lunes, 1 de marzo de 2010

La noche en la almohada

Se despertó porque la música lo despertó. Porque la música que soñaba estaba demasiado fuerte y, cuando vinieron las guitarras con distorsión, lo hicieron pegar un salto y se dio cuenta de que se había quedado dormido.
Ése fue el problema. Algún sonido, afuera, lo había despertado. Su cerebro había tratado de evitarle el disgusto: con una rapidez inimaginable, había inventado el recital de rock, había tocado el tema casi entero hasta pasar el estribillo, y había llegado a la parte del solo de las guitarras con distorsión. Pero algo salió mal. Alguna neurona no llegó a tiempo y él igual se despertó.
Le costó un rato terminar de comprender lo que le había sucedido. Pero ni bien terminó de dar algunas vueltas en la cama y logró abrir los ojos, le cayó encima una lucidez que lo paralizó.
Dijo “la puta madre” en voz baja, casi agarrándose la cabeza con dos manos imaginarias que le salían de abajo de la almohada (bajo la cual siempre encerraba las dos manos reales, por el miedo infantil que nunca lo había abandonado a que se las comieran los monstruos que aparecen de noche).
Levantó un poco la cabeza y se asomó al reloj. Tuvo que sacar una de las manos para apretar el botón de la luz. Los números verdes le terminaron de sacudir la modorra. Eran las cuatro y treinta y tres.
Usó la misma mano que había liberado de la almohada para agarrarse la frente y exprimirse la piel con el pulgar de un lado y los dedos del otro, acercándolos mutua y gradualmente a la vez que levantaba una ceja y suspiraba.
“La puta madre”, dijo otra vez, esta vez con verdadero dolor.
Se quedó mirando el cielorraso. Mejor dicho, estaba con los ojos perdidos en la oscuridad en dirección al cielorraso, ahora con las dos manos abiertas sobre la frente y los brazos como dos alas que le nacían de los hombros.
Veía destellos, cositas que volaban. Si cerraba los ojos la oscuridad era más limpia. Pero cuando los abría, el espacio negro que se desplegaba delante de él estaba lleno de imperfecciones que lo iban ampliando cada vez un poco más, hasta que dejaba de ser una pared negra en la punta de la nariz y se convertía en una oscuridad de ambiente. Era su habitación la que estaba a oscuras.
Recuperar la tridimensionalidad de la vista le volvió todo más claro: vio la silueta del televisor; entendió la biblioteca, el escritorio y la computadora; reconoció el hilo de luz amarilla que se colaba todas las noches por el borde de la cortina de su ventana.
Con esa pequeña luz se miró el brazo derecho. Le pareció que lo tenía muy blanco en la penumbra. Y que en el medio del brazo había una parte más oscura, la parte de adentro del codo. Como los ojos cada vez se le acostumbraban mejor (y cada tanto pasaba algún auto, afuera, y entonces el hilo de luz amarilla se convertía en faroles blancos que lo dejaban ver) en el pliegue del brazo redescubrió la vena gruesa azul que siempre evitaba mirar.
Fue un acto reflejo: ni bien la reconoció retrajo el codo; tenía la sensación de que si estiraba demasiado el brazo, la vena sobresalía más y se le hinchaba y podía reventar. Pero cuando pasó otro auto y hubo el fogonazo otra vez, no le alcanzó con doblar el codo y se tapó – con la otra mano - la parte del brazo en donde estaba la vena. A la vez hizo una mueca; era como si quisiera gritar, pero sin permitírselo ni siquiera estando solo, como estaba, a las cuatro y cincuenta y cinco de la madrugada.
Se dio vuelta, porque así era como siempre se quedaba dormido. También metió las manos abajo de la almohada. Después, cerró los ojos.
Respiró profundo. Y mientras respiraba trataba de hacerse consciente de lo que respiraba. Había leído que tenía que “observar” la respiración. No controlarla. No modificarla. Sólo “observar” la respiración. Y que así iba a entrar en trance meditativo y podía quedarse dormido. Sabía muy bien que en una correcta meditación uno no debe quedarse dormido, pero hacía tiempo que se había convencido de que jamás iba a lograr meditar. Estaba contento con sus limitaciones y le alcanzaba (más bien bendecía) una meditación que sólo significara relajarse un poco, olvidarse del pinchazo de la mañana siguiente y recuperar el sueño del recital.
