lunes, 7 de junio de 2010

Diario de viaje/ Firenze

La Maga tiene razón: es una estupidez que los nombres de las ciudades se traduzcan. Por eso, para nosotros, Firenze jamás será Florencia. Y tampoco será demasiado, por más que llegamos a esta ciudad abrumados por la cantidad de veces que escuchamos hablar del David de Miguel Ángel (para mí, las manos están demasiado grandes), del ponte vecchio (un puente con casas encimadas que, sin ningún romanticismo, funcionan como joyerías), de un edificio antiguo y de otro más. Caminando por Firenze descubro algunas cuestiones que tenía demasiado a mano para notarlas antes: esta ciudad engendró a buena parte de los mejores representantes del pensamiento y el arte italianos. Unos tras otros, bustos de Maquiavelo, Dante, Bocaccio, Américo Vespucio y varios más que alguna vez, tiempo atrás, quién dice...
Firenze tiene una parte de la ciudad que parece casi tan buena como la esperaba. Es una zona que mantiene el aspecto medieval, con construcciones de bloques oscuros y calles angostas. En una de esas calles hay una iglesia. En esa iglesia hay una tumba. En la tumba están los restos de Beatrice Portinari. De Beatrice supe hace muchos años atrás, cuando (de esto sí me acuerdo) me animé a leer La divina comedia y encontré que Dante le había reservado a su amante un lugar de privilegio en el Cielo.
Y ahora la tengo tan cerca (La Maga, mientras tanto, espera afuera. No le gustan las iglesias, y mucho menos los muertos).

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