miércoles, 23 de junio de 2010

Casa tomada

Cerca de donde vivo había una casa tomada. Durante años había sido una zapatería, dos escaleras, una vivienda en el segundo piso; cuando el dueño se puso grande, estuvo unos meses liquidando zapatos y al final bajó la persiana, cerró las puertas y se fue a morir a otro lado.
Pocos días después unas familias se metieron en el local y ocuparon la zapatería, el segundo piso y cada una de las habitaciones. A través de la ventana del balcón se podía ver que miraban los partidos de Argentina, que tenían una cama cucheta, que siempre había gente sentada alrededor de una mesa. Si uno pasaba de tarde veía a los chicos jugando en la vereda, vestidos con remeras desteñidas de los Power Rangers. Cada tanto aparecía una chica de short rojo, catorce años, que se metía en el supermercado chino de al lado y salía con una bolsa llena de paquetes de arroz. De vez en cuando, también, se veía a la señora gorda bajar las escaleras, o a alguno de los hombres que volvían de trabajar con un balde de cemento, las manos blancas, el pantalón gastado. De noche se juntaban los pibes de gorra, campera deportiva y la botella de cerveza que iba de boca en boca. Al principio daba miedo pasar por ahí; después estaba bueno saber que los pibes estaban en la vereda, ajenos a quien se les cruzara para interrumpirles el reggetón.
Esta mañana la zapatería era una pared de ladrillos que dos obreros terminaban de levantar. Lo hacían con el mismo silencio de los sepultureros. Como paladas de tierra entre un llanto mudo, lo que sonaba era la espátula contra el fondo del balde, la espátula contra el ladrillo. Habían tapado las puertas, la persiana y la ventana que daba al balcón. Ignoro cómo ni cuándo los sacaron. Sospecho que habrá sido de noche, con gritos, con la nena de short y los Power Rangers, con los pibes y la señora gorda puteando, con los hombres metidos en un patrullero. Lo único que sé es que antes de irse dejaron un cartel ("No tenemos vivienda") y que el dueño recuperó un local donde nadie más -ni siquiera él- puede volver a entrar.
Ahora el barrio no tiene zapatería, ni tampoco los tiene a ellos. Ahora tiene una pared enorme, dos obreros con un balde, dos vecinas de voz chillona que comentan desde esa misma vereda y sonríen aliviadas con cada ladrillo, cada capa de cemento, ladrillo otra vez.

1 comentario:

Juan Carlos Mejía dijo...

Qué bien que para ésta Casa Tomada hubo una solución...

En mi país generalmente esa solución es llamada "embargo" o "desalojo"...

Muy bueno el Cuento.