miércoles, 19 de mayo de 2010

De viaje

Tenía 20 años cuando viajé a Londres y decidí que llevar Boquitas pintadas, de Manuel Puig, era una buena idea para pasar el invierno inglés. No dejó de ser extraño vivir en ese lugar y, al mismo tiempo, estar metido en el pueblito de Puig, en su Juan Carlos, en los chismes de las señoras.
Algunos años más tarde, elegí Mascaró, de Haroldo Conti, para acompañarme en mi viaje a Cuba. Me pareció que un escritor desaparecido y ese país guardaban un vínculo estrecho que justificaba la elección. Me acuerdo de "Celesta y compuesta", o algo así, un latiguillo de algún personaje que leí en una habitación pintada de rosa, en Trinidad, mientras afuera un grupo de cubanos jugaban al dominó y un cerdo paseaba por la vereda.
Otro libro que recuerdo es el que estuvo conmigo durante mi último verano en Comodoro. Fueron días muy raros, a mitad de camino entre la realidad y la ficción; y esa rareza fue, en gran parte, gracias a Kafka en la orilla, de Murakami.
Ahora llevo la obra reunida de Askildsen, una incógnita apenas develada por la lectura del prólogo de Fogwill y de un par de cuentos que no pude esperar a leer. Me esperan muchas horas metido en esos personajes lacónicos, llenos de silencios. Y trataré de encontrarme en alguna de esas páginas, para perderme en el cielo y allá afuera el avión.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Y nada de leer sobre paracaídas gigantes que no detendrán una muerte segura!
(Bon voyage)