jueves, 11 de noviembre de 2010

Asalto outsider al premio más in

La misión es ir a presentar nuestra editorial. Los soldados: quien escribe, Enzo Maqueira, y Valeria Iglesias. El plan es llegar, clavarse dos copas de vino de un saque, y empezar con la recorrida por cuanto escritor, periodista o viejo conocido se nos cruzara en el rumbo de nuestra lengua suelta. No contamos con la distracción que representan los mozos con bandejas con ceviche, quesadillas y sandwiches de jamoncito crudo y tomates deshidratados, en crujiente y tibio pan tostado. La comida nos hace perder veinte minutos, pero nos justificamos pensando que nos sirve de combustible.
Por suerte, aparecen esos típicos bocaditos de los eventos: redondos, aplastados, temperatura media, sabor a queso viejo, humedecidos por una pasta que podría ser atún remojado en coca cola, palta con chocolate o puré de papel carbónico. No hace falta que nos pongamos de acuerdo: Valeria y yo entendemos que ésa es nuestra señal de largada.
Tengo experiencia en el premio Clarín; además, conozco el Malba. Una rápida mirada me basta para trazar el recorrido. Valeria, que está ahí por primera vez, acepta subordinarse a una posición a pocos pasos. Estoy en la primera línea de fuego; mi cara es la cara más dura de la fiesta, mi sonrisa es indestructible.
Un primer ataque arroja buenos resultados: el poeta Hugo Mujica nos escucha. Hugo (menos parecido a Jorge Telerman de lo que lo recordaba) nos promete leernos con más atención si le mandamos un mail y le explicamos cuál es la propuesta de la editorial. No podemos decir que salimos victoriosos, pero sobrevivimos a la primera batalla.
Ahí nomás vemos a Juan Guastavino, el primero de los autores que van a formar parte de la colección Doble Mano. Juan es finalista del premio por segunda vez y a él –que está mucho más tranquilo que nosotros- acudimos para reagrupar nuestras fuerzas. Juan nos presenta a su familia, nos dice que no se tiene fe, nos habla con ese modo relajado y natural que le envidiamos.
El segundo objetivo es Osvaldo Quiroga, pero parece cercado por tres personas que nunca son las mismas, pero que se renuevan para dar como resultado siempre la misma combinación: señora bien, señor escritor, señora bien entrada en años. Es imposible acercarse, así que lo contacto desde un rincón, a donde nos refugiamos para reavivar el temple con otra copa de vino. Osvaldo siente el impacto de mi mirada, me sonríe; aprovecho esa fugaz caída de la defensa para acercarme, darme la mano, comentarle de la editorial y volver a mi rincón, donde Valeria, de repente asaltada por una señora, no ha podido salir de la trinchera.
La señora es María Inés Krimer y es escritora, además de profesora de Valeria en algún taller literario. Habla con calma, pero hay algo en ella que no nos cierra. Es como si escondiera algo. Empezamos a sentirnos amenazados, pero todavía no entendemos por qué. Apuntamos otra vez nuestras miradas en busca de refugio. Divisamos a Federico Jeanmaire, otro autor de la casa. Hacia él vamos en busca de una palmada en el hombro. No contamos con que también está rodeado: esta vez, quienes lo cercan son Patricia Kolesnicov y Ezequiel Martínez. Estamos en territorio de Clarín y ellos son dos de sus más emblemáticos soldados. Por suerte para nosotros, son de esos soldados que uno quisiera tener en su tropa. Los saludamos a los tres con idéntico afecto.
Aunque están Jeanmaire, Juan Cruz Ruiz, Carlos Gorostiza, Jorge Fernández Díaz, Ana María Shúa, Claudia Piñeiro, Guillermo Martínez, Pablo Toledo y alguno que otro más, los escritores no abundan. Hay muchos editores, gente de prensa de las editoriales y gente de Clarín, pero no es a ellos a quienes buscamos. Durante un rato parecemos estar en una tregua: se acercan Déborah Lapidus y Diego Rojas y conversamos con la alegría de encontrarnos con viejos amigos; reconozco a Marcelo Panozzo, compañero de trabajo de un paso fugaz por la radio en 1996, y le recuerdo aquellos tiempos; saludamos a Claudia Piñeiro; abrazo a Nacho Iraola; beso a Amalia Sanz, a Gabriela Cabezón Cámara, a Paloma Fabrikant. A lo lejos, otro amigo, Néstor Barrón, con sombrero de cowboy. Empezamos a sentirnos cómodos cuando vemos a Gustavo Nielsen. Viene masticando uno de los sandwiches de jamón crudo. Habla poco, quizás por el sandwich que le hincha las mejillas, quizás porque también él nos oculta algo. Le recordamos que nos prometió un texto para Outsider. Nos dice que sí con la cabeza, migas de pan en los labios.
