jueves, 24 de diciembre de 2009

18º aniversario

En gran parte, el problema era que nunca había sido capaz de hablarle con claridad. En eso pensaba mientras su mujer leía el menú, haciendo tamborilear los dedos sobre la mesa. Habían dado vueltas durante cuarenta minutos antes de decidirse por el restaurante armenio. No era la primera vez que iban, también habían ido para el aniversario del año anterior; pero Adriana recorría el menú dando vueltas las páginas como hacen los rabinos con los libros sagrados.
-¿Vino o cerveza? – preguntó Norberto, que tenía una mano levantada a la altura del mentón, lista para llamar al mozo.
- No sé – respondió Adriana– Lo que vos quieras.
Norberto asintió con movimientos cortos de la cabeza. Levantó la mano un poco más. El mozo caminó hacia la mesa.
- ¿Qué cerveza tienen? – preguntó.
El mozo nombró tres marcas. Mientras lo hacía, Adriana miraba fijo a su marido.
- Imperial – dijo Norberto.
Ni bien el mozo les dio la espalda, Adriana dejó el menú a un costado.
- Quería vino – dijo.
- Me dijiste que te daba lo mismo.
- No te dije eso.
- Dijiste: “lo que vos quieras”.
-Ya sabés que prefiero el vino.
- ¿Entonces para qué me decís que elija yo?
- No pensé que ibas a elegir algo que no me gusta.
- ¿Desde cuándo no te gusta la cerveza?
- Me gusta, pero prefiero el vino.
- ¿Y cómo querés que sepa que…?
La mano del mozo depositó -con un golpe- la botella de Imperial en el centro de la mesa.
- ¿Me puede traer la carta de vinos? – preguntó Norberto.
- No, está bien – intercedió ella, sonriéndole al mozo – Deje la cerveza.
Norberto sintió que una mano fría le recorría la nuca. Volvió a hundirse en su pensamientos. Habían jugado a los misterios durante mucho tiempo, ése era el problema. Tenía que ser más claro con la mina. No tenía sentido seguir con esa situación confusa. La clave era avanzar, como un soldado.
- Podemos pedir las empanadas, ¿no? – dijo Adriana.
Norberto permaneció en silencio.
- ¿Qué te parece? – inistió.
- Lo que vos quieras – respondió, la mirada fija en la pared detrás de su esposa.
Adriana se encargó de hacer el pedido: empanadas árabes y puré de garbanzos.
- Y un vino – agregó, cuando el mozo ya estaba por irse.
Norberto amagó con devolverle la cerveza, pero su mujer le contuvo la mano. Tomó un trago largo. Sintió el eco amargo de la cerveza en la garganta.
- ¿Está fría? – preguntó Adriana.
Su marido tomó otro sorbo hasta que terminó el vaso. Estaba convencido de que era sugestión suya, pero sintió que empezaba a marearse por el alcohol.
Sonrió. Se sirvió otro vaso hasta el borde.
El mozo volvió con la botella de vino y el puré de garbanzos. Destapó la botella. Sirvió un poco de vino en la copa de Adriana.
Comieron en silencio. Norberto terminó la cerveza y siguió con el vino. Adriana lo miró fijo cuando se lo sirvió. Al rato, el mozo volvió con las empanadas.
- Tienen buena pinta – dijo Adriana.
Norberto detestaba que utilizara esa expresión. Tampoco le gustaba que le preguntara si estaba "chinchudo". Odiaba escuchar esa palabra. Trató de no pensar demasiado en eso; en cambio, volvió a planificar los pasos a seguir. Podía hacerle un regalo; comprarle algo impactante. Si en algo podía ganar, era en la plata. A las mujeres les gusta el lujo y él podía darle algunos. Eso sin contar que él podía hacerle el amor mucho mejor que cualquier adolescente. Tenía que ser algo caro, pero juvenil. Algo que dejara con la boca abierta a una chica de veintidós años. No tenía sentido fingir que no había nada entre ellos; si ella le decía "jefecito" era por algo. Lo que tenía que hacer era ir a su encuentro. Ése era el modo de actuar de un hombre de su edad. Eso era lo que ella no estaba acostumbrada a ver. El lunes mismo iba a aparecerle con un regalo.
- ¿Vos? – preguntó Adriana.
Norberto dudó. No tenía idea de lo que tenía que responder. Optó por seguir en silencio.
- ¿Se puede saber qué te pasa? – la voz de Adriana sonaba más dura.
- ...
- ¿Estás chinchudo?
Norberto sintió que un calor intenso le subía por el cuello. Apretó la mandíbula.
- Nada - respondió, entre dientes.
- Es el vino. A vos el vino te hace mal.
- No – Norberto miró fijo a su esposa: se imaginó que pasaba por encima de las empanadas y la ahorcaba delante de todos.
- Bueno, entonces vamos – dijo ella.
Adriana se encargó de llamar al mozo y pedir la cuenta. Se levantó para ir al baño cuando el mozo caminó hacia ellos con la factura en la mano.
Salieron. Adriana lo tomaba del brazo; Norberto caminaba mirando al frente. El contacto del brazo de su mujer con el suyo le resultaba incómodo, como si cargara con algo que no le pertenecía.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

¿En dónde te habrás inspirado?sos tan jóven...
Colibrí en la flor

Pandita dijo...

Buenísimo.

laura dijo...

Me encantó,y me espantó...aniversario al que he decidido que no voy a llegar...