jueves, 10 de junio de 2010

Diario de viaje/ Roma

Veinte días después de salir de Buenos Aires y a cuatro de volver, es difícil encontrar un monumento, un cuadro, un negocio, una fuente o un turista vestido con turbante que llamen la atención. Todo parece ya visto. Y si se suma ese deja vu hastiado al aire familiar que tiene Roma para un argentino, el paso por esta ciudad enquilombada, llena de restos de un pasado imperial, resulta un tanto indiferente.
No es sólo responsabilidad de quien juzga, sino también de sus ocasionales compañeros de viaje. Ejemplo: cuando finalmente se descorre el velo y aparece la fontana de Trevi como encastrada en medio de la ciudad, lo único que veo son cientos de turistas apiñados, todos con su moneda en la mano, la moneda al agua, los tres deseos. Otro ejemplo: después de caminar una hora y media por pasadizos, pasillos, joyas, cruces y toda la parafernalia católica, la Capilla Sixtina resulta ser un imponente fresco de cuatro paredes taponado por turistas con cara de asombro. Por supuesto, como siempre ocurre cuando uno se pone a analizar a "la gente", existe la incómoda noción de que uno también es parte de ella, y que alguien, en algún otro lado, está escribiendo en mi contra.
Por eso lo mejor de Roma es la siesta que duermo en las escalinatas de la plaza San Pedro, en el Vaticano. Estoy solo, con una mochila cada vez más pesada en donde fui acumulando regalos, recuerdos, mapas y dos cámaras de fotos. Una de las cámaras es de La Maga, que desapareció de repente mientras seguíamos el rastro de los ladrillos del Palatino romano.
Falta poco para el final del viaje. ¿La encontraría otra vez?

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