jueves, 27 de mayo de 2010

Diario de viaje/ Taormina

En Fitzcarraldo, Werner Herzog imaginó que un tipo tenía la obsesión de llevar la ópera al medio de la selva amazónica. Para llevar a cabo tamaña empresa, se le ocurrió un medio aun más extravagante: cruzar un barco sobre una montaña.
Algo así parece ser el procedimiento que los italianos idearon para llegar a Nápoles, en tren, desde Taormina, en la isla de Sicilia. La primera parte consiste en subirse al tren; un par de horas más tarde, el tren llega a la estación de Messina. Entonces se detiene, se mete adentro de un barco que se llama Traghetto, sigue quieto mientras el barco se mueve lento, tanto que apenas se nota si no fuera por un sutil movimiento que sólo puede notar quien está despierto a esas horas de la madrugada. Un rato más tarde, por el mismo lado por donde entró, el tren sale a otra ciudad, en el continente, camino a Nápoles. En ese cruce deja atrás las callecitas de Taormina, el restaurante con vista al mar en donde tomamos vino y comí pez espada, la procesión de chicos vestidos de blanco que recorría el pueblo rezando el ave maría purísima, la pareja de irlandeses que nos contó de Dublin.
Mientras recuerdo Taormina y el tren se mete en el barco, La Maga duerme arrepollada en su asiento. Se pierde el amanecer.

1 comentario:

Anónimo dijo...

mas arriesgado ese trasbordo que el avion