jueves, 30 de septiembre de 2010

En el velorio

-Parece dormido -dice la señora, con esa voz y esos gestos que sólo tienen las señoras en los velorios o en la fila del supermercado.
-De veras -dice la otra.
Y entonces el muerto gira, acomoda una mano debajo de la cabeza, abre un ojito y espía. Se acurruca en el cajón.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Las malas palabras

Una señora de 80 años cuyos hijos fueron torturados y asesinados por militares que todavía siguen en libertad, es una señora violenta porque dice "hijos de puta" o "carajo" en su discurso.
Y se la acusa de anti-democrática porque habla de tomar por asalto la Corte Suprema.
Eso dicen los diarios que en 1976 apoyaron el golpe de Estado.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Mosquitos, una de miedo

Anoche vinieron otra vez. Sé que la frase suena contundente, incluso trágica; sin embargo yo pagaría porque fuera cierta. El "otra vez" tiene la connotación de un espacio temporal sin visitas. Nada más lejos de la realidad.
Éste era viejo, o por lo menos así parecía a juzgar por el zumbido ahogado con el que me despertó a las 2.58 de la madrugada. Hasta ese momento, nada fuera de lo habitual; pero cuando encendí la luz y lo busqué en la pared, la amenaza de un ser hasta ahora desconocido penetró en mi conciencia con una espada de hielo.
Fuera del zumbido, nada era como otras veces. No estaba en la pared azul, ni tampoco junto a la cama, donde suelen esconderse mientras esperan que la luz desaparezca para volver a atacar. No importa cuánto tiempo di vueltas por mi habitación, buscándolo con la zapatilla en la mano. El mosquito no estaba por ningún lado, como si se hubiera esfumado en medio de su vuelo incierto.
Hasta ahí, nada que temer. Pero cuando estaba a punto de volver a la cama, casi convencido de que todo había sido nada más que un sueño, o una prueba de mediana credibilidad de que todo el asunto es producto de mi imaginación, sentí un dolor en el cuello.
Me toqué: tenía dos picaduras justo en la yugular.
Corrí a la cama. Aunque el mosquito ya había hecho su trabajo y era improbable que volviera durante esa noche, armé una cruz con cinco tabletas de Raid que coloqué sobre mi pecho. No tuve el valor de apagar la luz, ni de salir de las profundidades de las sábanas, donde me hundí dejando fuera sólo la nariz. No estoy seguro de haber dormido; sé que el miedo se fundió con el pensamiento, y que Bram Stoker debió agregar a estos insectos en la lista de animales aliados de Drácula. Desconozco por qué incluyó a los vampiros, los lobos, las ratas, las moscas y las arañas, pero no a los mosquitos. Quizás en Transilvania no existan, así como en Buenos Aires jamás escuchamos el aullido de un lobo.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

La semilla es más importante de lo que parece

Pero ése (y no "ece" de "parece", ni tampoco "hece" de "hez" sin "c". ) es un texto al mismo tiempo cursi y real. Se para, por así decirlo, en el aspecto más crudo de la reflexión. Y la semilla está siempre cruda .

martes, 14 de septiembre de 2010

Diferencias entre cursilería, aforismo, lugar común y demás cosas por el estilo

Realismo:
Las pescaderías tienen olor a pescado; las librerías, a libros.

Cursilería:
Las pescaderías tienen olor a pescado; las librerías, a libre.

Cuasi-cursilería:
Las pescaderías tienen olor a pescado; las librerías, a esperanza.

Lugar común:
Las pescaderías tienen olor a pescado; las librerías, a ideas.

Aforismo:
Las pescaderías tienen olor a pescado; las librerías, a libertad.

