lunes, 18 de octubre de 2010

Una tarde en la FLIA

Andaba en busca de lo que escriben los que tienen mi edad, pero quería leerlos en libro, sin ningún .com que se interpusiera entre nosotros. Esa necesidad de volver al papel impreso surgió de una reflexión no demasiado profunda que, días atrás, habíamos compartido con una colega que anda por los treinta y pico: ninguno de nosotros somos nativos digitales, sino una especie de turistas americanos que se quedan a vivir en algún lugar donde abunde el buen clima, las puestas de sol y los tragos con ron y frutas. De modo que el blog, las revistas electrónicas y todo lo que se invente, viene desdibujado con la nostalgia por una patria de papel impreso que tuvimos que abandonar.

En eso andaba cuando vi unos afiches de la FLIA, la feria del libro independiente que este fin de semana se hacía en la imprenta Chilavert, recuperada por sus trabajadores. Era 17 de octubre, había sol, quedaba camino a la cancha de San Lorenzo... El cosmos me había servido la feria en bandeja por primera vez, después de años -o meses- de ver sus siglas en facebook, en el blog de los muchachos que escriben, en afiches que algunos nostálgicos pegaban sobre la cara de Montaner.
Me subí al auto y enfilé para esos lados. Avenida La Plata al fondo. A una cuadra de donde doblo siempre que voy a la cancha, la calle Chilavert. Enseguida, los hippies.
Hacía tiempo que no veía a tantos juntos. Las señas particulares eran las de siempre: barba, nudos en el pelo, olor a porro y cerveza, pantalones anchos en la gama de los colores primarios, calzado inexistente y su consecuencia más visual en las plantas de los pies ennegrecidas. Estaban sentados en el medio de la calle, atrás de sus mantas o en sillas de plástico. Y cuando paseaba entre ellos, con ese paso errante que uno adopta en las ferias, dejaban la conversación con su hippie vecino (o con los hippies de otras mantas que habían llegado desde los extremos de la feria para compartir la cerveza) para decir lo que se suele decir en esos lugares: "podés levantar", "podés mirar", "podés preguntar". Nada que no se consiguiera en Plaza Francia o en Tilcara.

Siempre me sentí a gusto con esos muchachos, a pesar de que a mí lo hippie no me sale de ningún modo (juro que alguna vez lo intenté) y que me reconozco un poco culpable por no ser uno de ellos, además de sentirme algo señalado. Sé que cuando me paro frente a uno de sus puestos me miran con la misma actitud con la que yo boludeo a una estudiante de marketing que dice "sory" y que vota a Gabriela Michetti "porque me cae bien". Sé que mi peinado, mi ropa, incluso este texto, graba sobre mi cabeza el mote de "careta", "cheto" o como quiera que le digan a la gentuza como yo. Y tienen un poco de razón, por más que la cerveza, el porro, los íconos de la izquierda y los libros que nos gustan leer sean tan suyos como míos. Por más que le encuentre mucho más sentido a su feria de Pompeya que al festival Buen Día en Palermo.

Pero dejemos la introspección -que eso también es de hippie- y pasemos a los libros:

En un puesto, Eloisa Cartonera con sus ya míticas publicaciones de cartón reciclado. Los nombre son más o menos los de siempre, ese segmento donde se unen los emergentes con los que salen en los suplementos de cultura, o donde unos se convierten en otros: Cucurto, Aira, Bizzio, Bruzzone, Fogwill. Por el momento, nada de lo que buscaba.
En otro puesto, libros de gente que no conozco, de editoriales que nunca escuché nombrar. Es probable que fuera eso lo que buscaba, pero no siento LA VOZ y tampoco.
En otros, autores y editoriales de los que tengo alguna referencia: Pánico al Pánico, Blatt y Ríos, Gog y Magog, Entropía. Hago una parada para saludar a Damián Ríos. Con su metro noventa de altura y su pelo larguísimo (pero, sobre todo, con la actividad que viene desarrollando hace años en ese mundo) bien puede encarnar a algún tipo de Mesías. Hojeo sus libros y le compro uno: Yo era una mujer casada, de César Aira. El primer libro y ya me tergiversé las intenciones. Aira tiene 60 años y lo vengo leyendo hace rato, como supongo casi todos los que estamos en ese lugar.
Completo la primera vuelta. Descubro que un viejo conocido del edificio donde crecí es uno de los organizadores de la FLIA. Charlamos, por primera vez, sin la incomodidad de los ascensores. Tampoco nos preguntamos por mis padres, su hijo, su esposa, el piano, los perros. Y nos despedimos con un beso.
En una mesa hay un libro que tampoco se ajusta a mis intenciones, pero que venía buscando -para ser cortazariano- "sin saberlo". Marc, la sucia rata, de José Sbarra. A Sbarra lo conocí cuando yo tenía 12 años y él era el guionista de un programa de televisión en donde -dios me perdone- pretendía hacerme famoso. Hace un par de años supe que además de guionista el tipo era escritor, y que había muerto en 1996. También supe que cuando se habla de la liberación en los ochenta, de los tipos que se picaban heroína en el Parakultural, de la merca, de los primeros travestis, del Sida y de la policía parándote por tener cara de drogadicto, se habla de José Sbarra. Marc, la sucia rata, es algo así como un documental sobre los ochenta más punkies y oscuros. Alguien en la FLIA me dice que es una obra un poco adolescente, también me dice que es uno de los libros más vendidos en ese circuito. Lo empecé a leer y creo que tiene razón con lo primero. Sbarra estaría contento.

