaba algunas revelaciones como la nena de 11 años y el nene de 6. Si durante toda mi vida había pensado en el acordeón como en el hermano bobo del bandoneón, anoche, con los dos sobre el escenario, eso cambió para siempre. Fue una fiesta inolvidable ver tocar a esos tipos que pasearon por clásicos del chamamé, la polka y otros ritmos que la gente acompañó con aplausos, con gritos sapucay y con ovaciones interminables. El teatro se vino abajo con el nene y su versión rapeada de "El Humahuaqueño", y hubo un murmullo de alegría cuando anunciaron que se venía "un verdadero himno de la música rioplatense: La cumparsita". Es un lugar común decir que la música une a los pueblos, pero eso sentí cuando vi a "mi" bandoneón en esas manos, tocando un tang0 y después un chamamé, el mismo instrumento pasando de la melancolía al fervor de un teatro que hacía palmas y saltaba de felicidad. Y todo había empezado con ese mismo recorrido, con el público y los músicos entonando el Himno Nacional de Paraguay, una canción con una parte tristísima y otra tan alegre que dan ganas de bailar y de ponerse a llorar.
Había pasado una noche y casi toda la mañana, y todavía escuchaba la música. Con ese buen humor a cuestas, salí a buscar mi viaje a San Bernardino. Antes, una parada en un buffet donde por 10 mil guaraníes (9 pesos), comí costillitas de cerdo y una ensalada tipo salsa criolla. Nada para recordar.
Tenía que tomar un colectivo hasta la Terminal y, desde ahí, otro a San Bernardino. Después de preguntar varias veces y hacer un esfuerzo por entender las respuestas, di con el camino correcto.
Ya había intuido que en Paraguay se maneja tan mal como en Italia o Argentina. Pero ese colectivero no sólo tocaba bocina a cada rato, se cambiaba de carril, les pasaba raspando a los demás y frenaba de golpe; además, el tipo iba a una rapidez que asustaría a la mismísima Larissa Riquelme. Un poco por eso y otro poco porque nunca me pareció que estábamos en el lugar que me habían descripto, me pasé de largo y terminé en Altos, un pueblo de una plaza, mucho calor y cinco lugareños que me vieron bajar del colectivo como si acabara de llegar desde algún otro mundo. Otro colectivo, esta vez en sentido contrario, y tras un total de dos horas y media de viaje, el lago Itapacaraí.
San Bernardino es el Punta del Este paraguayo. Es decir, el balneario más top de Paraguay. Queda a orillas del lago y me habían dicho que toda la clase alta de Asunción pasa sus fines de semana ahí. Sin embargo, no había nadie en el balneario. Una playa de césped, el agua tranquila del lago, unos cerros bajos, la colorida bandera del país flameando contra un cielo plomizo que anunciaba otra tormenta.
Cada tanto escuchaba un trueno y controlaba el cielo: los nubarrones estaban a un costado y todavía había esperanzas de que lluvia pasara de largo. Caminé por la orilla hasta un muelle, me acosté sobre la madera, metí los pies en el lago.
Cada tanto miraba la bandera: cuando la vi flamear hacia donde estaba, supe que no quedaba mucho tiempo. Levanté mis cosas y caminé de vuelta a la parada de mi colectivo. Llegué con llovizna.
Subí al primero que decía "Asunción". Le pregunté al chofer si iba a la Terminal; me dijo que no. Con una confianza que en realidad no tenía respondí que no importaba.
El colectivo iba vacío y encontré un lugar para sentarme. A mitad de camino, la lluvia se convirtió en una tormenta tan fuerte como la del día anterior. La gente subía mojada y ocupaba los asientos; después se acomodaron en el pasillo, más tarde ya no hubo lugar y el colectivo era un emplasto de gente chorreando. En un momento hubo que frenar: al costado del camino, una mujer, un hombre, una señora, cada vez más personas ensangrentadas, rengueando, tomándose la cabeza con un pañuelo. Había una mamá con su hijita en brazos. La nena parecía dormida. Un colectivo terminaba de chocar con un camión y los pasajeros recién descubrían que estaban con vida. Tuve un rato largo para mirar la tragedia desde la ventana. El tipo que iba al lado mío me dijo algo en guaraní. Por la manera en que lo decía, parecía ser algo gracioso. Sonreí.
El asiento de al lado cambió de dueño tres veces. Cuando subió una mujer con su bebé le pregunté si ya estábamos en Asunción. Dijo que estábamos en San Lorenzo; que faltaba mucho. Pasamos por una zona muy parecida a Jujuy, con galerías, venta callejera, puestos de comida. Ese mismo escenario se repetiría varias veces. Si hasta entonces la imagen que tenía de Paraguay era la de un lugar sencillo y ordenado, ahora aparecía el corazón de un país latinoamericano. Esas mismas imágenes eran las de El Salvador, las de Once o las de Uyuni. Había mucha gente, mucha agua en las calles, mucha lluvia; no había más pobreza que la que puede haber en el Conurbano, y con la misma naturalidad la gente se resignaba a esperar al próximo colectivo, o subía en el nuestro y se acomodaba como podía.
Cuarenta minutos más tarde, dejamos la ciudad y entramos en una ruta. San Lorenzo me había parecido demasiado grande, así que por las dudas le pregunté a la mujer de al lado si faltaba mucho para Asunción.
En ese español que no termino de entender, me dijo que ya la habíamos pasado.
La miré sin poderlo creer. Me puse de pie y me abrí paso entre la gente.
-¡Parada! -grité.
Si no era por una estación de Petrobras, hubiera creido que estaba en el medio de la nada. Eran las seis de la tarde; ya no llovía, pero empezaba a oscurecer. Se escuchaban las primeras chicharras y los camiones pasaban como fantasmas por el camino. Había viajado dos horas y media desde San Bernardino y estaba en una ruta de Paraguay, a una distancia incierta de alguna ciudad desconocida; muy lejos del hostel, el único lugar que podía conjurar, otra vez, mi existencia en esta parte del mundo.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Estoy por infartarme!

Maestruli dijo...

¡Mi Dios! Lo tuyo sí que es turismo aventura. No sé por qué no te resignás a ser otro miembro más de la CMP.

Enzo Maqueira, dijo...

Porque soy de la CMS (clase media snob). Somos igual de pelotudos, pero comemos más rico.