sábado, 19 de febrero de 2011

Diario de viaje/ Asunción - Día 1

Escribo desde la habitación del único hostel de la ciudad. Por la ventana termina de pasar una tormenta que, aunque igual de fuerte, no mete tanto miedo como las de Buenos Aires. Será porque en Asunción la lluvia trae un alivio todavía más esperado que el de nuestras sudestadas. Acá, aquello de “la ciudad es un horno” parece literal. La temperatura de la tarde fue de 36 grados. Nada que escandalice, pero en la calle no abunda la sombra y uno siente que se va quemando mientras camina.
La primera impresión de la capital del país menos turístico del cono sur es que se trata de una ciudad desordenada, donde los edificios históricos aparecen encajonados entre otros que no dicen demasiado y ninguno peca de ostentoso. Sólo la casa de gobierno, sobre una explanada que da al río, blanca y asentada sobre un pasto verde intenso, reluce y sobresale como si perteneciera al pasado glorioso de un país que supo ser el más desarrollado de la región, antes de que la Guerra de la Triple Alianza lo convirtiera en una tierra sencilla.
Durante los últimos días me preguntaron muchas veces a qué venía. Ensayé diferentes respuestas: a buscar referencias literarias y/o hacer contactos para la editorial fue la que más me cerró. Otra respuesta que quise imponerme fue que quería conocer el país con menor desarrollo turístico de la región, y que el plan incluiría las provincias argentinas de Formosa y Chaco, otros dos territorios olvidados por buena parte de los que vivimos en Palermo City, antiguamente conocida como Buenos Aires.
Cuando subí al avión y me encontré otra vez aferrado al asiento, rezándole a un Dios en el que digo no creer ante cada turbulencia (y el ruido de la cafetera que parece una turbina estallando), me di cuenta que viajo a Asunción porque me gusta viajar, y que me gusta viajar porque es una manera elegante de coquetear con mi siempre delicado equilibrio emocional.
Porque no se trata sólo del avión. Paraguay está lleno de carteles que advierten sobre el dengue, y es sabida mi derrota en la lucha contra los mosquitos. Para darles batalla en terreno enemigo, vengo munido de Off en crema y pulsera de citronella. No sé si me picarán, pero huelo como un desayuno continental.
Apenas anunciaron que iniciábamos el descenso, me atoré el abdomen con el cinturón de seguridad y me pasé medio pote de Off por los brazos, el cuello y la cara. Desde el cielo, Asunción parecía un enorme country lleno de casas y tierra rojiza.
Ya en suelo guaraní, quise hacerme el vivo con el taxista. Me había pedido 90 mil para llevarme al hostel. Le dije que yo era hincha de Cerro Porteño, que me hiciera un descuento.
-Yo soy de Libertad –me dijo.
No volvimos a hablar.
Después de acomodarme en la habitación, fui a dar una primera vuelta por la ciudad.
El calor era insoportable, pero de un nivel de “insoportabilidad” casi literal. La cosa no mejoraba debajo de los árboles, ni adentro del panteón donde descansan los restos del Dr. De Francia, Solano López y otras glorias paraguayas que, como todo en este país, no parecen tan gloriosas puestas en un cajón chiquito y tapados con una bandera. El cajón más grande y mejor ubicado es el del Soldado Paraguayo; es decir, el que representa al tipo común que se sacrificó por el país.
El único alivio es intermitente y sale de los negocios con aire acondicionado. Algunos tienen las puertas abiertas y uno puede quedarse en la vereda y recibir una caricia hermosamente helada. Como todo en la vida, cuando no queda más remedio que seguir camino, la caricia helada se vuelve en contra y es responsable de un contraste que empeora el calor.
La gente no me presta atención. Los miro y descubro que estamos vestidos más o menos igual: sandalias, bermudas, remera. Nadie parece verme como turista, o quizás están demasiado acostumbrados a los argentinos y dan por descontado que soy uno. Cada vez que hablo, pienso que sobre mí se amontona la palabra “curepi” (piel de chancho), que no escuché todavía pero es de lo poco que sé de Paraguay. También sé que la gente habla en español y en guaraní, pero cuando los escucho hablar entre ellos, no logro entender cuál de los dos idiomas están usando. De guaraní, además de "curepi", conozco "rojaijú" (te quiero) y un chiste: "¿Cómo se dice "detective" en guaraní? 'Averiguaré'".
También ésa es una razón para viajar: más de un millón de paraguayos viven en mi país, y apenas si puedo nombrar un escritor (Augusto Roa Bastos), algunos actores y un par de jugadores de fútbol. Pertenezco a una de las naciones que se aliaron para convertir al pujante proyecto de modernización de estas tierras en una república diezmada, y me avergüenza saber lo poco que conozco, y lo poco que todo esto les importa a mis compatriotas.
En música, por ejemplo, no tengo ni idea. En gastronomía, apenas tres referencias: la sopa paraguaya, el chipá, el tereré. Son las tres áreas que más me interesan (dejemos de lado al famoso “paraguayo” que se fuma) y están llenas de signos de interrogación.
Muy poco para alimentar mis sueños de una Patria Grande.
Con esas categorías en la cabeza, los primeros pasos en Asunción incluyeron la entrada a dos librerías (Roa Bastos, líder indiscutido; después, un tal Saguier como primer descubrimiento tardío) y la búsqueda de un buen lugar para comer. Cuando pregunté, un empleado de turismo mencionó la palabra “comedor”. No lo dudé.
La lista estaba encabezada por “Picadito” y seguía con milanesa napolitana, lomo, arroz con pollo y minutas por el estilo. Cuando pregunté por el único plato que no conocía, me dijeron que incluía carne picada, papa y “jugo”. No sé qué me imaginé. Pero el jugo resultó ser caldo, de modo que almorcé sopa de carne y papa, en un mediodía de 36 grados bajo el sol.
Otra vuelta por la ciudad (la imponente casa de gobierno, los modestos otros edificios; un rincón junto al río, una escalera, dos casas de chapa y unos nenes muy pobres jugando en lo que parecía el comienzo de una villa miseria) y el medio picadito (5 mil guaraníes) se evaporó con la citronella antes de que dieran las dos de la tarde. Decidido a probar el chipá, seguí el rastro de olor hasta que di con un local especializado. Acá los chipá tienen el tamaño de una pelota de tenis y tienen queso, pollo, carne y vaya uno a saber qué cosas más. Como la mitad de los nombres son en guaraní, sólo atino a suponer que “Kesu” significa “queso” y pruebo el que debí haber probado hace tiempo, cuando estas bolitas aparecieron por Buenos Aires.
Ya casi muerto de calor, vuelvo al hotel. La noche anterior no había dormido bien y no puedo evitar una siesta. Despierto con la sensación de que me voy a aburrir muchísimo, que Asunción no me gusta y que el calor es demasiado para mí. Además, todo el mundo habla en guaraní y no dejo de tener la sensación de que hablar en español es un esfuerzo que hacen para comunicarse conmigo.
Pero cuando despierto, cerca de las seis de la tarde, llovió y el calor se convirtió en una temperatura agradable. Ya no hay sol y la ciudad se ve de otra forma. De pronto el escenario de mis próximos días se vuelve amigable, tanto que salgo a caminar todavía con llovizna y a tres cuadras del hotel encuentro el teatro Municipal y, para esta misma noche, un concierto que se llama “Fuelles del Paraguay” y que es una especie de Buena Vista Socia Club del chamamé y la polka. La idea es reunir a los intérpretes más importantes de acordeón y bandoneón. Entre ellos, una nena de 11 años y un nene de 6. No conozco a ninguno de los 14 músicos, pero intuyo que puede ser un gran plan para terminar de hacerme amigo de esta ciudad.
Como dice el chiste: "Averiguaré".

