sábado, 2 de enero de 2010

nocturnario porteño/ la edad del faso

- Tenés que probar el de Papito - dice el Rata, la sonrisa de dientes salidos y los ojos achinados.
- ¿Quién es?
- Vive en Lanús, en los monoblocks.
Subimos al Peugeot. El Rata está vestido con la camiseta de Independiente; yo, con una remera comprada en un local de ropa de Palermo. Hace rato que me robaron el stereo del auto, así que vamos cantando, con las ventanas bajas, el viento de enero en la cara.
Jamás escuché esa canción, pero la conozco porque los pibes la cantan siempre. Le cambian la letra en la parte que dice "La Renga". Queda "Vamos los pibes con huevo vaya al frente/que se lo pide/toda la gente". La cantamos cada vez más fuerte. El Rata se calla para tomar un trago de cerveza, yo miro de reojo los márgenes de la autopista: antes del puente siempre hay un patrullero. Le digo al Rata que baje la cerveza. Se toma el último trago, abre la puerta y la suelta. Miro por el espejo: la botella va saltando en la autopista, dos, tres rebotes, termina hecha trizas bajo las ruedas de una camioneta.
Bajamos del puente. El Rata me dice que tenemos que seguir derecho, que tenemos que doblar en una calle, después en otra; señala unos edificios al fondo.
- Ahí - dice, sube el vidrio de su ventana.
Hay que pasar un cerco para entrar en los monoblocks. Avanzamos con el auto a paso de hombre. Unos chicos juegan al fútbol al costado.
- Pará acá - dice el Rata.
Bajamos. Uno de los chicos me dice que me cuida el auto. Los otros, más atrás, nos miran fijo. Le doy dos pesos. Caminamos por el medio del parque que rodea a los edificios. El Rata va adelante, el pecho inflado. A lo lejos se ve un grupo de pibes: todos tienen gorra con visera; hay uno que está sentado en la bicicleta, como si acabara de llegar o fuera a salir en cualquier momento; otros dos, sentados en el piso, toman cerveza.
- ¿Lo vieron a Papito? - pregunta el Rata.
Los pibes le señalan un edificio a pocos metros.
- Está en lo de Tsunami - dicen a coro.
El Rata da media vuelta; trato de caminar a la par de él. Me dice que Tsunami salió hace poco; que cayó porque se peleó con Chiquito en pleno centro de Lanús, el otro le puso un navajazo, quedó tirado en el suelo y alguien llamó a la policía. Lo agarraron con una piedra de medio kilo. Trato de escucharlo con atención, pero no puedo evitar pensar en los apodos.
El Rata aplaude frente a una ventana. Se asoma un tipo de rulos, cincuenta años, pinta de pasado hippie.
- Bajo - dice, la voz aguardentosa.
Mientras esperamos, el Rata me cuenta que Papito sale con la mejor mina del barrio; en voz baja me dice que tiene una cola que no podés creer, que es una modelo, que la mina además es bastante puta y ya se movió a medio monoblock. Dice que Papito no sabe nada, o que se hace el boludo.
El tipo tarda veinte minutos en bajar. El Rata lo encara apenas abre la puerta.
- ¿Cuánto? - pregunta Papito. Está con el torso desnudo (un tatuaje le ocupa la parte superior izquierda del pecho), un jean gastado y ojotas.
- Cincuenta - responde el Rata.
Ignoro si está hablando de plata o de gramos. Un rato antes, mientras esperábamos, me había pedido un billete de cien. Veo que Papito le da una bolita hecha con bolsa de supermercado. El Rata le paga con mi billete.
- Vamos - dice, mientras camina para mi lado.
Salimos derecho por el medio del parque. Atrás, la risa de los pibes. Cuando llegamos al auto, el Rata me muestra:
- Tres sequitas - dice - Con eso ya estás del culo.
Aunque fumé varias veces, es la primera vez que veo marihuana en esa cantidad, recién comprada. Me acerco a oler. El Rata saca un pedazo y empieza a picar. Miro a los costados: los chicos que jugaban a la pelota ya no están. Los pibes del fondo caminan hacia nosotros.
Arranco; el auto corcovea dos veces antes de salir. Voy más rápido que antes; miro por el espejo retrovisor.
Cuando atravesamos la puerta del cerco, compruebo una vez más que nadie nos siga. El Rata me muestra el porro armado.
- Ahí está - señala un grupo de chicas del lado de afuera.
- ¿Quién?
- La mina de Papito.
El Rata enciende el porro, le da la primer calada. La mina de Papito tiene poco más de 16 años: es flaca, tanto que se le ven los huesos; y la cola apenas se le nota detrás de un pantalón ajustado con las botamangas sucias. Cuando el Rata baja el vidrio para exhalar el humo, se da vuelta.
La mina de Papito tiene la cara llena de arrugas, una cicatriz en el cuello. Nos mira con los ojos perdidos, como si no estuviera segura si de verdad estamos ahí; como si alguna vez nos hubiera conocido, en algún otro lugar.

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