viernes, 29 de octubre de 2010

Un epílogo para Néstor Kirchner

Les devolvió a las madres de los desaparecidos la esperanza de que los asesinos de sus hijos no iban a morir impunes. A las abuelas les dijo que tampoco ellas iban a morir sin saber en dónde estaban sus nietos secuestrados por esos mismos asesinos.
Le dijo al presidente de la nación más poderosa de la Tierra que, esta vez, la Argentina no iba a aceptar tener relaciones carnales en donde sólo una parte gozaba y la otra lloraba en silencio, la cara llena de golpes. Y al mismo tiempo se acercó a otros países de América latina para demostrar algo que cualquiera podía suponer: que la unión hace la fuerza, que la patria es Patria Grande, que nos une algo más que un mismo idioma, mismos dolores, misma esperanza.
Se sacó de encima al Fondo Monetario, pagando una deuda que nos obligaba a agachar la cabeza y seguir "recetas" que siempre tenían el mismo sabor amargo.
Apostó por la nacionalización de todo lo que era privado, porque creyó que el Estado era mucho más confiable que empresas que no pueden ser elegidas o desechadas en las urnas, ni responden a otro poder más que al mandato del dinero de unos pocos. Así les devolvió la esperanza a los trabajadores que durante dos décadas habían quedado a merced de la decisión de esos pocos, y que debieron soportar despidos, recortes, quitas, pérdidas, la reducción de la dignidad a la necesidad básica de conseguir trabajo. También generó ese empleo, a pesar de que siete años atrás, cuando salíamos del infierno, esa palabra amenazaba con su ausencia a poco menos de la mitad de la población.
Se peleó con la Iglesia, harto de la hipocresía. Y con la misma virulencia luchó contra los medios de comunicación que apoyaron a la dictadura, que le echaron la culpa a "la crisis" por las muertes de Kosteki y Santillán, que prefieren a Ricardo Fort antes que a José Pablo Feinmann, a Godard, a Julio Cortázar; que proponen juegos idiotas conducidos por idiotas modelos, en lugar de los documentales de Encuentro o el ciclo de cine de grandes directores que todas las noches se ve por canal 7.
Nos devolvió el fútbol, el deporte más popular que, sin embargo, sólo podían ver algunos acomodados. Y la plata de los jubilados la puso otra vez en manos del Estado, porque el Estado es de todos y las AFJP son de esos mismos pocos que se quedaron con todo.
Armó una Corte Suprema tan independiente que muchas veces atentó contra sus propios intereses. Y aunque eso le generó disgustos, estuvo orgulloso de llevar a jueces capaces de analizar con autoridad la despenalización del aborto y del consumo de drogas. Acompañó iniciativas para generar una sociedad más justa e igualitaria, y por eso apoyó el casamiento entre personas del mismo sexo, la jubilación para amas de casa, el aumento a los jubilados, el respeto al derecho de manifestar sin ser sacado a tiros por la policía.
Mientras el modelo anterior se desmoronaba prometiendo un derrame de riquezas que nunca llegó, propuso a los obreros que vuelvan a las calles, que tomen las banderas perdidas, que recuperen el derecho a exigir, a reclamar, a luchar desde la justa certeza de que son más lo que menos tienen. Les dijo que recuperaran viejas conquistas y, con eso sólo, fue suficiente para poner en marcha algunos sueños que habían quedado sepultados.
Hizo bajar la foto de dos genocidas del muro de las figuras destacadas de nuestras Fuerzas Armadas. Hurgó en el pasado y nos recordó que muchas palabras impresas se escribieron en papeles manchados con sangre, y que los genocidas no actuaron solos, sino junto con empresarios, con periodistas, con gente bien y con el apoyo de la Sociedad Rural que también combatió, porque nunca creyó en esos señores que dicen ser del campo argentino, pero negocian con la mirada puesta en los centros económicos de otros países del mundo.
No hizo la reforma agraria, ni mandó a matar a los asesinos sueltos, ni usaba una barba larga; tampoco inventó nada nuevo, ni mucho menos revolucionó el país para sentar las bases de una nueva sociedad; estuvo lejos de ser puro, de ser santo, de ser intachable. Lo que hizo Néstor fue apenas lo que había que hacer, lo que siempre hubo que hacer: plantarse ante el poder de los países negreros, aliarse en la humildad con los países hermanos, ponerles límites al poder de unos pocos, recuperar la identidad de los nadies, exigir juicio y castigo a los asesinos, a los cómplices de esos asesinos, a los que siempre miraron para otro lado y dijeron "yo no fui", creyéndose inocentes. Hizo apenitas lo obvio, lo justo, lo necesario.
Lo curioso es que no lo había hecho ninguno antes que él, por lo menos no en los últimos treinta y cinco años, y por eso (sólo por eso, ¿tan mal estábamos que tan poquito nos hizo tanto bien?) el que murió fue un hombre grande, un hombre irremplazable, un mito que habrá que levantar por encima de nuestras cabezas, apenas y nada menos que como un faro que nos marcó el camino de regreso hacia el orgullo de ser argentinos.

2 comentarios:

El Chino dijo...

Excelente. Cuando me tocó utilizar mi espacio para opinar del tema, la hipócrita manifestación gorila fue más fuerte que yo, evitándome realizar un balance político, y en cambio escupir toda esa bronca que me generó.

Aclaré que cuando calmara mi furia, realizaría el correspondiente balance, y con algunos pequeños detalles más, detalles menos, lo que escribiste sintetiza casi perfectamente lo que hubiera querido escribir.

Nuevamente, excelente, te invito a que pases por casa también.

Tomás

Enzo Maqueira dijo...

Pasé por tu casa. Comparto lo que decís. Abrazo.