martes, 1 de junio de 2010

Diario de viaje/ Costa Amalfitana

Hay demasiados turistas rubios en Sorrento y sus inmediaciones. Lo peor no es el color de pelo, sino la voz, ese timbre nasal y ese modo en que dicen "Omolfi" cuando preguntan por "Amalfi", o "Positanou" cuando hablan de "Positano". También es molesto que me pidan que me corra cuando estamos en el barco rumbo a la isla de Capri y les tapo la visión con mi desesperación por ver la casa en donde se filmó parte de Le mepris.
A La Maga le pasa lo mismo, aunque se entretiene practicando sus cuatro idiomas con la gente rubia y los que tienen otro color en el pelo. También a ella le piden que se corra. Sucede que está demasiado exaltada, pero en su caso es por los farallones de Capri que también salen en Le mepris.
Además del paisaje, el color esmeralda del mar, las lagartijas que se cruzan en los senderos de la isla, la casa donde vivió Neruda y los sombreros de los japoneses, la costa Amalfitana es una clara muestra de la habilidad de los italianos para construir pueblos en cualquier parte. También es buen ejemplo de una gastronomía envidiable por la combinación geográfico-sensitiva, si tal cosa existe: ensalada de pulpo, de noche, en una terraza que huele a mar.

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