miércoles, 8 de septiembre de 2010

Un mosquito y el Universo

Si fuera un tipo optimista, podría decir que tengo una especie de don: Soy la única persona en todo Buenos Aires que tiene mosquitos todo el año. Podría pensar que esa rara característica se debe a muchos motivos. Por ejemplo, la pared azul de mi habitación donde -dicen- los mosquitos buscan procrear, confundidos con un charco de agua. También puede deberse a un charco verdadero que tengo en la terraza y donde se acumula el agua de la lluvia, el agua del riego y las microscópicas gotas del rocío de cada madrugada, si es que tal cosa sucede en las ciudades. La tercera opción es pensar que los mosquitos me invaden porque tengo una sangre especial para ellos, y que mi sangre les otorga la fuerza necesaria para sobrevivir al invierno. Mi rol en el mundo de los mosquitos sería el mismo que tiene el Sol para los humanos, las plantas y los animales (quizás, también, para los insectos). Eso explicaría, además, que siempre estén girando a mi alrededor.
A pesar de todo, hay algo en los mosquitos que me perturba, y es que desafían mi raciocinio. No me refiero a inteligencia, sino a conciencia. Tener un mosquito en pleno invierno, 5 grados bajo cero, Buenos Aires desaparecida detrás de una bufanda gigante, es una amenaza a la salud mental. No son pocas las veces que pensé que todo era producto de mi imaginación: el zumbido, la luz del velador, ver todo desenfocado, descubrir que me picó en la frente, enfocar de a poco, enfocar mejor, examinar la pared, encontrar las patitas, movimientos sigilosos, buscar la zapatilla junto a la cama, meter la mano como en un guante, esperar, calcular, una sola oportunidad, un golpe seco a las cuatro de la mañana, el dolor en la mano que usé para darle muerte, mis ojos desencajados, sedientos de sangre, un garabato de pelitos rotos contra la pared. Pero esa misma reiteración me llevó a correr aún un poco más los límites de la cordura. Pensé, por ejemplo, que en realidad se trataba siempre del mismo mosquito; que, en medio de mi somnolencia, nunca llegaba a matarlo, y que era siempre el mismo (o la misma, no podemos saberlo) el que aparecía de noche, en la mejor parte del pre-sueño, cuando uno se ve caminando y de repente ¡paf! sentís que caes por una baldosa y uno pega un salto en la cama (a propósito, sentir que me tropiezo en ese instante previo al sueño es una imagen que hace tiempo mi inconsciente reemplazó por otra de similar función, pero preocupante forma: "ver" un tenedor con fideos que llevo a mi boca y despertarme de golpe cuando ¡clank! muerdo el aire). Pero una vez que las paredes de mi habitación estuvieron salpicadas de cientos de mosquitos muertos, no tuve dudas de que el problema era más reproductivo que psicológico. A partir de entonces, vislumbré la posibilidad de que yo fuera quien engendraba los mosquitos. Eso me convertía una vez más en una especie de Sol, o dios, o Universo. Quizás, viniendo a zumbarme de noche, mientras duermo, después de picar, cada mosquito piensa que está pidiendo perdón. Después, se deja aplastar y queda colgado de la pared azul por tantos meses que, para un mosquito, es casi la eternidad.

1 comentario:

vicki dijo...

me pregunto si los mosquitos sabrán de sus eternas revoluciones en torno tuyo y dirán que su sistema maqueiral (en vez de solar) es sólo uno de los universos posibles.