lunes, 11 de enero de 2010

nocturnario porteño/la edad del faso II

Tenía razón el Rata. El de Papito no es un faso como los otros. Por empezar, te hace ver cosas, dibujos, figuras; casi todos de color verde. No te cagás de risa y nada más, ni te parece que el tiempo es más lento, ni te agarra el hambre a las dos horas. El de Papito te deja estúpido, literalmente, y mientras más estúpido te ponés, más dibujitos verdes.
Para colmo está la pipa de agua. Es Willy el que viene con la novedad:
- Le hacés un agujero a una botella de agua, la llenás hasta la mitad, le ponés papel aluminio en la punta y listo.
A Willy siempre le gustaron los inventos, la tecnología, los documentales de Discovery. En eso se parece a Gabriel, que se sabe de memoria las doce razones por las cuales el hombre no pudo haber llegado a la Luna en 1969. De eso estamos hablando cuando Willy aparece con la botella, el faso de Papito en la punta.
- Dale vos - dice.
Willy sabe que no me resulta agradable la idea de poner mis labios en el mismo orificio en donde los van a poner los demás. Sabe, también, que ese prurito dura el tiempo que tarde en empezar a fumar.
- Prendelo y aspirá fuerte.
En la primera calada, la mitad de la botella que no tiene agua se llena de humo. Es un humo blanco, espeso, que desaparece de golpe cuando doy la segunda. No es la primera vez que fumo, ni tampoco la cuarta, ni la décima. La diferencia es que, esta vez, el humo me hace toser.
- Ésa le entró bien al Pituco - dice Gabriel, sonriendo - Ahora sí le va a pegar.
Los siguientes segundos, mientras la botella se aleja de mis manos, lucho con una horrible sensación que empieza en los pulmones y termina en los ojos. Al gordo también parece haberle pegado: está inmóvil, la mirada perdida.
- ¿Estás bien? - pregunta Gabriel, no sé muy bien a cuál de los dos.
- Pega lindo - digo, a la vez como respuesta y a la vez no, por las dudas.
El gordo, en cambio, no reacciona. Willy se acerca para tocarlo. Gabriel dice que le dé un vaso de agua. Empiezo a ver la escena pixelada, como si adelante de la cara me hubieran puesto una media de lycra.
- ¡Gordo! - dice Gabriel, todavìa sentado.
Willy le sostiene un brazo. Los ojos del gordo siguen perdidos. Voy hasta la cocina. Siento el zumbido del aire en mis oìdos, el aire que voy cortando mientras camino. Abro la heladera. Escucho las voces lejanas: Gabriel dice que no pasa nada; Willy repite "gordo, gordo" y lo toca (eso lo imagino, o lo veo con un tercer ojo que vuela hasta donde están ellos). El frío de la heladera me hace temblar. Meto la mano, encuentro una jarra de agua. Llevo la jarra hasta el living.
- Tomá - le pongo la jarra enfrente de los ojos de tiburón.
Willy me mira sin entender. Gabriel dice que estoy re loco; se para y va a la cocina a buscar un vaso. Camina como un oso recién salido del invierno, con pelo y todo, con hojitas de árbol metidas en la cabeza.
Al rato vuelve con un vaso de plástico en la mano. Lo apoya en la mano muerta del gordo; intenta que el vaso quede erguido entre los dedos. Willy lo mira de la misma forma, con un zarpazo se queda con el vaso, me saca la jarra, sirve el agua. Le moja los labios al gordo, que instintivamente abre la boca y toma un trago largo, recupera los ojos, transpira unas gotazas de sudor helado.
- Me fui con el Ro - dice, cuando por fin puede hablar.
Es la primavera del año 2000 y un cantante de cuarteto murió hace poco en un accidente de tránsito. Vivía en la noche, eterno, empujado por las circunstancias. Tenía 27 años; poco más que nosotros cuatro en aquel momento.

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