Texto no literario:
Las pescaderías tienen olor a pescado; las librerías, a hojas de papel hecho a base de pulpa de celulosa.

lunes, 13 de septiembre de 2010

El plan espinaca-rescate

Noto que cuando no como mi espinaca, no tengo tanta fuerza como cuando sí lo hago. Parece una pelotudez, pero si uno lo piensa bien, dicen que el ser humano forja su personalidad durante los primeros tres años de vida. Pues bien, resulta que en esos primeros tres años de vida yo era fanático de Popeye. De modo que sobran los motivos para sospechar que, efectivamente, lo mío tiene alguna chance importante de ser cierto.
El plan es el siguiente: escribir ideas cuando como mi espinaca y escribir el desarrollo de esas ideas cuando no como mi espinaca. Lo hago público porque no tengo -ni con espinaca ni sin ella- suficiente fuerza de voluntad para seguir con esto si no tuviera un robot automático de google espiando que siga adelante.

La primera idea es muy corta para blog y la puse en twitter: http://twitter.com/EnzoMaqueira

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Un mosquito y el Universo

Si fuera un tipo optimista, podría decir que tengo una especie de don: Soy la única persona en todo Buenos Aires que tiene mosquitos todo el año. Podría pensar que esa rara característica se debe a muchos motivos. Por ejemplo, la pared azul de mi habitación donde -dicen- los mosquitos buscan procrear, confundidos con un charco de agua. También puede deberse a un charco verdadero que tengo en la terraza y donde se acumula el agua de la lluvia, el agua del riego y las microscópicas gotas del rocío de cada madrugada, si es que tal cosa sucede en las ciudades. La tercera opción es pensar que los mosquitos me invaden porque tengo una sangre especial para ellos, y que mi sangre les otorga la fuerza necesaria para sobrevivir al invierno. Mi rol en el mundo de los mosquitos sería el mismo que tiene el Sol para los humanos, las plantas y los animales (quizás, también, para los insectos). Eso explicaría, además, que siempre estén girando a mi alrededor.
A pesar de todo, hay algo en los mosquitos que me perturba, y es que desafían mi raciocinio. No me refiero a inteligencia, sino a conciencia. Tener un mosquito en pleno invierno, 5 grados bajo cero, Buenos Aires desaparecida detrás de una bufanda gigante, es una amenaza a la salud mental. No son pocas las veces que pensé que todo era producto de mi imaginación: el zumbido, la luz del velador, ver todo desenfocado, descubrir que me picó en la frente, enfocar de a poco, enfocar mejor, examinar la pared, encontrar las patitas, movimientos sigilosos, buscar la zapatilla junto a la cama, meter la mano como en un guante, esperar, calcular, una sola oportunidad, un golpe seco a las cuatro de la mañana, el dolor en la mano que usé para darle muerte, mis ojos desencajados, sedientos de sangre, un garabato de pelitos rotos contra la pared. Pero esa misma reiteración me llevó a correr aún un poco más los límites de la cordura. Pensé, por ejemplo, que en realidad se trataba siempre del mismo mosquito; que, en medio de mi somnolencia, nunca llegaba a matarlo, y que era siempre el mismo (o la misma, no podemos saberlo) el que aparecía de noche, en la mejor parte del pre-sueño, cuando uno se ve caminando y de repente ¡paf! sentís que caes por una baldosa y uno pega un salto en la cama (a propósito, sentir que me tropiezo en ese instante previo al sueño es una imagen que hace tiempo mi inconsciente reemplazó por otra de similar función, pero preocupante forma: "ver" un tenedor con fideos que llevo a mi boca y despertarme de golpe cuando ¡clank! muerdo el aire). Pero una vez que las paredes de mi habitación estuvieron salpicadas de cientos de mosquitos muertos, no tuve dudas de que el problema era más reproductivo que psicológico. A partir de entonces, vislumbré la posibilidad de que yo fuera quien engendraba los mosquitos. Eso me convertía una vez más en una especie de Sol, o dios, o Universo. Quizás, viniendo a zumbarme de noche, mientras duermo, después de picar, cada mosquito piensa que está pidiendo perdón. Después, se deja aplastar y queda colgado de la pared azul por tantos meses que, para un mosquito, es casi la eternidad.