Ese sector del Malba en donde la gente anduvo dando vueltas, saludándose, interrumpiéndose, comiendo, tomando vino (y nosotros mirando, ocultándonos, saliendo al ataque), va quedando vacío. La ceremonia de entrega del premio nos llama desde el auditorio, donde aparecen Canela, los editores de Clarín, los conductores que conocemos de TN, las promotoras paradas como estatuas ¿vivientes? con su impecable cara de orto. También descubrimos a Rosa Montero, a Jorge Aulicino, al ministro Hernán Lombardi.
Empiezan los discursos, los recuerdos, los tangos que canta Soledad Villamil. Los presentadores insisten en generar expectativas; saben que el Clarín es uno de los poquísimos premios literarios donde la pregunta “¿Quién ganó?” no circula como un guiño cómplice entre los invitados. Acá nadie –excepto el jurado y algún que otro peso pesado- sabe quién ganó. Se supone, sin embargo, que el ganador está enterado. Ésa es la lógica que utiliza Juan Guastavino para esperar el fallo con esa tranquilidad que sólo da saberse derrotado de antemano. Antes de sentarnos, le preguntamos el nombre de su novela, cruzamos los dedos por él.
Dejemos de lado el homenaje a Saramago, las palabras siempre simpáticas de Juan Cruz, el discurso entrecortado del señor K. Pasemos al momento en que descubrimos que María Inés Krimer es finalista y se lleva una mención. Sigamos adelante y descubramos que al lado nuestro hay una pareja con otro finalista, que no gana nada pero que se arranca las manos con su mujer, o con su hombre, que estalla de nervios y que no sabemos si es él o es ella, porque los dos están iguales de temblorosos, llorosos, un mismo contener del aliento. Avancemos hasta el instante en que se sabe que la novela ganadora es La otra playa, de Gustavo Nielsen, y en que empezamos a darnos cuenta que todo el tiempo estuvimos rodeados por finalistas, que esos silencios, ese masticar embuchado, esas palabras furtivas, no eran otra cosa que el modo en que los finalistas se habían ocultado del resto de nosotros, de nosotros dos, de editorial Outsider. Sabríamos después que Barrón también era uno de ellos, incluso él, que trataba de distraernos con su sombrero de cowboy.
¿Seríamos también nosotros finalistas? ¿Habíamos caído en algún tipo de emboscada? Son dos preguntas que no nos hacemos cuando todo termina. Sólo atinamos a pensar que el premio Clarín funciona como queremos que funcione Outsider: un puente entre el afuera y el adentro; un toque mágico que te lleva desde la marginalidad hasta los quince mil lectores de la primera edición. No aspiramos a tanto; nos conformamos con alentar a esos finalistas y contarles que somos su premio consuelo. La resignación de unos y de otros se lleva mejor con una copa de champagne en la mano.
Queda la alegría por Nielsen, que además de prometernos su texto es un tipo que escribe bien, que provoca desde el talento, que se dio el gusto de atender el celular en medio de la entrega y mientras Rosa Montero decía sus palabras y que nos obligó a todos a un minuto de silencio por Fogwill, otro tipo que sabía provocar desde el talento. Queda la alegría de verdad por acordarnos de Fogwill y por verlo a Nielsen contento, y por imaginar si Fogwill esta vez no hubiera puteado como puteaba siempre que iba a una entrega de premios. Queda la alegría por Nielsen, una vez más. Y otra.
El combate del Malba termina cuando el campo de batalla se empieza a vaciar. La cosa se traslada al patio, pero para eso hay que atravesar las mesas del bar, pasar a una luz más tenue, ponerse en modo de after office y darle otra onda al asunto. Preferimos retirarnos a tiempo por aquello de “soldado que huye…”. Sonrisa, paso calmado, últimos saludos; nos acercamos a la salida, nos dan de regalo una bolsa, una caja, un libro de Saramago. Un último trago, murmullo de voces, la puerta de vidrio. La noche sobre Figueroa Alcorta, el aire fresco.
Pasaron tres horas y estamos afuera otra vez.

5 comentarios:

La Kampora dijo...

tanto criticas a Clarin y terminas yendo a sus fiestas?
medio careta la verdad, no lo entiendo.

Enzo Maqueira dijo...

Si yo no fuera careta, sería del PO. Lo mío es pragmatismo, no idealismo. Abrazo.

Maestruli dijo...

Vaya! Este rosa viejo en el blog realmente me sorprendió! A qué se debe? Mi vista agradecida, porque ese leer letrita blanca sobre fondo negro ya me dado más de un dolor de cabeza.

El relato del premio Clarín de novela es de novela. Bah, aunque con toques de revista Paparazzi: hablando de todos los escritores como si fueran estrellas mediáticas o viejos conocidos...

Felicitaciones por lo de la editorial!

La Kampora dijo...

Entonces nosotros captamos mal tu mensaje. Abrazo para vos.

cuentos cortos dijo...

La foto de Anna Karina ya fue un buen comienzo, el post lo confirmó.

Saludos!!