miércoles, 19 de enero de 2011

Alguna forma de eternidad

Ayer supe que murió Marina Kogan. No la conocía más que de nombre. Sabía que escribía, que andaba por el mismo mundo que yo. Tampoco recuerdo haberla leído. Sin embargo ahora, que la sé tan lejos, pude seguir el camino de sus dudas, sus alegrías, sus preferencias políticas y su rara enfermedad a través de Twitter. Me enteré que vivió en New York, que tenía novio, que en 2003 había votado a Kirchner y que era hincha de San Lorenzo o, por lo menos, tenía buena onda con el ruso Manusovich, campeón del '95. Siguiendo el rastro de una persona que no conocía, me dolió descubrir que la muerte la sorprendió a los 28 años, pese a que en uno de sus tweets se pregunta si sus plantas la iban a sobrevivir. Para mí, que la desconocí mientras estaba de este lado de la materia, fue un hallazgo encontrarla viva del otro lado, con una foto y sus textos, con la cotidianidad de Twitter como cuaderno de bitácora de su paso por esa vida que, como ella misma escribió, estaba medio en game over. Y los meses sin saber del todo que eran los últimos, siguen plantados en ese mismo espacio donde Marina Kogan todavía es escritora, pero también una porteña que vuelve feliz de la Creamfields, o que tiene que mirar el recital de Mc Cartney por tv digital, porque su novio acaparó el televisor con la Playstation. Ahí quedó para siempre Marina, congelada en su amor al kirchnerismo, en sus recuerdos de New York, en asomar la cabeza por una ventana de hospital.
Será por esa atracción que siento por la muerte que de vez en cuando entro al blog de Gabriel Bañez, que sigue tal cual lo dejó antes de irse. Y también a él lo siento vivo, detenido mientras lo quiera algún ejecutivo yanqui en un post sobre Fernando Peña del 29 de junio de 2009. También está en sus libros, como dice el lugar común. Pero es mucho más Gabriel y menos Bañez en esos textos personales donde no hay señales de muerte, a pesar de que fue él quien eligió el momento.
Otro caso: hace un tiempo atrás, cuando pasaba lista en un nuevo curso, me dijeron que una de las chicas había muerto. La busqué en Internet y encontré su Fotolog. Ahí estaba, con 17 años, saludando a la cámara. Abajo había escrito un texto lleno de errores de ortografía, incoherencias y ese lenguaje indescifrable típico de la época. Nunca tuvo la clase de Expresión Escrita que le esperaba. Tampoco envejeció, ni va a saber qué viene después del primer noviazgo trunco, o cómo los años se van pareciendo tanto entre ellos cuando uno deja atrás la escuela. Jamás supo que del Fotolog ya casi nadie se acuerda, excepto ella, que se mantiene firme en cada imagen, como testigo de un tiempo pasado que se la llevó consigo.
Quizás una de las derivaciones menos esperadas de la tecnología en nuestro tiempo sea la posibilidad de preservación. Como en un museo de pensamientos, emociones y hechos cotidianos, la vida de algunos se mantiene encendida en ese ciberespacio que, por el momento, es el único Más Allá posible. Ojalá ellos también hayan tenido la posibilidad de encontrar alguno de los tantos cielos prometidos. Mientras tanto, hay algo de vida en lo que dejaron colgado en la web. Cosa extraña: parecen más vivos que los que estamos acá.

10 comentarios:

Anónimo dijo...

Hay otra eternidad que no vemos.Por el momento los recordaremos así,dentro de una pantalla.
Pena por los otros,los que se fueron hace mucho,a ellos será solo en la mente de cada uno.

hiloglorieta dijo...

Hermoso texto. A mí me pasó lo mismo en estos días con Marina: pude chusmear su twitter, su blog, descubrirla requeteviva cuando ya no lo estaba. El papel envejece, las redes sociales -por ahora, por estos meses o años, hasta que el diseño y las herramientas cambien y delaten el paso del tiempo- parecen gritar presente presente presente. Eso es lo que impresiona.

Anónimo dijo...

ah! este texto si que te levanta el animo eh???

Anónimo dijo...

Yo tambien lei su twitter y entendi que fue de viaje a NY, no que vivio alli.

Cesar Pado dijo...

Será triste, pero hago exactamente lo mismo.
Hace una semana falleció un amigo en un accidente sobre la Panamericana.
Revisar sus fotos o comentarios me ayudan a creer, inocentemente, que todavía anda por ahí.

vrigiroli@yahoo.com dijo...

hermoso texto. y extrañamente amargo e inquietante, también.
no tengo mucho más que decir, salvo que ahora pienso en estas palabras y en una posteridad que no buscan. Salud.

marie augustine. dijo...

Me entere hace minutos y estuve leyendo en blog. Tu homenaje, que aparte me brindo más información de ella, porque la conocía poco, me pareció el más conmovedor.

sergio rivero dijo...

eternidad, pocas palabras hablan tan solemnemente de algo que no existe, deberíamos llamar a eso que denominamos así "duralidad" o como quieran, la idea es decir "lo que dure el recuerdo", actualizado por lo que sea, un blog o una pintura rupestre. El final es siempre tan azaroso...

Anónimo dijo...

Si no fuera por la insistencia sobre la posición política (¿qué importa, en definitiva, si era o no era kirchnerista?) tus reflexiones serían perfectas. Una escritora que puede ser interesante descubrir. Hacia allá vamos...

c. dijo...

qué lindo texto.