miércoles, 30 de junio de 2010

La orden

Apenas volvió del río, se encerró en el baño y lo estudió a la luz. Respiró aliviado. Todavía quedaban pelos en el bozal. Quizás más adelante, cuando la abuela ya no estuviera, podía llevar los pelos a un laboratorio. Había pensado lo mismo con su mamá. Antes de que la abuela se lo llevara había revisado el camisón: estaba tirado sobre las sábanas, la silueta de la cabeza en la almohada, el olor amarillo de la enfermedad. Había encontrado varios pelos y los había guardado en un frasco, atrás del inodoro. Pero parecía un frasco vacío y, una tarde, ya no estaba.
Esta vez iba a tener más cuidado. Había escuchado que la copia era igual, aunque no sabía si lo iban a hacer grande, o si nacía cachorro y tenía que jugarle otra vez como al principio. Tenía que encontrar otro frasco. Iba a buscar en la orilla, donde siempre iban los dos juntos. Él se escondía entre las bolsas y el otro lo buscaba. Otras veces corrían carreras; cuando lo alcanzaba, lo tiraba al piso y le mordisqueaba las sandalias. Si encontraban un pescado, jugaba a tirárselo lejos y que lo fuera a buscar. Volvían los dos tan llenos de tierra y con olor a podrido que tenían que entrar por la ventana. Lo que no podía disimular eran las marcas en las sandalias, o el pantalón que se terminó por romper cuando le hizo tanta fuerza que se quedó ladrando y con un pedazo de tela entre los dientes. La abuela ni lo miraba cuando era así. Nada más le decía "Sentate" y él se tenía que arrodillar. Después cerraba los ojos.
Pero lo que colmó la paciencia de la abuela fue la gaviota muerta en medio de la cocina, la cola como una flecha que no se decide a marcar ningún lado, los ladridos a la hora de la siesta. Supo de inmediato lo que iba a pasar, pero lo dejó correr con la gaviota en la boca, le abrió la puerta, fue atrás de él como si volvieran de caza.
Enseguida empezaron los gritos.
Ahora tenía que cuidar bien esos pelos. Todavía estaban húmedos y se veían tan oscuros que parecían de otro. Si no le hubiera sacado él mismo el bozal (y el agua cayendo en pedazos del cuerpo, el cuello doblado, la lengua afuera), habría dudado si no eran de otro. Pero estaban pegados al cuero, todos juntos, como una pestaña. Iba a guardar el bozal en una caja; iba a enterrar la caja en la orilla.
Miró la lata con las monedas; pensó en lo que le faltaba ahorrar. Tenía el bozal en la mano cuando la puerta se abrió de golpe.
-¿Y eso? -la abuela, gigante, lo señalaba.
Miró de reojo hacia el inodoro.
- Te dije que no lo quería ver más –gritó la abuela-. El bozal también lo tirás al río.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Muy bueno,como todo lo que escribís.
Triste.Mejor no tener mascotas.
Mara Patagónica