Fue inútil. Enseguida estaba controlando, no “observando”. Y cuando se puso a controlar tuvo un pensamiento atroz: “¿qué sucedía si, de golpe, su traicionera mente decidía no seguir respirando?”. Trató de recordar si alguna vez había leído el caso de alguien que hubiera muerto por olvidarse de respirar durante una meditación. Estaba casi seguro que no habían existido casos. Pero después se acordó que muchas veces había leído que experimentar demasiado con la respiración puede ser peligroso. ¿Sería ése el peligro del que estaban hablando?, se preguntó. Y enseguida descartó la idea. “Nah”, pensó. Y también lo dijo, moviendo la cabeza rápido para un lado y para el otro, terminando su negación con un chasquido de la boca.
Mientras pensaba en todo eso, se olvidó de que estaba “controlando” la respiración y siguió respirando normalmente. Notó con cierto alivio que se hubiera producido con éxito - y tan naturalmente - el paso de la mente controladora al reflejo involuntario. Pero no quiso detenerse demasiado en pensar en eso, para no volver a caer en el mismo peligro.
Así que se acomodó con la cabeza a un costado, apoyada sobre la almohada. Se quedó tan tranquilo y silencioso que por un instante creyó que se iba a dormir.
Entonces, no supo cómo, le vinieron los pensamientos.
No tenían ningún sentido. Aparecían y desaparecían, eran una palabra larga que se iba formando y después le seguía otra y así decía un montón de pensamientos, todos juntos, las sandalias de la Madre Teresa de Calcuta y si los iba a invitar a comer a los dos pesados del trabajo en la reunión del próximo viernes, porque eran todos así los viernes, orquídeas, una flor después de la otra y ¡qué se yo si algún día voy a llamarme Pedrito!, los pensamientos todos juntos, apenas con cierta conexión entre ellos pero él era incapaz de saber en dónde estaba la conexión, y cuando finalmente la encontró y se dijo genio, sos un genio, entonces después se olvidó de todo. Pero no de la conexión genial que había encontrado y que justificaba el devenir de esos pensamientos aparentemente caóticos. Se olvidó de todo el proceso mental que lo había llevado a esa respuesta. Es decir, se olvidó de la pregunta inicial.
Sintió tristeza por haber perdido algo que le había producido tanta alegría en su más inmediato pasado. En medio de esa emoción, hizo fuerza con los ojos y arrugó la cara para tratar de concentrarse en encontrar la punta del ovillo que lo condujera hasta ese pensamiento alegre que había tenido. Pero fue imposible. No logró acordarse absolutamente de nada, ni siquiera de la pregunta inicial. Todos los pensamientos se le fueron borrando con tal vertiginosidad que se resignó; pensó que no sería tan importante (aunque sabía que sí, pero está dicho que la palabra usada fue “resignación”) y acomodó con suavidad la cabeza sobre la almohada, como si quisiera empollar el sueño del recital que cada vez le parecía más lejano.
Casi al mismo tiempo, quizás dos segundos después, sin nada que lo preanunciara ni pensamiento que le diera a entender lo que iba a sucederle, su brazo derecho - como un autómata– se dobló para poner a salvo la vena azul.
Entonces se acordó otra vez de los análisis.
Él iba a estar acostado en una camilla, porque siempre pedía que lo acostaran. Ni bien llegaba a la clínica, le avisaba a la enfermera de turno y entonces lo hacían acostar. Todas le decían lo mismo: “quedate tranquilo”, “no vas a sentir nada”, “mirá para el otro lado”, “es un pellizquito y nada más”… Y él le hacía caso a todo lo que las enfermeras decían. Les seguía el juego con sorna, desafiante. Sabía muy bien que nada iba a servir, que por más que respetara al pie de la letra la receta que cada una tenía para curarle su miedo a la extracción de sangre, no iba a tener éxito. Pero igual les daba el gusto.
