lunes, 10 de enero de 2011

Había una vez...

Lo que más me gustaba era llegar a la parte de "doctor", con esa "r" arrastrada, larga, que nos hacía temblar la boca. Encima, sabía que apenas un segundo después venía "cuatrimotor", cosa de que, si la primera "r" de "doctor" no salía como uno la esperaba, tenías la revancha para escupir la nuca del compañero que se sentaba adelante en la clase de música. Y ni hablar de la vacuna y ese final de "nuna nuna nu", donde todo era una fiesta de pibitos contentos.
También estaba "El reino del revés". No sé la causa, pero nunca pude retener más de dos estrofas de una canción que -ahora lo sé- incluye seis. Tampoco sé el motivo por el cual ya en la salita roja y ahora, treinta años más tarde, recuerdo dos estrofas separadas entre sí. Para mí, el reino del revés sólo tenía "gatos que no hacen miau y dicen 'yes' porque estudian mucho inglés", y un señor llamado Andrés, cuyos 1530 chimpancés eran invisibles, por más que uno los mirara. Resulta que en el medio había un juez, un ladrón, un oso, un perro pequinés y otros seres estrafalarios que preferí ignorar durante toda una vida.
Hay un tema que no canté jamás, por lo menos no cuando debía hacerlo. Sin embargo, lo viví siempre como el mejor "musicalmente hablando". Como no formaba parte del repertorio del jardín, era una especie de mito o secreto a voces. Se llamaba "Twist del Mono Liso" y todo el mundo lo conocía, menos yo. Pagaría porque alguna banda de rock se atreviera al cover y me diera la alegría de escuchar el tema sin culpa y poder seguir el ritmo pegadizo, la escala ascendente, esa poesía onírica que habla de un mono cazador de naranjas "vivas" con frases tan masoquistas como lisérgicas del tipo "La naranja se pasea/ de la sala al comedor/ No me tires con cuchillo, tírame con tenedor".
Del otro éxito de María Elena, "La Reina Batata", tengo un recuerdo menos agradable: era la canción monótona y aburrida que cantábamos exagerando cada vez que aparecía el "ta", quizás en los primeros meses del jardín, cuando entre un chico de 4 años con sueño y un caracol hay casi el mismo pulso vital. Algo similar me pasa con "Manuelita", una canción que siempre me dio tristeza y algo de sueño, y que terminé de odiar cuando hicieron la película.
Hoy supe que María Elena Walsh había muerto. La verdad, no me produjo ninguna pena. Sabía que era una mina un poco amarga y lo había comprobado en una Feria del Libro, cuando pasé por el stand donde firmaba libros y pude ver, al mismo tiempo, lo notorio que hacía su desagrado por ese tipo de eventos y lo mucho que le molestaba que yo le sacara fotos para el diario que estábamos haciendo. Sin embargo, por un momento se me ocurrió pensar qué hubiera sido de mí y de todos nosotros sin esas canciones. Y pensé que me hubiera dolido muchísimo si en los noticieros aparecía una placa roja que dijera "Nunca más se va a escuchar el Cuatrimotorrrr", o "Se perdió para siempre la canción del Mono Liso". Por suerte, nada de eso va a suceder. Seremos varios los que cada tanto vamos a seguir escuchando esas canciones, y los que vamos a pasarla de boca en boca, luchando contra Sapos Pepes o el elefante que se columpiaba sobre una tela de una araña y llamaba a demasiados elefantes que hacían lo mismo con idéntica, pesada, insoportable reiteración. La alegría de saber que las canciones quedan es más poderosa que cualquier muerte. Quizás por eso ella misma iba siempre tan seria: toda su felicidad estaba dando vueltas por ahí, en los jardines, en los colegios, en tipos de más de treinta que, cada tanto, se animan a entrarle al Mono Liso, jabón en mano, bailecito de twist bajo la ducha.

3 comentarios:

Cesar Pado dijo...

Esta vez si, excelente!

Maestruli dijo...

mi relación con María Elena vino más por un LP que por el ámbito escolar. Solamente recuerdo haber cantado "Canción para tomar el té" en la escuela primaria. Me acuerdo la frase "cuidado cuando beba se le va a caer la nariz dentro de la taza y eso no está bien".

Y yo pensaba en mi tía Beba, y no entendía la frase (parece que lo de la nariz caída sí lo entendía). Claro, el verbo beber es una exquicitez literatia para un niño argentino.

Anónimo dijo...

Excelente! Era malhumorada,es cierto,pero hay que considerar que vivía dolorida.
Sos muy buen escritor!
M.G.