En un extremo de la feria lo encuentro a Funes. Que esté ubicado casi en el límite con la parte de la calle donde el mundo sigue no debe ser entendido como una marginación para otro que tampoco tiene pinta de hippie, aunque lo de Funes es más deportivo. Ese, el comienzo de todo, es un buen lugar para un tipo que pasa gran parte de su vida llevando por otras tierras su escuela de encuadernación y un sistema para hacer libros con tarjetas postales, fotocopias, un poco de plasticola y todas las ganas del mundo. Su editorial, la Funesiana, es un emblema nacional. Y su empuje es uno de los motores en las iniciativas de la literatura independiente, emergente o "joven guardia". Además, el tipo se fue a Alemania a jugar contra una selección de dramaturgos teutones. De su golazo (que me cuenta con detalles mientras, adelante, dos tecladistas tocan una música muy serú giran) y de cómo los dramaturgos argentinos cagaron a patadas a los alemanes, sabrá algún día Diego Armando Maradona, vengado en Frankfurt por el 4-0 del Mundial.
A Funes no le compro nada porque ya tengo mucho de él (incluso una posición en la cancha, "tirado al medio", que una vez sugirió gracias a mi "poder de quite") a pesar de que lo que iba a buscar seguro estaba escondido detrás de las tapas sobrias de la Funesiana.
En cambio Levin, sentado en una mesa detrás de los libros de los muchachos de Ensayos en vivo (conocidos por Ensayos en libro cuando la cosa viene impresa), me obliga a que le compre. Antes de mirar los títulos saludo a Levin, cuya barba rojiza creció hasta adquirir una forma digna de algún personaje de El Señor de los Anillos. Me llevo unos ensayos sobre fútbol que pienso regalarle a un amigo que, domingo de por medio, sufre conmigo la mediocridad de nuestro San Lorenzo.
Otro hallazgo: una revista de periodismo independiente en serio, que se llama Qué y está llena de buenas ideas y mejores intenciones. Compro la colección completa, tres números que hablan del periodismo, de la libertad y del "colectivo" (no el transporte, sino el concepto).
Recorro la feria una vez más, por las dudas. En esta tercera vuelta encuentro pins del Che, películas del repertorio peronista, remeras estampadas y a Naty Menstrual, que está rodeada de un grupito de chicas que le escuchan las anécdotas. Siento que podría quedarme la tarde entera dando vueltas alrededor de los mismos puestos, y que toda la literatura que fui a buscar va a seguir escondiéndose de mí porque está en tantas partes que es imposible de encontrar. Al mismo tiempo, me arrepiento de no haber ido antes a la FLIA y, mientras camino de vuelta al auto, me prometo volver a pisar ese lugar con mis pies (las zapatillas Nike, en realidad) en el próximo encuentro. Quizás, quién sabe, podría tener un puesto de chetos que también escriben, que también compran papel Ombú, que la birra la toman del pico y que aprenden con algo de nostalgia de las ganas de hacer que tienen los hippies. Un puesto de chetos que alguna vez quisieron ser hippies, pero que se quedaron en casa, leyendo.

7 comentarios:

vicki dijo...

José Sbarra... era un ídolo para nosotros. Justo justo no vi el stand en el que estaba Marc.

ELSA CICUTA dijo...

Bienvenido a mi!

Enzo Maqueira dijo...

Es que me compré el último... Je (Ramón dixit).
Elsa Cicuta, un placer encontrarla rodeada de todos sus cerdos y todos sus peces. No comparto la idea de que Julio y Sbarra son antagónicos. Sino, no me hubieran gustado Rayuela y Marc con la misma intensidad. O seré yo el raro. Abrazo.

Julian Santibañez dijo...

maqueira, usted es raro

plug dijo...

Viva los raros!Por otra parte, como me senti identificado. Hablo de la instrospecciòn, de visitar la FLIA y eso que me pasa ami tambien.
Y me encantaria verle las caritas a los hippies si entrara Marc a la FLIA (en mi imaginario).
Bueno genial y basta de flores

Anna dijo...

Me incluyo en la secta de los raros, entonces, porque yo también soy hippie frustrada y ayer terminé de leer Plástico Cruel y todavía me dura la resaca... yo que pensé que con Marc ya no me llegaba más nada.
Me encantó su artículo sr Maqueira! Hasta la próxima.

Azug dijo...

Buenas, Enzo, si querés ver en qué andan los de tu edad y publican en editoriales independientes, podés pasarte por El fin de la noche (www.elfindelanoche.com.ar). Obviamente, paso mi chivo, ahí está publicado mi libro de cuentos "Lo único importante en el mundo".
La próxima FLIA, si mal no recuerdo, será el 8 de diciembre.
Saludos!