miércoles, 16 de diciembre de 2009

Yo no sé, mira...

...es terrible cómo entra brisa por la ventana. Ni bien empieza diciembre la tenés golpeándote el vidrio, obligándote a mirarle la remera sucia, el pantalón carcomido por las polillas. Te pasa todos los días: te sentís pesado, olés a madera con agua, parece que en la cabeza crecieran hongos de lana dura. Entonces abrís un poquito la ventana (un poco nomás, para no alentar a los mosquitos) y ahí mismo la ves, parada en el patio del vecino, escondida atrás de la maceta de los malvones; salta como una ranita, se queda parada un instante del otro lado y, cuando menos te lo esperás y tenés la mirada puesta en las palabras, trata de colarse por el hueco que se hace cada vez más grande conforme la brisa te va ganando, viene cargada de ese olor a Buenos Aires en verano, emputecida hasta los huesos con el recuerdo de todos los veranos que anduviste dando vueltas de noche por la ciudad, llorando vaya a saber por quién, llenándote los huevos con ganas de salir a correr por la vereda, la boca abierta, el inconfundible murmullo de los árboles de tu cuadra; y termina por abrirte la ventana de par en par, una manifestación de brisa de noche porteña en la cara, esa mezcla de cosa dicha y esperanza en sintonía de am en domingo a la tarde. Todo sucede al mismo tiempo: la brisa infantil, las cosquillas de la memoria que empiezan a dolerte entre las venas, la brisa convertida en viento, la cachetada del viento sobre cada uno de los papeles, los dedos, la birome con la que quisiste dibujarla. Y te dice perdón, la brisa, otra vez tan niña; desaparece segundos antes de que cierres la ventana; te deja esperando solo, las palabras por el suelo, el alma a trece pasos del insomnio en la cama, ventilador de techo mediante, sábanas revueltas alrededor de un pie.
Triste brisa. Redonda, inocente brisa. Adiós brisa, adiós.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

me gusta!! mucho

Ana dijo...

Poético y hermoso