viernes, 8 de octubre de 2010

Un tipo con suerte

Leí Pantaleón y las visitadoras en Londres, durante el tiempo que pasé allá estudiando inglés. Fue mi primer encuentro con la literatura del ahora premio Nobel y tuvo que darse bien a su estilo: en Londres, pero rodeado de latinoamericanos. Si existiera un modo "a lo Vargas Llosa" de leer sus novelas, sin dudas sería ése. Es como leer a Borges en una biblioteca, o a Julio en un departamento de París, con jazz de fondo.
Desde Pantalón... hasta La fiesta del Chivo, pasando por La tía Julia y el escribidor, La casa verde, Conversación en la catedral y hasta los cuentos "Los jefes" y "Los cachorros", encontré siempre a un escritor lleno de recursos que, al mismo tiempo, tuvo siempre una envidiable facilidad para contar historias. Varguitas a los veintipico ganando el premio Seix Barral, fue durante mucho tiempo un mito que sólo pudo derrumbar Gonzalo Garcés (quien hoy estará pensando -con no poca razón- que en unos años también le toca el Nobel). Ni hablar del Vargas Llosa en la mesa de Gabo, de Julio, de Fuentes y de Donoso, cuando los cinco funcionaban como la Liga de la Justicia de finales de los sesenta. O del Mario que le cruzó una trompada a García Márquez con la misma pasión con la que, años atrás, había escrito sobre él.
Por eso y a pesar de que escuchar a Vargas Llosa en sus habituales "reflexiones" neoliberales en la CNN es casi tan repulsivo como lamer la suela del zapato de un sepulturero, creo que no hay un Nobel de literatura más merecido por estas tierras. En otras, quién sabe.

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