lunes, 20 de septiembre de 2010

Mosquitos, una de miedo

Anoche vinieron otra vez. Sé que la frase suena contundente, incluso trágica; sin embargo yo pagaría porque fuera cierta. El "otra vez" tiene la connotación de un espacio temporal sin visitas. Nada más lejos de la realidad.
Éste era viejo, o por lo menos así parecía a juzgar por el zumbido ahogado con el que me despertó a las 2.58 de la madrugada. Hasta ese momento, nada fuera de lo habitual; pero cuando encendí la luz y lo busqué en la pared, la amenaza de un ser hasta ahora desconocido penetró en mi conciencia con una espada de hielo.
Fuera del zumbido, nada era como otras veces. No estaba en la pared azul, ni tampoco junto a la cama, donde suelen esconderse mientras esperan que la luz desaparezca para volver a atacar. No importa cuánto tiempo di vueltas por mi habitación, buscándolo con la zapatilla en la mano. El mosquito no estaba por ningún lado, como si se hubiera esfumado en medio de su vuelo incierto.
Hasta ahí, nada que temer. Pero cuando estaba a punto de volver a la cama, casi convencido de que todo había sido nada más que un sueño, o una prueba de mediana credibilidad de que todo el asunto es producto de mi imaginación, sentí un dolor en el cuello.
Me toqué: tenía dos picaduras justo en la yugular.
Corrí a la cama. Aunque el mosquito ya había hecho su trabajo y era improbable que volviera durante esa noche, armé una cruz con cinco tabletas de Raid que coloqué sobre mi pecho. No tuve el valor de apagar la luz, ni de salir de las profundidades de las sábanas, donde me hundí dejando fuera sólo la nariz. No estoy seguro de haber dormido; sé que el miedo se fundió con el pensamiento, y que Bram Stoker debió agregar a estos insectos en la lista de animales aliados de Drácula. Desconozco por qué incluyó a los vampiros, los lobos, las ratas, las moscas y las arañas, pero no a los mosquitos. Quizás en Transilvania no existan, así como en Buenos Aires jamás escuchamos el aullido de un lobo.

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