jueves, 30 de diciembre de 2010

Zelarayán

Era el obstáculo que había que sortear para encontrarse con el director de la carrera. No era una tarea sencilla: había que golpear la puerta, esperar en vano a que el tipo abriera, animarse a asomar la cabeza. Había que mirarlo fijo y preguntarle si Henri estaba en su oficina, y recién después de repetir varias veces lo mismo, el Bulldog giraba y con la mirada furiosa y un vozarrón que destilaba odio o amargura decía que no sin más.
No sé quién de nosotros lo había apodado así, puede que fuera Luciano, Omar o Fabián; pero era la única manera de nombrar a ese tipo que se expresaba -por así decirlo- con monosílabos, que jamás sonreía, que no saludaba a nadie y que no se despegaba de su máquina de escribir en un rincón del último piso en el edificio que la universidad CAECE tenía en la Avenida de Mayo, en donde hacía traducciones de libros cuyos títulos ignorábamos.
Con el tiempo supimos que se llamaba Zelarayán. Estábamos a finales de los noventa, pero a mí ese apellido no me decía nada. La poesía fue siempre un área de la literatura que miré de lejos, como quien intuye que, allá en el fondo, en una piecita oscura, hay una orgía a la que sólo pueden entrar ciertas, particulares, personas. Y aunque alguna vez Henri me comentó que el Bulldog escribía "unas cosas rarísimas que a vos te gustarían", nunca se me ocurrió buscar algo de él. Mientras tanto, con Luciano, Omar y Fabián nos pasábamos los recreos en el baño, charlando de mujeres, de política y de literatura. Los cuatro, a nuestro modo, queríamos escribir. Éramos el grupo más intelectual de una universidad donde no había demasiada gente para compararse. Habíamos hecho una revista literaria y nos enorgullecíamos de haber entrevistado a Bioy Casares. Yo ya tenía bastante claro que quería ser escritor; Omar preparaba sus cuentos completos, mientras nos quemaba la cabeza hablando de las mejores maneras de suicidarse; Luciano escribía una novela que empezaba con un tipo en un kayak; Fabián se preocupaba por los kurdos y, como era mayor que nosotros, nos hablaba del hijo y nos enseñaba algunas cosas que entonces nos parecían absurdas. Nos acordábamos del Bulldog cada vez que se nos ocurría ir a charlar con Henri y entonces nos parábamos del otro lado de la puerta, tomábamos aire y golpeábamos. Y si el Bulldog no estaba nos abalanzábamos al despacho de Henri, que nos esperaba rodeado de libros y se echaba para atrás, suspiraba y se reía con nosotros como si no fuera el director.
Años más tarde entré a trabajar a CAECE. Lo primero que supe, apenas me confirmaron, fue que iba a compartir oficina con el Bulldog. Creo que, si me hubieran dicho que me desollaban vivo, me empalaban, me vestían con una camiseta de San Lorenzo y me dejaban colgado de un poste en la tribuna de Huracán, no hubiera sentido más miedo. Por suerte, Henri se apuró a tranquilizarme: con una sonrisa cómplice, me dijo que el Bulldog iba a la mañana, que yo podía ir a la tarde y que sólo me lo iba a cruzar, un rato, apenas llegara.
Me preocupé especialmente en evitar esa posibilidad. Me esforcé en llegar tarde todas los días, de modo que del Bulldog sabía nada más que por su computadora en un escritorio frente al mío. No había fotos, papeles, ni colillas de cigarrillo. La computadora apagada era la única señal de que seguía trabajando. Y era una señal tan débil que pronto me olvidé de él. De vez en cuando había sobres cerrados con su nombre. Una vez encontré una revista; no sé si era "La guacha" o "El diario de poesía". Fue entonces cuando me acordé lo que me había dicho Henri.
Una tarde, mientras charlábamos con Luciano -que estaba de visita en la universidad- alguien abrió la puerta. Luciano y yo nos quedamos callados, nos miramos. El Bulldog entraba despacio, medio rengueando, en la oficina.
Lo saludé con la misma sonrisa forzada con la que años atrás le preguntaba por Henri. Pero esta vez el tipo nos miró, nos saludó, se quedó parado en medio de la oficina y nos empezó a hablar. Con una energía que jamás le habíamos conocido, con una sonrisa en la cara, con oraciones completas nos contó que había sido periodista, que había ayudado a crear la carrera que nosotros habíamos estudiado, que le habían ofrecido ser profesor, pero se había negado porque estaba sordo. No me acuerdo qué respondimos, o si fuimos capaces de decir algo. El Bulldog se fue como había llegado y con Luciano nos quedamos con la boca abierta.
Con el tiempo, mi entonces aficionada vocación literaria se puso seria y fue imposible no conocer a Cucurto y su poema "Zelarayán"; supe que el Bulldog era una especie de mito para buena parte de nuestros poetas y que sus libros circulaban entre unos pocos, fervientes, admiradores. El nombre de Zelarayán fue borrando el apodo y lo volví a escuchar en boca de Jorge Edwards, que en una entrevista me contó que Ricardo alguna vez había besado a Alejandra Pizarnik. Un día me topé con un libro suyo, Bolsas, publicado por Eloisa Cartonera. Recién entonces, algo así como 10 años más tarde, le pude dar la razón a Henri. Era una cosa rarísima, y me gustaba.
Hace tiempo esperaba el momento de contar esta historia. Si vale tal confesión, me frotaba las manos pensando en el momento en que Zelarayán muriera y pudiera sentarme a recordar, a escribir, a jactarme de haber compartido la oficina con un mito de la literatura nacional. Hoy, cuando supe que se había ido, nada fue como esperaba. Es que entonces no sabía que la historia me iba a doler en serio, que Henri ya no iba a estar para leerla y que mis desencuentros con el Bulldog quedarían tan lejanos, como piezas de un museo donde descansa, también, alguien que dejé de ser mucho tiempo atrás.

1 comentario:

Anónimo dijo...

¡Excelente!¡Qué bueno que está!Que pena haber dejado pasar a un hombre así,quizás por prejuzgar.Seguro que la próxima vez mirarás con más atención.
Mis manos se movieron.
Mara Patagónica