6 comentarios:

Nerina dijo...

Repito: Uno de los dos es adoptado!! Espero que con el correr de los días, la ciudad te resulte aún más amigable. Avisame y cualquier cosa, tocamos contactos...

Armando Paredes dijo...

Buen inicio de crónica; coincido con lo de viajar para conocer: yo ni siquiera leí a Roa Bastos; y suerte contra esos mosquitos!

Anónimo dijo...

Muy bueno!dí un paseo por Asunción y su cultura.
Mara Patagónica

Maestruli dijo...

¿Estás haciendo un viaje a Asunción por puro placer? Lo tuyo sí que es raro...

Según mis recuerdos el chiste del detective era "Ya averiguaré", pronunciando "yaveriguaré".

Anónimo dijo...

Hola Soy Pedro + solo quiero saber quien lo invitó a este pobre tipo a venir a Asunción y lo autorizó a opinar sobre nuestra HUMILDE CIUDAD ya que vió solo lo feo porque no salió corriendo si no le gustó.- Punto aparte el gran periodista del Diario ABC o el Diario Mismo que lo alabó por hablar mal de su Ciudad, pues porque no se mudan todos a otra parte que le den mejor trabajo y mejor CIUDAD ? Suerte a todos con su amargos comentarios y pobres conocimientos de respeto y humanidad.-

Enzo Maqueira, dijo...

Pedro, no me invitó nadie. Fui por cuenta propia y por propia voluntad para conocer a mis vecinos. Y si hubieras leído el resto de las crónicas sabrías que mi visión sobre tu ciudad se fue completando y cambiando -como debe ser- a lo largo de los siguientes días. Por otra parte, "humilde" es sólo una mala palabra en la conciencia de los poderosos.