“Andá abriendo el paquete”, le decían.
“Empezá a comer ahora”.
Mirando para el lado de la pared, en donde su mano izquierda y libre señalaba un paquete de papas fritas apoyado sobre la camilla, él acercaba dos dedos temblorosos a la boca salada de papel metalizado para buscar la primera papita.
Es verdad, nunca sentía el pinchazo. No sentía nada. Apenas un “pellizquito”, un dolor un poco más intenso que si lo hubiera picado un mosquito. Y cuando lo sentía era porque se había terminado. Así que las enfermeras le decían:
“¿Viste? Te dije que no te iba a doler”.
Y él se quedaba acostado, tal cual le aconsejaban. Siempre era igual: la enfermera empezaba a rotular el tubito, tiraba la jeringa al tacho de basura, cortaba un pedazo de tela adhesiva y le ponía una bolita de algodón en el brazo.
“Apretate fuerte”, decía.
Él se apretaba fuerte con toda la mano, porque el dedo sólo sobre la bolita de algodón, presionando la vena azul, le hacía acordar del pinchazo.
(Y cuando pensó en esto, mientras trataba de quedarse dormido y había empezado a imaginar el momento que le iba a tocar vivir en dos horas y ocho minutos, volvió a hacer la mueca del grito contenido y dobló el brazo con una fuerza que le hizo pegar un salto a la almohada).
Siempre le pasaba igual. “Quedate así, tranquilo, un rato”, le decían. Pero apenas la enfermera de turno salía por la puerta del consultorio, él comenzaba a reconstruir la secuencia que acababa de tener a su brazo como protagonista. Se acordaba de que le habían puesto una faja elástica para que las venas se le marcaran bien, y que la vena azul más gruesa se le había marcado, efectivamente, brotando por fuera de la piel como un ojito de agua marina. Y que él había dejado de mirar en ese momento. Pero no necesitaba haberlo visto para conocer con exactitud lo que había pasado: la enfermera tenía una jeringa en la mano (una jeringa chiquita, larga, zancuda, como un mosquito); la enfermera casi apoyaba la punta de la jeringa en la piel, sobre la vena azul; estaba a nada más un milímetro de la vena azul, haciendo puntería. Entonces, sin pensar en el brazo, ni en él, ni en esa violación a punto de consumarse, la enfermera había acercado la aguja hasta un poro de la piel. Pero como el poro era tan minúsculo como para apenas servirle de ventana al asomo de un pelito, la aguja (que era chiquita, pero no tanto y si uno la mirara en un microscopio se vería – al lado del pelito – como una extractora de petróleo) rompía el poro, hacía “crack” el poro. Y pasaba la aguja para el otro lado de la piel.
Con una misma violenta estocada del acero quirúrgico contra su cuerpo, la piel de la vena se rompía inmediatamente después. Él sabía muy bien que la aguja atravesaba su piel y la piel de la vena casi al mismo tiempo, con la repentización que puede tener la caída de dos fichas de dominó. Pero, eso sí, el sonido era distinto. Era como un escape de gas húmedo, un sonido de sangre que se escabulle a través de un agujerito abierto en la vena. El sonido que se imaginaba era ”pfffffffffff”. Así, tibio.
Se levantó de golpe cuando se imaginó el sonido. Miró el reloj: eran las cinco y cuarenta y siete. Se quedó sentado en la cama con el brazo derecho retraído contra su cuerpo, mientras se abrazaba con el brazo izquierdo y gemía un llanto seco que sólo parecía llanto porque tenía la cara arrugada, había abierto un poco la boca y se mordía el labio de abajo. Siempre hacía ese gesto cuando estaba desesperado. Y ni bien terminaba de armar cada uno de los signos que demostraban su desesperación, se repetía a sí mismo que no puede ser, por qué a mí, y después encendía la luz o se alejaba del lugar en donde había cedido a la anticipación de la desgracia.
Encendió la luz del velador.
Se levantó, despacio, para ir al baño.
Se miró en el espejo. No tenía cara de dormido. Por alguna razón, eso lo tranquilizó un poco. Hizo un pis corto en el inodoro. Otra vez se paró frente al espejo: fijo se miró a sus propios ojos; se dio aliento, respiró profundo dos veces y caminó a acostarse otra vez.
