viernes, 4 de junio de 2010

Diario de viaje/ Venecia

Entrar en Venecia a las 6 de la mañana es flashero. Y dudo que exista una palabra mejor para definir la sensación que provoca. Flashea que las calles sean de agua, que los colectivos sean barcos, que las ambulancias sean lanchas, que los patrulleros sean botes, que las casas sean palacios renacentistas, o medievales, o vaya uno a saber de cuándo. Y que en esta ciudad se podría cumplir mi más soñada fantasía: pescar desde una ventana, sentado, en casa. Después, con el transcurso de las horas, el encanto se empieza a perder cuando las calles que no son de agua se llenan de millones de turistas, todos igualmente ávidos por sacarse las mismas fotos, comer las mismas pizzas, viajar en las mismas góndolas. En Venecia empiezo a notar que el problema de Italia como destino turístico es el mismo que tienen las bandas de culto que empiezan a tener éxito: Italia se puso demasiado comercial. Desde ese lugar, satisface las demandas de sus visitantes como una puta ante el debut de un quinceañero. Y el regocijo que provoca es también del mismo estilo.
Sin embargo, es difícil no sucumbir al cliché. Al atardecer, una góndola, un gondolero que rema, una pareja de enamorados, otra góndola en donde un tipo toca el acordeón... Lo vemos con La Maga, poco antes de dejar la ciudad, mientras viajamos en el vaporetto hacia la estación de trenes. La ciudad está más tranquila, las gaviotas vuelan bajo junto a las olas que hace el barco. Aspiro profundo y escucho al acordeón que comienza a quedarnos lejos. No puedo resistirme a abrazar a La Maga. Sin embargo, noto que ella está temblando. Le pregunto si tiene frío. Me responde que no, que tiene miedo. Venecia no le parece romántica, sino lúgubre. Mi primera reacción es mofarme. Pero enseguida miro otra vez hacia los palacios, las góndolas, las luces que se reflejan en el agua como fantasmas que se acaban de ahogar. Por encima de nosotros, una bandada de pájaros revolotean en círculos, con un chillido agudo. Y las sombras de los palacios se copian unas tras otras, se vuelven largas, negras, un silencio demasiado antiguo para que lo esconda el murmullo del mar.

1 comentario:

Claudia dijo...

venecia comercial y venecia gótica...interesante!