lunes, 30 de agosto de 2010

la edad del faso IV

Esta historia empieza con una escena: ella, borracha, en sus rodillas, mientras buscan temas en you tube. Cantan Across the universo y Because. Tararean la música de El Exorcista. Al principio le parece que la petisa canta muy bien. Lo sorprende el timbre, la capacidad para “colocar” la voz. Un rato después, piensa que canta horrible y que su canto casi orilla (sí, "orilla") con el ridículo. Sin embargo, no puede dejar de pensar que es él el equivocado. No importa si canta bien o no; lo que importa es que, en una situación como ésa, ningún comportamiento puede juzgarse ridículo. Están los dos borrachos (ella lo dice todo el tiempo) y las reglas del mundo ordinario no deberían aplicarse.
- Estoy borracha –dice una vez más.
Pastilla le dice que esa frase retumba en su cabeza "siempre con la misma connotación". Usa ese tipo de palabras, a pesar de que cualquiera que lo viera podría pensar que es uno de esos tipos que no saben diferenciar si "disyuntiva" es una palabra o un boliche de Palermo. De todas formas, la petisa no responde. Pastilla agrega que, si ella insiste con advertir su estado etílico, va a tener que aceptar que está buscando que se la cojan. Ella parece no escuchar. Manda un mensaje de texto mientras él habla, espera, sonríe, repite.
-Ya le avisé a mi patovica –dice la petisa.
Pastilla pasa por alto ese comentario, cuyo origen y finalidad ignora por completo. Lo único que le importa es explicarle una vez más que si una mujer dice que está borracha, desea sexo. Usa esas palabras exactas. Ahora sí la petisa parece estar en la misma sintonía y le da la mano para cerrar el trato.
You tube se cuelga, o se cuelga el servicio de Fibertel que -digan lo que digan- es tan falible como todos los demás servidores. Desaparecen las canciones, el Facebook, Twitter y la página de Clarín. Por suerte, hay un jueguito en ese computadora. Para resumir, se trata de una granja. Hay que hacer que la granja funcione, mientras el hombre de la casa manda cartas para decir que en cualquier momento viene para casarse. ¿Están listos los chanchos? ¿Pintaste la puerta del establo? La petisa le da maíz al cerdito, corta el pasto, construye dos paredes de la futura casa de enamorados. Dice que la computadora se transformó en una adicción. Con Internet o sin Internet, hay que estar atornillado al sillón, los dedos sobre el teclado, escribir cualquier cosa, no importa para quién ni para qué. Mientras habla, Pastilla piensa que tiene dos modos de intentar que repita la frase:
a) El camino estúpido, es decir, pedirle que la diga e insistirle con el tema creyendo que, en algún momento, se le va a “escapar”.
b) El camino aconsejado: hablarle de cualquier otra cosa, de modo que se distraiga y lo repita sin darse cuenta. Algo así como una actualización de "Ni sí ni no, ni blanco ni negro" que jugaba cuando era chico y con un amigo tenían que esperar, encerrados en el auto y con 38 grados de ventanas cerradas, que su mamá terminara con el reparto de ensalada rusa light.
Tardó tres segundos en poner en marcha el segundo plan.
- ¿Y cómo es este juego? –preguntó, como-quien-no-quiere-la-cosa.
-Tenés que mantener la granja en funcionamiento hasta que viene tu amor a casarse.
- Ah. Qué juego raro.
- Sí.
-¿Te divierte?
-Más o menos.
-¿Y por qué lo jugás?
-Porque sí.
-¿Porque sí?
-Sí.
-Mirá vos qué buena explicación…
-Bueno, es que estoy muy borracha.
¡Te agarré!
Pastilla le apoyó una mano en la espalda, levantó la tela, metió un dedo en dirección al corpiño. Una buena música para ese momento hubiera sido la de Joe Cocker, siempre y cuando no quisiera innovar demasiado. Con la mano abierta en la espalda de la petisa, se acercó para echarle el aliento en la nuca. Ella, alimentando al cerdito.
-¿Y? –preguntó Pastilla.
-¿Qué?
-El trato.
-¿Qué trato?
La petisa no se acordaba del trato. Se basaba en una cuestión por completo inobjetable: "estamos borrachos". Pastilla sabía que todo era falso, pero reconoció para sí mismo que algunas mentiras hay que aceptarlas por una cuestión de respeto con el tema que se pone sobre el tapete. Otro ejemplo: "No puedo ir porque tengo que estudiar".
En otro momento, Pastilla hubiera insistido. Pero en ese momento prefirió poner en tela de juicio la poca fiabilidad que, a partir de entonces, tendría cualquier trato con la petisa. Le dijo eso mismo, tal cual, y también que lo había decepcionado, que ella era una mina de palabra, que a partir de entonces no le iba a creer nunca más cuando le diera la mano y le dijera trato hecho.
La petisa pareció a punto de enojarse. Se podría decir que meditó el arrepentimiento. Pastilla empezaba a desabrocharse el pantalón cuando sonó el timbre.
-¡Es mi patovica! –dijo la petisa y saltó de la computadora como expulsada por una cama elástica.
Corrió a atender el portero eléctrico.
-Ya bajo -dijo.
Se dio vuelta, miró a Pastilla a los ojos. Le pidió que actuara con naturalidad. Que saludara y se fuera, así nomás.
-¿Le tengo que dar la mano o sólo saludo?
-Como quieras.
Pastilla se puso la campera de cuero negra, la gorra Nike, se abrochó el pantalón. Trataba de imaginarse cómo sonaría la trompada contra su mejilla. Pensó que era una noche fresca, que con frío los golpes duelen un poco más. Al otro día era sábado y tenía boliche. Iba a tener que maquillarse, o comprarse una barba postiza. Si le pegaba en el ojo no había problema: tenía los lentes de sol.
Llegaron a la planta baja. La petisa le dio sus llaves, porque estoy demasiado borracha para abrir. Desde el palier, Pastilla lo estudió: el pibe estaba en la puerta, mirando para abajo. Tenía rulos, estaba vestido de negro y era apenas un poco más petiso. No se veían músculos, ni cadenas, ni siquiera un tatuaje.
Abrió la puerta. Envalentonado, saludó a la petisa con un beso en la mejilla, la mano en la cintura, una caricia furtiva en el brazo. El pibe no lo miró cuando pasó por al lado y dijo “Hola” sin detenerse para esperar la respuesta.
Caminó rápido, mirando por el rabillo del ojo. Aunque supo que había entrado con ella y que la puerta donde había esperado recibir una trompada ahora era una puerta de edificio en Montevideo al 700, la luz de una lámpara, un colectivo, basura de noche en Buenos Aires, se escondió atrás de una cabina de teléfono, fingió que necesitaba llamar de manera urgente, agarró el tubo como si fuera una pistola y esperó, temblando, que desde la ventana del décimo llegaran los gritos de la petisa.

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