martes, 25 de mayo de 2010

Diario de viaje/ Palermo

A La Maga le gustan los spaghettis con camarones, pero me hace el favor de comerse los míos, que son con erizo y, aunque resultan comida extravagante, tienen más sabor a mar del que es posible soportar un ser vivo sin escamas. Está igualmente bien predispuesta para sacarme una foto frente al mar, en las playas de Mondello. Sin embargo, no le gusta que la deje sola cuando esperamos el bus de vuelta hacia Palermo. Es que el bus tarda en llegar y decido ir a mirar qué pasa más adelante, en una curva donde los autos se amontonan. Cuando llego, encuentro a La Maga charlando con un italiano.
El tipo repite que tiene sesenta y cinco años, que aquélla (señala un negocio, una señora sentada en un escalón) es su esposa. También dice que es cantante de ópera y nos nombra a Plácido Domingo y a Carreras porque -supongo- piensa que somos del mismo país. El tip sonríe y pregunta dónde consigue una mujer así, como La Maga. Le respondo que no lo sé, que la encontré en algún lado, quizás en París. Entonces dice que la cuide, que los italianos son pericolosos. Y con la misma sonrisa nos cuenta que está en una carrera versa la morte. El tipo tiene cáncer (señala el estómago); su esposa, algo en el corazón. Al tipo le quedan pocos días de vida y anda de viaje por Sicilia. Es napolitano, bien cerca de acá.
Cuando llega el colecivo, La Maga sube en silencio y yo, atrás, lo veo al tipo quedarse solo.

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