Quiso evitar cualquier pensamiento, pero cometió el error de decirse a sí mismo que iba a evitar los pensamientos. De modo que aparecieron solos: una cortina pareció abrirse en el mismo instante en que terminó de tomar esa decisión. Y lo primero que vio fue lo mismo que pocos minutos antes había visto: la aguja metiéndose en la piel, crack, la aguja pasando la vena y entonces el sonido tibio. Lo mismo le pasaba siempre, apenas se iba la enfermera. Se quedaba acostado en la camilla y se ponía a pensar. Y cuando llegaba a ese punto y reconstruía lo que había sucedido a un nivel microscópico con sus venas durante la extracción (y si se permitía avanzar un poco más e imaginarse las moléculas de sangre siendo succionadas por la bocota gigante de la jeringa), era cuando la vista se le nublaba, un pitido largo se le instalaba en el oído y sentía que el cuerpo se le hacía de arena.
“¡Le bajó la presión!”, gritaba entonces la enfermera que estaba de paso en el consultorio, queriendo saber si ya estaba listo para salir y dejarle paso al próximo paciente.
Y entonces él, desde su conciencia apenas consciente y mientras descendía hacia la pérdida de la noción de cualquier circunstancia tangible, disfrutaba con una mueca idiota la desesperación de la enfermera que, con otro grito conformado por idénticas palabras, llamaba a una compañera que la sacara del apuro.
Lo que seguía apenas lo alcanzaba a comprender, sumido, como estaba, en un trampolín que conducía al desmayo. Una enfermera lo hacía sentar, le ponía las manos atrás de la cabeza, le decía “¡Hacé fuerza para arriba!” (y él lo entendía, pero apenas se podía mover); mientras la otra enfermera decía que comiera más papas, traele una coca cola, ¿no hay un poquito de sal? El pitido se hacía más nítido adentro de su cabeza, las voces se le perdían, la vista se le volvía grumosa y mientras le ponían alcohol en la nariz y le decían que huela, olé, un poco de sal en la boca, él las miraba de lejos y lo último que veía era la consternación en la cara de su enfermera. La última imagen que se llevaba a su oscuridad, era su único goce en la trágica experiencia que estaba predestinado a repetir en una hora y cuarenta y siete minutos.
Porque enseguida perdía el conocimiento y despertaba (siempre le parecía que todo se daba inmediatamente, como si, apenas desvanecido, volviera a recuperarse), y era tan lento el volver a sentirse bien, tan lento, aunque inexorable, que lo único que deseaba era irse de ese consultorio, no volver a ver jamás las caras de las enfermeras y correr a la calle para tomar un taxi que lo dejara otra vez en su cama, agarrándose con la mano entera el puntito de algodón
Cuando pensó en eso se tranquilizó.
Iba a estar en la cama otra vez. Y aunque iba a repetir doscientas veces en su mente el momento en que le habían sacado sangre, a la larga dicha repetición iba a resultar tan monótona que se iba a quedar dormido.
Porque sus pensamientos eran casi siempre los mismos. Tenía muchos, pero eran siempre los mismos. Y en las interminables horas de una noche, la vertiginosidad de sus pensamientos no era suficiente para acabarse el tiempo que duraba el insomnio.
Así que repetía el mismo caudal de pensamientos tantas veces (eran tantas las veces que se veía a sí mismo en esa cama pensando en el consultorio, pinchazo, la cama pensando en el consultorio, pinchazo, la cama pensando en el consultorio) que sin darse cuenta se iba olvidando de todo, los pensamientos monótonos se convertían en una ola oscura y, sin notar jamás el salto entre una realidad y la otra, se quedaba dormido.
Siete minutos duraba el silencio.
Después, sonaba el despertador.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy bueno Maqueira!

Maestruli dijo...

Decididamente la era digital destrozó la capacidad de mi cerebro para leer textos largos. Vi tal longitud y desistí. Será en otro momento.

¡Saludos desde la habitación de Cortázar!